5 de abril de 2020, 17:37:51
Opinión


A plaza llena, ¿ganamos todos?

Las plazas llenas son un sueño irrenunciable para el taurino moderno. Un arma de combate, una prueba de la buena salud de nuestra Fiesta. Pero, ¿hasta qué punto es beneficioso? La plaza llena puede ser un arma de doble filo.

Por Jesús Guzmán Mora


Hemos vivido una Feria de San Isidro llena de triunfos, buenos toros y, sobre todo, muy por encima de las expectativas formadas cuando se anunciaron los carteles. En su momento, me atreví a apuntar en el twittendido: «Los carteles de San Isidro son tan deprimentes que nos vamos a conformar con muy poquito» (23/03/2019). Unos meses después, tras ver la faena de Perera en la segunda corrida del abono, creí haber acertado en mi pronóstico. Por fortuna, vivimos momentos mucho mejores, conocidos por todos y ya repasados en Pureza y Emoción.

Si una enseñanza me ha dejado esta edición del serial, es la conveniencia o no de llenar una plaza de toros, de colgar el deseado «No hay billetes» junto al despacho del mismo nombre. Todos recordamos aquellas simpáticas publicidades de Manuel Díaz «El Cordobés», normalmente a doble página, en las revistas taurinas. En ellas, combinadas las fotografías de un tendido sin un asiento libre, algún pase característico del torero y su eterna cara de felicidad con los trofeos en las manos, se decía aquello de «A plaza llena, ganamos todos».

Cierto es que no hay mejor imagen para mostrar la salud de un espectáculo que mirar hacia el graderío y observar el número de localidades que este ha conseguido vender. Poner de acuerdo a mil personas para que un día concreto y a una hora determinada aparquen su vida y acudan a un escenario para presenciar un evento me parece, humildemente, todo un mérito. El poder que tiene la Plaza de toros de Las Ventas durante San Isidro, en varias de sus tardes, queda multiplicado por veinticuatro.

Cualquiera podría decir entonces: si la plaza registra un número alto, como ha sucedido en varias de las tardes de mayo y junio de este año, la Fiesta tiene un poder de reclamo maravilloso. Esto es innegable: atacada de manera furibunda e injusta durante la totalidad del siglo XXI mediante un amplio sistema de propaganda en su contra, la Tauromaquia consigue reunir a veinticuatro mil almas en al menos ocho de sus tardes. Es una noticia, para nuestro tiempo, muy positiva.

Pero, ¿en qué se han convertido esas tardes? En vivas a España, a México, al Perú, al Rey y a todo aquel que se cruzara en la mente de algunos espectadores, hacia aquellos que ocupaban los tendidos o que pisaran el ruedo. En ataques injustificables desde la televisión contra los espectadores del tendido 7 que, por mantener una actitud crítica, quieren ser fulminados de su asiento. Yo, que no me he sentado con ellos –nunca es tarde–, considero que son los que mantienen el rigor en una plaza que, por momentos, parece perder el norte que orienta su brújula.

Claro que «a plaza llena, ganamos todos.» Siempre he pensado que unos más que otros. Cuando se llena una plaza, la imagen es positiva, pero entra dentro de una irracionalidad que ha caracterizado al taurinismo de los últimos años: convencer a aquel que está en contra de la Fiesta de que esto funciona. Con esta actitud, nos hemos (o se han, no me considero dentro de esta corriente de pensamiento pero no puedo huir de ella) olvidado de que la Tauromaquia, aunque hay que mostrarla, enseñarla, como decía el siempre recordado Víctor Barrio, hay, sobre todo, que respetarla.

La Tauromaquia es un rito y, como tal, no permite actitudes tales como los vivas. Permite la protesta –nadie pitó a Manuel Escribano tras su cornada– porque, efectivamente, como rito, el aficionado es un defensor y protector del mismo, y cualquier desvirtuación debe ser señalada como tal.

Así, a nadie se le debe negar la entrada a una plaza de toros. Ni mucho menos a quienes sostienen, durante la larga temporada, el abono venteño cuando se apagan las luces de la Feria. Siempre me alegrará ver una plaza llena, pero al observar las actitudes irrespetuosas aquí denunciadas me quedaré con la triste sensación de que, en beneficio de la foto de los tendidos sin asientos vacíos, hemos perdido la batalla del rigor. A plaza llena, no siempre ganamos todos.



Por Jesús Guzmán Mora
Doctor en Literatura Española
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