5 de abril de 2020, 19:26:13
Opinión


Tras la tormenta de Bilbao

Tras la "tormenta" de Bilbao me quedo tranquilo porque hay toreros y hierros que, aunque los vientos viciados del sistema quieran apartar, siguen dando argumentos para seguir "oliendo" a frescura tras la épica y estética del toreo. Pero, por otra parte, no me abandona la desazón al comprobar, una vez más, que el empresariado taurino no da más de sí y se ha quedado obsoleto.

Por José Vega


Los lunes que amanecen después de una feria importante, se me antojan como la segunda hora después desde que ha tenido lugar una tormenta veraniega. Por un lado, esa sensación de bienestar, de frescor, de olores que deja la lluvia fresca en los campos de cereal recién cosechado. Por otro, esa preocupación por los daños causados en otras cosechas venideras. Tras la "tormenta" de Bilbao, me quedo tranquilo porque hay toreros y hierros que, aunque los vientos viciados del sistema quieran apartar, siguen dando argumentos para seguir "oliendo" a frescura tras la épica y estética del toreo. Pero, por otra parte, no me abandona la desazón al comprobar una vez más que el empresariado taurino no da más de sí y se ha quedado obsoleto. Auspiciado por el servilismo de muchos medios, ha antepuesto los intereses económicos al futuro y, lo que es peor, a la excelencia del toreo. Improvisaron, por ejemplo, sustituciones mediocres y populacheras que sólo buscan rédito en el parné. Otro de los "daños" que se ha de evaluar es la nula promoción de la Feria de Bilbao más allá de los medios taurinos, con el consiguiente efecto en los tendidos. Aunque es cierto que esto no sólo ocurre en Bilbao sino que por desgracia el empresariado taurino no gasta un real en promoción. ¡Y en plena sociedad de la imagen y la comunicación!

Pero vamos con esas sensaciones, y mejor con el "olor fresco". Torrestrella, por ejemplo. Recordando el lunes pasado, me venía a la memoria una corrida de toros, sin más. Encastados, bravos, duros de patas, defendiendo su vida hasta el final sin permitir errores. Tras la evolución que por desgracia está teniendo el comportamiento del toro bravo (hacia la obediencia más sumisa), es normal que esa corrida de toros, para muchos, sea criticable. Incluso, algunos comentaristas y plumillas, dejaban entrever su decepción. Lo malo de ello es que esas voces se escuchan y esos escritos se leen, y no saben el daño que se hace al toro bravo en el sentido etimológico de la palabra. Victorino, sin ser una corrida memorable, pero siempre hay que tener en cuenta los toros de la A coronada, aunque sea simplemente para valorar lo realizado por los espadas. "Ruiseñor" de Victoriano del Río, un Toro Bravo en toda la acepción de la palabra. Cada arrancada era una gota de lluvia en plena sequía veraniega. De esas excepciones que de vez en cuando nacen en el campo y que a todos nos ponen de acuerdo porque al final, todos rendimos pleitesía al toro cuando se deja la vida luchando y embistiendo. Gloria a "Ruiseñor", gloria a los toros bravos.

En el camino del recuerdo, otra bocanada de aire fresco fue ver de nuevo a Diego Urdiales sentando cátedra en Bilbao. Es complicado ver un toreo así porque muy pocos espadas se toman el toreo como una evasión. Hoy día, la mayoría de las veces se salta al ruedo como si de una competición por ganar se tratara, de ahí esos gestos triunfalmente deportivos que vemos cada vez que salen de “sacar una tanda de corners al natural”. Torear es otra cosa, torear es dejarse llevar, relajarse, echar los vuelos al toro y enredarlo en la cintura. Otros (cada vez más jaleados por medios publicitarios y seguidos por consumidores fanáticos de esos medios), quieren ganar la liga con estadísticas, dando pases a diestro y siniestro y siempre con el toro que conocen más que a quien se da el beso de buenas noches. Diego es otra cosa, Diego torea.

Sentado en un peñasco, descansando de los recuerdos, me viene otra brisa con ese olor maravilloso a tierra mojada. El día que se despedía de Bilbao el sevillano Manuel Jesús Cid Salas en la corrida de Victorino, un hombre que nos hacía encontrar otra vía de escape en la que volver a confiar. Emilio de Justo, llega y torea. Un toreo que de clásico y de desnudo es grandioso y emocionante. A Emilio no le hacen falta recursos, no le hace falta recargar sus obras de grutescos ornamentales. El trazo como el de toda la vida, el de toreo grande. Los alardes de cara al tendido para otros espectáculos cantados como grandiosos pero donde se comen pipas y se bebe mucho gin tonic, que aquí se venía a torear, lo tenía claro, y vaya si toreó. Además, se lo hace a cualquier tipo de toro, no tiene compromisos con amigos para que le dejen la plaza cubierta en invierno. El compromiso de este hombre es el de un torero como los de toda la vida, sólo hay que verlo entrar a matar, esa es otra historia que necesitaría otro escrito por la excelencia en que lo hace y ahora está anocheciendo y tengo que seguir el camino.

Se alejan los nubarrones de la tormenta, miro hacia un charco que ha dejado la lluvia mientras sigo mi camino y se me refleja un hombre sincero y que da todo lo que tiene en la cara del toro. Paco Ureña es un torero que a todos nos ha ganado con su desnudez, su sinceridad y por, en un gesto de generosidad infinito, entregarnos trazos en circunferencia hoy día muy difícil de ver en un ruedo. Para torear como Paco, hay que entregar la vida y sugerir al toro: "Este es mi muslo, te lo ofrezco". Hecho esto, y antes de que el animal acepte la invitación, Paco le recibe en la antesala de los vuelos de la muleta y le sirve un natural en otra sala, la de detrás de la cintura. Me alegro mucho del triunfo del murciano porque es el triunfo de la sinceridad desnuda, la que muchos añoramos en la Tauromaquia competitiva del siglo XXI.

Ya casi es de noche pero antes de acabar el camino de los recuerdos no quiero olvidarme de otro torero. Domingo López Chaves. De dilatada carrera y una lucha de quitarse el sombrero, el salmantino aparece en el momento necesario con su maestría. No puede clasificarse porque no encaja en la estricta cuadrícula que la crítica triunfalista y convencional de hoy día ha establecido. Domingo nos ha descubierto (como ya lo hizo Esplá, por ejemplo, en su momento) los valores artísticos que encierra un torero cuajado en corridas épicas y no menos emocionantes que las "otras". Es un paradigma que un torero veterano parezca un valor nuevo. El sentido de la lidia es un valor artístico también. López Chaves ahora es cuando está en la plenitud que da el conocimiento del toro bravo. Ahora no se esfuerza por hacer obras buenas sino por ofrecer el toreo que lleva dentro. Domingo ha aparecido para expresar lo que es suyo, para establecer la vanguardia de la lidia por su cuenta. Bienvenido sea.

Llego al final del camino y ya es noche cerrada. Ya apenas se ve y sólo veo siluetas de toreros que han triunfado y cogido sustituciones por decreto; toreros que ofrecen lo de siempre, algunos por debajo de toros bravos; una legendaria ganadería que está perdiendo su esencia porque "hay que adaptarse a los tiempos (tela)"... Nada, como digo, siluetas difuminadas y de las que no consigo recordar ni el nombre.


Por José Vega
Aficionado
Licenciado en Historia del Arte

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