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Lámina de Blanchard - Museo Nacional del Romanticismo
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Lámina de Blanchard - Museo Nacional del Romanticismo

La fiesta democrática más internacional

En el siglo de las Luces, el XVIII, los italianos tenían la ópera y la arquitectura, los franceses los libros y las ideas ilustradas y los españoles los toros, como expresiones propias de cultura. Corren tiempos convulsos para la Tauromaquia, la democracia y el espíritu internacional. No están de moda. Tampoco la originalidad ni la singularidad de pensamiento.

Tiempos convulsos para la Tauromaquia, para la democracia y para el espíritu internacional. No están de moda. Tampoco la originalidad ni la singularidad de pensamiento, en éstas la Tauromaquia nos hace más libres, posiblemente librepensadores.

Es indudablemente, la tauromaquia, una seña de identidad española y “Las corridas de toros han contribuido al sostenimiento del vigor en la nación española (J.J Rousseau)”, pero aparte de ello son de más amplio espectro de lo que parece (son un ejercicio democrático internacional), esto la ha encajonado y manipulado dentro de un nacionalismo español mal comprendido hacia una falsa derecha política.

Alexis de Tocqueville hablaba de democracia sinónimo de igualdad, pero sin homogeneizar al sujeto sino permitiendo a todos el mismo punto de partida. Eso es lo que ocurre en el tendido de una plaza de toros, democracia, todo el mundo es igual pero mantenemos la singularidad de nuestro pensamiento, nuestro yo, y lo defendemos. Luego está la del ruedo, la igualdad ante la muerte.

Estos son conceptos universales que son muy difíciles de encontrar en otras artes o espectáculos de este mundo globalizado, donde casi no hay diferencias entre los adolescentes de países desarrollados y los que están en vías de ello, en lo que comemos, bebemos, vestimos o vemos en televisión. Esto también hace del toreo un arte sui generis que a la vez no necesita nacionalidad puesto que hay aficionados de todos los continentes y países (antes de iniciarse la era de internet). Ha captado y enganchado por su singularidad al extranjero desde antes de los viajeros románticos, lo cual también la ha convertido en una fiesta muy internacional.

En el siglo de las Luces, el XVIII, los italianos tenían la ópera y la arquitectura, los franceses los libros y las ideas ilustradas y los españoles los toros, como expresiones propias de cultura. La tauromaquia fue algo que siempre fascinó a todos los visitantes de nuestro país (Francisco de Quevedo relató en 1623 como se dieron rejones para el Príncipe de Gales). La constante unicidad nos lleva al escape a través del exotismo, el ser diferente místico, cosa poco abundante hoy en día, la exentricidad, el elemento discordante, el rara avis...”Ese maravilloso espectáculo...” que diría Alejandro Dumas. Es un milagro en sí mismo que haya sobrevivido este rito ancestral del toro en la cultura mediterránea, hilándolo directamente con la aparición del toreo a pie (aunque sean cosas diferentes).

El hilo que va desde la prehistoria y las cuevas de Lascaux hasta los juegos con toros en todo el mundo, dígase el rodeo estadounidense hasta las charrerías y rodeos varios en todo el continente americano, pasando por la corrida camarguesa y landesa, hacia Oriente y el jallikattu indio.

El toreo nace de una dimensión popular, de un golpe de Estado del pueblo contra la ilustración, la nobleza y sus prohibiciones. El primer rey Borbón (francés) Felipe V llega en 1700 a España con su dejadez ante las costumbres propias del territorio, curiosamente la Corrida se gesta a mitad del S.XVIII, en la primera mitad aún domina el festejo caballeresco que desciende en la segunda mitad a favor del toreo profesionalizado a pie, que tiene a la vez que afrontar las prohibiciones de Fernando VI (1754-59), la de Carlos III en 1778, reiterada en 1785, levantada en 1793 por Carlos IV que las suprime de nuevo en 1805. En casi todas se permitían las corridas benéficas; como en Cádiz para la reparación de las murallas (200 corridas en 1791 para la Junta de Fortificaciones) e incluso para la creación y financiación de la primera escuela “de enseñanza de Aritmética, Geometría y Dibujo” a la postre Escuela de Bellas Artes. Era el Cádiz de aquella época un epicentro de modernidad europea al rebufo del comercio de Indias, ¡existiendo un cartel taurino de 1799 en francés!

En este contexto la tauromaquia toma literalmente el poder y a la vez resiste a las prohibiciones monárquicas, lo que lo ha hecho desde entonces un espectáculo tan vital, de tanto arraigo y fuerza por su soberanía popular. Amenazada ahora por el pensamiento único, la mercantilización de la cultura y su propia organización que se autodestruye.

Los toros no tienen ideología, pero sí son políticos como cualquier tipo de arte. ¿Por qué son políticos? Porque llevan dentro de sí unos valores, una ética y una estética. Y eso conlleva una política, te reenvía a un estado y a un ideario para quién está concebido y destinado. Al igual que la espectacular escultura pop de Jeff Koons tiene un público VIP de papel couché, que no tiene nada que ver con el de otros escultores. La forma de consumir tauromaquia es la política de este arte. La idea que se le es transmitida al espectador que hay en todos los ambientes artísticos es el máximo exponente del capitalismo cultural. Casi todo en cultura se hace para el consumo masivo (esto también es política, ¿no?). Piensen en Empresa Taurina y en Museos del mundo, ninguno apuesta por jóvenes valores, casi siempre se busca la carta segura, el mínimo riesgo. Piensen en las mal llamadas “figuras” taurinas y piensen en el hartazgo de exposiciones sobre Picasso y Warhol... La diferencia es que Picasso es Joselito “El Gallo” y no te hartas nunca de él. El Museo reproduce el esquema taurino por que ves repetida la misma exposición una y otra vez en cualquier ciudad del mundo hasta que exprimen al artísta, aburren y alelan al público, ¿les suena el paralelo? La calidad y verdad no importan absolutamente nada, lo importante es que se consuma de cualquier forma, todas las artes y el toreo dentro de ellas obviamente se ha mercantilizado. Tampoco me vayan a negar la diferencia entre el público de Renoir, Picasso y Warhol con el de Manzanares, Fandi y Morante, esa elección lleva dentro de sí una política, una confesión en la identificación del público con su artista. La buena tauromaquia, exactamente igual que el buen arte, es el que te lleva a la reflexión, te hace pensar, te educa y te hace libre también contra la sociedad que busca el pensamiento único y el consumo rápido. En este aspecto la tauromaquia es ejemplar. Se reflexiona en el tendido, se aprecia comunalmente, se interactúa con desconocidos, se habla en la tertulia posterior, se argumenta, se juzga y nos posicionamos... Se educa y te educan... Es el arte más democrático donde el espectador puede realmente tener una capacidad de decisión, es la verdad social sincera. Todos los diputados en nuestros escaños del tendido somos iguales. Es más participativo que cualquier otra arte escénica y mucho más que cualquier performance o exposición en un espacio museístico, donde se lleva años intentando la participación del público de todas las clases sociales y estrato cultural, en vano. El museo es un espacio elitista (aunque haya muchos gratuitos), la plaza de toros no (aunque se pague para entrar), porque se borran las diferencias sociales en la opinión.

Si España no hubiese sufrido una dictadura probablemente la tauromaquia no hubiese tenido ese carácter marcadamente nacional y puede que se hubiese expandido o mostrado a muchos otros países (sin ganaderías locales, la empresa de perpetuar la Tauromaquia en otros países es casi imposible más que puntualmente). Sin embargo, el movimiento Anti, que se presenta como movimiento justo y progresista, sí ha difundido bien su mensaje y tiene hoy en día un afán colonizador-totalitario del cual se desmarcan para tratar de imponer por la fuerza su criterio utilizando las mismas doctrinas que usaron los países colonizadores a lo largo de la historia. Su dogma es simple: “Usted: señor indio, africano o taurino es un salvaje, haga lo mismo que yo y civilícese”, de otra manera será usted un proscrito por no seguir borreguilmente el pensamiento único establecido.

El aficionado, como el connoisseur artístico, está fuera de este mercantilismo porque le queda corto y su aspiración artística es más alta y profunda, casi nada le satisface, aún menos el menú que se le ofrece habitualmente, el Star System hace que la rueda gire y todos ganen pero a la vez sepultan el futuro de la tauromaquia al igual que el futuro del arte. Busca un detalle, un halo de esperanza en un novillero que le haga seguir suspirando por su afición, un lance, una ilusión...y esa fe es la que todos los aficionados de donde quieran que sean compartimos, porque la Tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial que es, pertenece a todos los habitantes del mundo, al universo. O al menos así pienso yo como aficionado.

El eje histórico de la tauromaquia se entiende perfectamente a través del magnífico documental de Tauromaquias Universales. Si ya lo han visto se puede repasar, nunca viene mal.

Sobre la internacionalidad de la fiesta, lo mejor, más completo y pedagógico lo publicó Julia Rivera Flores en el portal Taurología: “La humanidad, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Tauromaquia” www.taurologia.com/especial_tauromaquia.html No se lo pierdan. ¡Les sorprenderá!
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