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Valencia

Foto: El Mundo
Foto: El Mundo

Y “Rafaelillo” deletreó el Toreo

Tarde de Tíos como castillos, de encontronazo a cara de perro y apasionado argumento. Lástima que la corrida de Miura no diera la talla ni en fachada ni comportamiento para alcanzar una repercusión mucho mayor. Pero oiga, que la peor sea como esta.

Volvía Miura a Valencia, a la fira de Juliol, su fira de Juliol. La que hizo suya tantos y tantos años cerrando feria con una suculenta ración de garlopos duros y correosos, derroches descarnados de casta, poder y pies, para goce del valenciano del “blusó” y “alpargates” y sufrimiento de los toreros. Hasta noventa tardes escribió el hierro de Lora del Río su leyenda en la ciudad del Turia a lo largo del siglo y medio largo de historia de la vacada. Historias incontables que han pasado de generación en generación de aquellos toros imponentes que en la mágica noche de la desencajonada había que darles suelta de culo para evitar encontronazos fatídicos entre ellos y que obligaban a utilizar un despliegue de perros, tracas o sogas para meterlos a corrales. Páginas de terror y fiereza indómita, como aquella novillada del año 1902 que dejó para el arrastre tantos caballos como había en las caballerizas de la plaza. También páginas de bravura y casta, como aquel “Dadito” que inmortalizo Paquito Esplá en el 82 o el “Navarrito” de Ostos en el 65. Y también de gran clase y nobleza, como aquel “Camisero” que le valió a Manolo Cortés para formar un gazpacho de antología en el 78. Y páginas de vergüenza torera y hombría sin igual al hilo de la celebración del primer centenario de la lidia y muerte de seis toros de Miura a cargo de José Gómez Ortega. Y es que el menor de la “señá Grabiela” ya se había encargado de lidiar con la asombrosa maestría de sus diecinueve años a seis mozos de Contreras en la misma plaza de Valencia a finales de la temporada del 14. Maestría que le hizo valedor para la eternidad del título de “Rey de los Toreros” pero que no debió convencer aquella tarde a algún crítico aficionado que le reprochó en una vuelta al ruedo: “¡Muy bien José con los Contreras, pero eso con los miuras!”. Palabras que se clavaron como un puñal en el alma torera del de Gelves pero que digirió sin perder la compostura. Un año después y sin precedente alguno, con el mismo celeste e hilo negro que lució la tarde de los “contreras” y en la misma plaza, despacho con deslumbrante facilidad seis miureños que no se lo pusieron nada fácil y no fue hasta 40 años después cuando se volvió a aceptar la homérica hazaña de encerrarse en solitario con los de Zahariche. Miura y Valencia siempre fue un matrimonio bien avenido que dio fruto a numerosas gestas.

Y cien años después de la proeza del joven “Gallito”, Miura volvía a tomar relieve en la cartelería de Valencia para dirimir un mano a mano de altos vuelos entre el murciano “Rafaelillo” y el sevillano de Gerena Manuel Escribano, dos gallardos matadores de Toros, jóvenes y a la vez veteranos, que se han ido haciéndose a si mismos para terminar ganándose el respeto de toda la afición en la lid con los hierros menos apetecibles por el taurinismo de clavel en la solapa.

Alguna gitana de mal agüero debió mirar con la vista cruzada a la corrida de Miura. Sólo así se entiende que la desencajonada de los de Miura, esperada con inusitada expectación, terminara asemejándose a aquellas playas francesas del norte cuando el desembarco de Normandía. Un retinto de buena planta murió aquella misma noche en los corrales y la mayor parte de los restantes quedó maltrecha por cornadas internas, cojeras y pitones desmochados. La situación obligó a recomponer el desaguisado trayendo tres toros más desde “Zahariche”, uno de ellos rechazado por traer el pitón hecho una brocha y siendo aprobados los otros dos a pesar de una evidente falta de trapío para tal cita. Con esto se lograron reunir seis “miuras”, desde luego que no en las mejores condiciones, para solventar el mano a mano.

Lo que luego aconteció es lo siguiente:
Se corre el portón de toriles y asoma el que atiende por “Ballestero”, herrado a fuego con el número 2 en los costillares y marcado con el hierro abajo, lo que su indiscutible fenotipo cabrereño corrobora. Cuatreño, viste traje cárdeno con amplias chorreras, vareado y escurrido, con cuerpo de lagartija, recogido de vientre, degollado y muy escaso de armas que le confieren un dibujo de poco respeto. Rafael Rubio no se anda por las ramas y golpea primero plantándose de rodillas a porta gayola recibiendo la primera ovación de la tarde. Cobra un buen susto Rafaelillo al ponerlo en suerte al caballo, tropezando y cayendo a merced del bicho que lo pasa por encima sin mayores consecuencias que los golpes del trance. No se emplea lo más mínimo en tres entradas al caballo, manseando ostensiblemente, en tanto que Jaime “Soro” mide el castigo agarrándose regular. Bien bregado por José Mora llevando el bicho la cara alta y enorme quite de Víctor Manuel Blázquez a Montoliú al ser arrollado en el primer par. Lo pasa bien de muletazo Rafaelillo, doblándose primero con él y trazando dos tandas de derechazos bien embarcados sin dejarle pensar al “cabrera” ni un segundo. Se orienta pronto en la tercera tanda, escarbador y a la defensiva, insistiendo Rafaelillo en pasarlo con la zocata sin lucimiento posible. Lo despena de un pinchazo en el sitio, un pinchazo hondo y dos golpes de cruceta. Valencia le agradece el esfuerzo sacándole a saludar una ovación desde el tercio.

Ahora el que asoma responde por “Tramposo”, pasea el número 46, luce la A con asas por arriba del anca y es uno de los llegados a última hora para remendar la corrida. Cuatreño, escasísimo de lámina y con apariencia de utrero rezagado. Escribano responde a Rafaelillo yendo a la puerta de toriles para recibirlo con una larga cambiada. El respetable no aprueba el bicho, lo que unido a una notoria falta de fuerza, obliga al presidente a asomar el moquero verde.

“Adinerado”, número 9 y con el hierro de El Ventorrillo es el que juega el papel de sobrero. Cuatreño y negro de pelo, apenas ofrece mejora respecto al anterior por estrecho de pechos y culata e indecorosa cabeza. Le para con suficiencia los pies Escribano en el tercio, dejando patente que tampoco va sobrado de poder. Lo castiga Juan Melgar a caballo, dejando dos varazos traseros y caídos del derecho en los que el animal se defiende corneando el peto y haciendo sonar el estribo. Prende los seis pares el de Genera en tres embroques, de poder a poder, de dentro a fuera y al quiebro desde el estribo, respectivamente. Bajo de casta, con marcadas querencias y poca entrega en la embestida, lo muletea Escribano alcanzando los momentos de mayor relieve en unos naturales de templado pulso. Acaba el de El Ventorrillo buscando el cobijo de las tablas y muy afligido. Lo tumba de un pinchazo bueno y una estocada entera algo rinconera.

Brinca todo seguido otro Miura, “Armillito", con el número 63 y hierro arriba. También cárdeno oscuro, cuatreño, con estampa de novillo, vareado y marcados ijares, siendo también protestado de salida. Toma dos puyazos de largo a cuenta de Esquivel, haciendo una buena pelea en el peto pero saliendo suelto de mala manera. Llega a la muleta muy encogido, con la boca abierta, tardeando y descompuesto. El que no se encoge por nada es el de Murcia que le receta algunos naturales de soberbia ejecución, aguantando la incerteza del bicho con la muleta muerta y la suerte cargada para tirar despacio y mandón de la embestida del “miura”. Trasteo no redondo pero de enorme contenido en poso y verdad. La estocada cobrada al primer intento y en toda la yema bien mereció una escultura en bronce por la verdad, derechura y despaciosidad con la que la realizó. Una estocada que por sí sola era merecedora del primer trofeo de la tarde.

Aparece en el ruedo el que se llama “Jerezano”, número 72 y hierro arriba, bien conocido por el público por su juego en la desencajonada. Es cuatreño como todos sus hermanos, viste en castaño albardado salpicado, bocidorado y rabicano para más señas. Terciado, zancudo, agalgado, caído de culata, extrañamente redondo de barriga, quebrado de lomo y anovillado de testa, con dos defensas más que discretas. Suelta la cabeza como un látigo a la esclavina de Manuel Escribano, derriba en la primera vara a Manuel Quinta en un arreón mas de genio que de verdadera bravura y mansea en el segundo encuentro, haciéndose el longuis en el cite. Llega a la muleta absolutamente acobardado, huyendo en estampida a terrenos de toriles y soltando embestidas moruchonas. No se da ninguna coba Escribano y le da pasaporte rápidamente de una buena estocada.

En quinto turno sale el que responde por “Ratón” y que es un tío con toda la barba. Con el número 66, también con pelaje cárdeno, cuatreño y hierro arriba. De fachada entroncada con la rama Gallardo, tronco cilíndrico, badanudo, manos cortitas y formidable riñonada, pudiendo confundirse sin gran pega con un pabloromero de antaño. La cara fosca provista de una testuz rizada donde bien se puede echar una partida de frontón, pitones sucios verdosos y una durísima mirada le dotan de una seriedad imponente. Le baja los humos Rafaelillo con unas verónicas sacando los brazos plenas de mando y poder. Toma una primera vara a cargo de Agustín Collado haciendo una muy buena pelea, encelado y empujando con los cuartos traseros, para cangrejear con descaro en el segundo envite. El garlopo es pronto y alegre en banderillas y llega al último tercio embistiendo con la cara alta pero con muy buen ritmo. Formidable el inicio de faena de Rafaelillo, primero arrodillado y después sacándoselo a los medios con embraguetadísimos muletazos. El trasteo es un clamor de principio a fin pero el toreo al natural alcanza gotas de impresionante emoción. Con la muleta empuñada por el centro del palillo y planchada, enganchando siempre por delante la embestida, exponiendo la femoral, pasándose la mole por la misma faja y vaciando el muletazo en los riñones. Con la plaza ya al rojo vivo, firma otros tres naturales citando de frente en la misma boca de riego de impresionante factura, enormes, rebosantes de torería y pureza, un deletreo del arte del Toreo de la alfa a la omega. Tres naturales para guardarlos en la retina para toda la vida de un aficionado. Cuatro pinchazos previos a un formidable volapié ponen tierra de por medio al corte de trofeos pero no al clamor de Valencia que lo obliga a recorrer el anillo en una apoteósica vuelta al ruedo. ¡Formidable tarde la que ha brindado Rafael Rubio “Rafaelillo” en Valencia!

Por sexta vez se abre el portón de toriles para que se presente el llamado “Relator”, marcado con el número 31 y también hierro arriba. Negro mulato, cuatreño y sobrado de romana. En el tipo de Cabrera, feúco, acaballado, de enorme esqueleto, playero de defensas y largo como un día sin pan. Responde Escribano al triunfo de Rafaelillo acudiendo una vez más a la puerta de chiqueros para recibirlo. Lo lancea con apreturas en terrenos de toriles y lo pone en suerte al caballo que monta “Chicharito” galleando por tapatías. El zambombo es flojo de remos y mansote de comportamiento. Escribano da un golpe de autoridad en un muy sincero trasteo, jugándose la pelleja sin remilgos con el marrajo. Sobresalieron algunos naturales metido entre los pitones y sacando con sacacorchos la nula embestida del marrajo. En el último desplante se descara más de la cuenta y no lo perdona: lo levanta por la corva, se lo pasa de pitón a pitón como un muñeco de trapo y lo ensarta por la espalda. Imposible explicar cómo salió ileso de tan dramático trance. Vuelve a la cara de “Relator”, le propina una estocada algo defectuosa que hace efecto y le arranca una oreja de enorme peso en reconocimiento a tan cabal esfuerzo.

Tarde de Tíos como castillos, de encontronazo a cara de perro y apasionado argumento. Lástima que la corrida de Miura no diera la talla ni en fachada ni comportamiento para alcanzar una repercusión mucho mayor. Pero oiga, que la peor sea como esta.


Valencia. Última de la Feria de Julio. 26 de julio de 2015. Toros de Miura y uno de El Ventorrillo (2º bis) para Rafaelillo: ovación tras aviso, oreja y vuelta al ruedo tras aviso. Manuel Escribano: ovación, silencio y oreja.
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