5 de agosto de 2020, 1:16:03
Historia


31 años después... de Valente Arellano

Hablamos con su hermana Salma, 31 años después de la tragedia. Entre anécdotas, hay una que deja claro la gran diferencia que hay entre querer ser torero y "demostrar querer y poder ser torero".

Por Francisco Jara


Treinta y un años se dice fácil pero treinta y un años es una vida, ese es el tiempo que ha pasado desde aquel 4 de agosto de 1984 cuando la tragedia no sólo llego a la familia Arellano Salum, sino a la fiesta brava en México. Valente había llegado al mismo cielo a torear y a contagiar de alegría a la corte celestial, después de sufrir un accidente de tráfico donde perdió la vida con tan sólo 20 años de edad.

Cada año que pasa se nota más su ausencia como torero, esa hambre y sed de triunfo que hoy no se ve en los jóvenes, y que es lo que duele a quienes amamos y respetamos este sagrado rito.

Por desgracia, poco tiempo estuvo Valente en los ruedos, pero tiempo suficiente para hacer algo que hoy día es casi imposible: unificar criterios. Y me refiero al criterio tanto de matadores, ganaderos, periodistas y el del aficionado. Este último quizá el más difícil de unificar.

Me comuniqué telefónicamente con Salma Arellano, su hermana, para preguntarle cómo se había forjado en tan poco tiempo Valente, y tuvo a bien decirme: "mi papá fue duro con Valente cuando le comentó que quería ser torero", confesó, y prosiguió diciéndome: "al hacérselo saber a mi papá, éste respondió <demuéstrame que quieres y que puede>". Valente tenía fijo su objetivo: primero demostrar el querer ser y, lo más difícil, demostrar poder ser.

Y así comenzó la historia de quizá el último torero mexicano con arrastre. Sabía que no iba a ser fácil pero por su mente sólo pasaba una cosa, que era llegar a ser figura del toreo. Me cuenta su hermana que en una ocasión viajó desde su natal Torreón hasta Nueva Italia, en Michoacán (poco más de 1100 kms), y que sólo se le apoyaba con algo de dinero para el camión de ida, por lo que el regreso ya quedaba a su suerte por lo hecho en el ruedo. Los viajes eran largos, cansados, pero eso nunca fue un obstáculo para él, su hambre de querer ser bien valían la pena los esfuerzos que hacía. También me cuenta que Valente le pidió al chofer del autobús que le despertara cuando pasarán por el lugar de su destino; pero a éste se le pasó avisarle y no le quedó a Valente más que bajar y caminar hasta su destino para hacer realidad lo que quizá iba soñando hasta antes de despertar.

Anécdotas hay muchas, pero esta en especial me llamó la atención y me deja claro la gran diferencia que hay entre querer ser torero y "demostrar querer y poder ser torero". Si para muchos en el mundo del toro es muy difícil llegar hoy día, antes créanme era más difícil aún. Las comodidades ya no forjan ni carácter ni personas, forjan comodinos. El dormir al cobijo de su capote prestado como lo hizo él en esa anécdota que me contó Salma, hoy sería casi un milagro ver tal imagen a las afueras de una plaza.

El toreo, el arrastre y la alegría de Valente día a día hacen más grande el hueco y la ausencia de figuras con tal poder de convocatoria, 19 años de vida, 2 de novillero y tan sólo 2 meses como matador de toros bastaron para que 31 años después sigamos hablando de él.

Ojalá en todas las plazas del país tuvieran a bien recordar con un minuto de silencio o un minuto de aplausos a éste huracán del toreo. No seamos de memoria corta.
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