16 de julio de 2020, 14:59:42
Opinión


Con mi solidaridad que no cuenten

Cuando se prohibieron las corridas de toros en Cataluña, los defensores del correbou esgrimían y esgrimen que ellos nada tienen que ver con la corrida, que ellos no maltratan y ellos son auténticos catalanes. Ahora que el Parlamento catalán propone al gobierno autonómico su prohibición, con mi solidaridad que no cuenten.

Por Joan Adell Mas


En 2010 el Parlamento de Cataluña decidía, justo después de prohibir las corridas de toros, “blindar” los correbous y bous al carrer. Era la contraprestación pactada entre los políticos defensores del correbou con los impulsores de la ILP abolicionista a cambio de prohibir la corrida de toros. Esgrimían, y esgrimen, los defensores del correbou que ellos nada tienen que ver con la corrida. Ellos no maltratan y ellos son auténticos catalanes. Ahora que el Parlamento catalán propone al gobierno autonómico su prohibición, con mi solidaridad que no cuenten.

La historia de la prohibición (luego revocada) de la corrida de toros en Cataluña es la historia de un sinfín de traiciones, desde los políticos catalanes hasta el propio empresario de la plaza de Barcelona pasando por el sector taurino profesional. Tal vez la actuación de los representantes y defensores del correbou del bajo Ebro, Cardona y otros lugares donde todavía se celebran festejos populares en Cataluña no debe ser considerada una traición, puesto que no traiciona aquel del que nada se espera. Pero su egoísta actuación tanto en el proceso de aprobación de la ley prohibicionista como en la oposición posterior a la misma, rebasa todos los límites del cinismo, mezquindad y torpeza estratégica. Les hago un breve resumen de lo sucedido.

La Ley que prohibió la corrida de toros en Cataluña fue impulsada a través de una ILP (Iniciativa Legislativa Popular) que presentó una asociación creada a tal efecto que se denominó PROU. En la propuesta de ley inicial se proponía prohibir tanto la corrida de toros como los festejos populares y correbous típicos en los pueblos del bajo Ebro. Obviamente, tanto los aficionados a la corrida de toros como a los festejos populares se movilizaron ante tal propuesta. Pero lejos de realizar una labor conjunta y coordinada de oposición a dicha ley, los del bou al carrer y correbou liderados por sus alcaldes y representantes políticos (mayoritariamente de CiU y ERC) decidieron huir de cualquier relación con la cruel y españolista corrida de toros como de la peste. Ofrecieron la cabeza de los aficionados a las corridas de toros a cambio de salvar la suya. Acordaron con PROU aprobar la prohibición de la corrida de toros a cambio de que se blindase el correbou. PROU aceptó consciente de que lograba lo que difícilmente imaginó, una ley que prohibía la corrida de toros, con la seguridad de que más adelante (por ejemplo, ahora) ya se encargarían de los correbous. Y así sucedió, los mismos políticos que votaron la prohibición de la corrida de toros, aprobaron el blindaje de los correbous en dos plenos consecutivos.

Empezó así el desarrollo del argumentario de los alcaldes y responsables del correbou ante la sociedad catalana para así ellos intentar salvarse de la quema, arrojando a la hoguera a la corrida de toros con el rechazo de cualquier defensa colectiva y común de la tauromaquia. El argumentario puesto en práctica consistía en dos ideas:

- En primer lugar, el argumento “buenista (e hipócrita)", de que ellos no maltratan al toro. No lo banderillean, no lo pican, ni lo matan. ¿Cómo alguien puede compararlos con los sádicos de Barcelona que matan al toro? Ni una gota de sangre se derrama en el correbou. En el bou al carrer el toro no sufre, en contra de lo que sucede en la plaza de toros.

- Y, en segundo lugar, el étnico. Ante la aparición del procés y la polarización de la sociedad catalana, los defensores del correbou se envolvieron (todavía más si cabe) en la bandera. Los correbous son lo realmente catalán, decían. También que sus aficionados son los verdaderos catalanes, y no como los que van a la plaza de toros de Barcelona a ver un festejo español, que son charnegos, inmigrantes andaluces, aragoneses… españoles. ¿Qué tenemos que ver nosotros catalans de soca-rel con ellos? Sólo hace falta acudir estos últimos años al correbou de Cardona o a algún festejo popular del bajo Ebro y ver que aquello parece una jura de bandera de la República Catalana o un aquelarre patriótico propio del Alderdi Eguna con estelada.

A título de simples ejemplos, rescato dos casos paradigmáticos de lo referido que han sucedido estos últimos días en los medios de comunicación catalanes:

⦁ 27 de septiembre. Declaraciones de Joan Castor Gonell, alcalde de Sant Jaume d’Enveja (Bajo Ebro, Tarragona) en el programa de Catalunya Migdia, de Catalunya Radio: https://www.ccma.cat/catradio/alacarta/catalunya-migdia/alcalde-de-sant-jaume-denveja-estic-a-favor-dels-correbous-pero-en-contra-dels-toros/audio/1050260/

“Yo estoy en contra de la corrida de toros, pero no del correbou porque el correbou no es un maltrato”


⦁ 8 de septiembre. Declaraciones de Míriam Cots, presidenta de la Peña La Corneta de Cardona, al telediario de TV3: (https://www.ccma.cat/tv3/alacarta/telenoticies/correbou-de-cardona-festa-centenaria-i-fortament-arrelada/video/5914150/)

“Por ejemplo, hay chicas de la peña que no irían nunca a ver una corrida de toros tradicional, pero defienden su fiesta. Porque no maltratamos al animal. El animal llega a Cardona, pasea por la plaza y marcha. No sufre”.


Lo más paradójico de todo está por llegar. Ante la futura y previsible prohibición de los correbous, ¿veremos a los alcaldes y representantes independentistas de Cardona y Bajo Ebro acudir al malvado Tribunal Constitucional Español pidiendo la derogación de una ley del “soberano” y democrático Parlamento catalán? Y (otra paradoja más), ¿utilizarán para ello la ILP protaurina que impulsaron los maltratadores y casposos aficionados a la corrida de toros de Barcelona junto el resto de aficionados españoles?

El toro en la calle forma parte de mi infancia. Me apasiona y me gusta tanto como las corridas de toros. Considero que evidentemente ambas cosas están relacionadas y son dos formas de manifestar una cultura común. Por eso estoy en contra de la prohibición del correbou y de los festejos populares, y porque creo además que Cataluña será un lugar menos libre y culturalmente más pobre si se prohíben. Pero les voy a confesar algo que estoy seguro de que comparten muchos aficionados y activistas militantes de la defensa de los toros en Barcelona. Visto y vivido lo que les he contado aquí: el rechazo, la utilización y la difamación egoísta, cobarde y miserable que hemos sufrido (y sufrimos) los aficionados a la corrida de toros por parte de los alcaldes, responsables políticos y defensores del festejo popular en Cataluña, el día que el Parlament prohíba los correbous, una parte de mí, rencorosa, egoísta y miserable, se alegrará. Lo siento por los aficionados honestos, generosos y desacomplejados (alguno habrá), pero los responsables de su defensa y representantes políticos del territorio se lo han ganado a pulso. Que les pidan explicaciones a ellos.


Por Joan Adell Mas
Aficionado
Abogado
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