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¿Te apuntas a la de Victorino?
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(Foto: Andrew Moore)

¿Te apuntas a la de Victorino?

Da igual que sea a principios de año o a finales de San Isidro. El aficionado reclama la presencia del Toro con mayúsculas y la rivalidad entre los matadores. Menos besos y más competencia. Menos postureo y más anunciarse en los carteles de las “duras”.

Joan Adell Mas publicó, el 27 de enero de 2017, un interesante artículo en este medio sobre el libro ¿Qué es torear?, de don Gregorio Corrochano. Pasados más de 50 años desde su publicación, y como apunta Adell Mas, es un texto de rabiosa actualidad. El análisis aquí aparecido cumplió con dos misiones fundamentales: la primera, evidente, aprovechar el invierno taurino para reflexionar sobre la Fiesta a través de los elementos “extrataurinos”, es decir, las lecturas y los coloquios. Y la segunda, poner en relieve, después de una temporada completa, las deficiencias que el autor identifica entre las maneras de torear de algunos de los integrantes del escalafón taurino.

Sirve la referencia a Adell Mas para poner en valor la hemeroteca en este fugaz mundo de noticias y, cómo no, para dar pie a nuestras palabras dentro de una línea continuista. Aunque el ensayo de Corrochano tiene un tinte tratadista, en el apartado que más se acerca a la anécdota, sin perder su seriedad, se narra cómo Lagartijo y Frascuelo, cuando comenzó su competencia, estoquearon cada uno de ellos en dos domingos consecutivos del mes de noviembre seis toros en solitario en la plaza de Madrid. Para igualar el duelo, se eligieron doce astados de don Antonio Hernández. A la primera mitad de ellos dio lidia y muerte Lagartijo con un pequeño inconveniente: el público y la crítica quedaron insatisfechos al ser los toros pequeños por tener cuatro años –el ganadero alegó que, por las fechas, se había quedado sin animales de cinco años–. Frascuelo, para evitar el bochorno de una actuación ensombrecida por la incapacidad de sus contendientes, solicitó una corrida cinqueña de cualquier otra ganadería. La oposición de su contrincante y de los partidarios de este, quienes lo consideraban como una ventaja, fue vencida en favor del granadino. Los pupilos del duque de Veragua dieron espectáculo y el diestro salvó la empresa con éxito. Corrochano, más allá de la reseña de lo sucedido, destaca el ambiente de competición entre toreros y ganaderos de aquel momento para denunciar la existencia del “mediotoro” coetáneo a él y la indulgencia de un sector de la afición (1).

El pasado martes 6 de junio, tras dar muerte al último de la tarde, decía Paco Ureña lo siguiente en los micrófonos de Toros: “Estamos hablando de una corrida de Victorino, ¿no? Que no todo el mundo se apunta ni todo el mundo la mata”. Ureña no solo reivindica su lugar en el toreo, el mérito de sus últimas temporadas y su actitud nada acomodaticia. Sus palabras también son un recado para quienes nos imponen tardes descafeinadas e insufribles gracias al ya conocido como “perritoro” o “toro bobalicón” –el “mediotoro” de Corrochano en nuestra época–. Los intentos por silenciar a una parte de la afición venteña y, en general, a quienes hacemos pública nuestra exigencia, caen en balde cuando sale un animal como “Pastelero” y se encuentra con un torero que no se deja ganar la partida.

No se trata aquí de ensalzar el toreo de Ureña, porque él ya se encarga –y muy bien, por cierto– de poner de acuerdo a los aficionados. No es un texto laudatorio hacia la ganadería de Victorino Martín, cuya hoja de servicios debería ser referencia para cualquiera que quiera dedicarse a la crianza del toro bravo. Es la detección de un síntoma: la sordera y la ceguera de quienes no recogen el guante, de los matadores que abogan por una Fiesta edulcorada ayudados por ciertos ganaderos en silenciosa complicidad.

Los toros con emoción, que como se ha dicho en las redes sociales de Pureza y Emoción “ponen a desfilar a más de la mitad del escalafón”, merecen no sólo formar parte de la cotidianeidad de las grandes corridas, sino a matadores que estén dispuestos a jugarse la vida con ellos cada tarde. Si las figuras no quieren, siempre habrá alguien como Ureña dispuesto a ponerse de frente para dar a elegir al toro entre sus muslos o la gloria.



(1) Corrochano, Gregorio, ¿Qué es torear? Introducción a las tauromaquias de Joselito y Domingo Ortega, Barcelona, Ediciones Bellaterra, 2009 [1966], pp. 63-65.
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