7 de abril de 2020, 5:29:06
Historia


Le llamaban El Tuerto y a Madrid impregnó de carácter

Antonio Ríos "El Tuerto", un personaje que hoy nadie recuerda pero que fue toda una institución en el Madrid taurino postnapoleónico.

Por Julián H Ibáñez


"Mira si será viejo, que ha visto torear al señor
Curro Guillén y a Jerónimo José Cándido,
dos matadores que él ponía por las nubes",
decían los que le conocieron.



El protagonista de nuestra historia es un personaje que llegó a ser entrañable en la plaza de toros de Madrid. No, no se trata de la Plaza de Toros de Las Ventas, que fue inaugurada en 1931; tampoco de la Plaza Vieja, también llamada Plaza de Goya o de la Fuente del Berro, que fue inaugurada en 1874. Vamos a una época aún más lejana. Se trata de la Plaza de Toros de Alcalá, la primera que existió en la ciudad de Madrid, que desde el año 1749 hasta el 1874 fue el emplazamiento que albergó todos los festejos taurinos de la capital de España. Quiero acercarles con esta pequeña semblanza, a la azarosa vida de un personaje que era santo y seña de la plaza de Alcalá. Un coso al que Goya, con sus maravillosos grabados, hizo inmortal, y cuyo ruedo pisaron toreros como el gran Pedro Romero, Chiclanero o Cúchares.

A mediados del siglo XIX, todos los aficionados a los toros de la Corte (así se llamaba en esos tiempos a la ciudad de Madrid) conocían a un personaje apodado "El Tuerto" de la Plaza de Toros de Alcalá. Su nombre era Antonio Ríos, nacido en Cádiz y establecido en Madrid desde niño. De buena familia, estuvo sirviendo en casa de un miembro del ejército francés durante la Guerra de la Independencia. Esto le propició al pequeño Antonio la oportunidad de aprender el idioma, y al poco tiempo ya lo hablaba perfectamente.

Unos años más tarde entró a servir en casa del aficionado a los toros don Carlos Gutiérrez de la Torre, con quien permaneció algún tiempo. Por recomendación de este, allá por los años 1820 o 1824 entró de mozo de la cuadra de caballos en la plaza de toros, siendo despedido al poco tiempo por su carácter indolente pero habiendo tomado afición. A partir de ahí, no fue fácil la vida de Antonio. Años de enfermedades y hambruna, con la guerra contra los franceses ya acabada. No tenía morada propia donde cobijarse, y buscó un lugar en la misma cuadra de caballos, con el visto bueno de los capataces que por sentir lástima le dejaron refugiarse de las duras noches madrileñas.

El Tuerto ya nunca más se separó de la plaza de toros de Alcalá hasta el día de su muerte. Unas veces dormía en el pajar y no pocas rodeado de los jacos. No tenía obligaciones de ningún tipo, ni siquiera personales, pero él se imponía muchas, y algunas bastante penosas. Por ejemplo, cuando venía el ganado a encerrarse por la tarde-noche. Recordemos que antaño el modo de llevar a los toros bravos hasta las plazas, era a pie y a caballos a través de las dehesas, atravesando cañadas, mesetas, valles y todo lo que se interponía en el paso. Los desplazamientos duraban días, semanas o hasta un mes, dependiendo de la distancia, y allí que iban ganado, bueyes, cabestros, caballos y vaqueros, sin importar las inclemencias del tiempo. Había que llegar a destino. Hasta la llegada del ferrocarril, era la única manera de trasladar el ganado. Cuando la comitiva llegaba a Madrid, El Tuerto le esperaba en la esquina de El Retiro desde donde daba la voz con una entonación particular: ¡que viene! , ¡que viene!, para que los carpinteros abriesen la puerta del corral y todo lo demás estuviese a punto. A consecuencia de la edad, se fue resintiendo tantos de rapidez como la de la vista de su único ojo, y a menudo le atropellaban los toros. Pasaban sobre él junto a bueyes, mayorales y vaqueros. Este tipo de percance le ocurrió más de sesenta veces, decían los que le conocieron.

Otra de sus obligaciones impuesta por él mismo, era la de avisar a la cuadrilla el día del festejo en el momento en que el timbal y el clarín los apercibían para la lidia. En este momento su voz era precisa: ¡que tocan! Rápido, ¡que tocan!, y todos se ponían en marcha. También le mandaban y él obedecía con gusto, limpiar y preparar las sillas de montar de los picadores, que resultaban deterioradas en cada corrida. Era bastante común verle cruzar las calles de Madrid a lomos de un escuálido rocinante cargado de arneses rotos, tambaleándose siempre, a causa de beber más de la cuenta. Porque también dicen que por poco que bebiera a él le hacía más efecto que a otros.

Por espacio de muchos años le ayudaban con alguna moneda. Sobre todo los picadores. Incluso le llevaban ropa, aunque más adelante fue la misma empresa la que le socorría modestamente, siempre como limosna, nunca como merecedor a una paga. Pero no había día de corrida que los espadas, picadores, banderilleros y aficionados no le socorrieran con generosidad. Aunque la que más cuidaba de alimentarle, no fallando ningún día, fue la señora encargada del guadarnés, Doña Socorro, que también era una institución en la plaza, muy querida y recordada por todos los aficionados de aquellos años.


Año 1864
El Sr. Duque de Sesto, siendo corregidor de Madrid, al ver que El Tuerto ya apenas podía andar, de lástima le metió en el Asilo de Mendicidad de San Bernardino, actualmente en el Paseo de Isaac Peral, donde fue preciso llevarle con engaños y en un carro y de donde se escapaba siempre que había función en la plaza.

En una de esas escapadas de domingo, no quiso volverse al establecimiento, quizás porque se encontraría mal, y se quedó a dormir en la puerta de arrastre, en cuyo sitio, como a las doce de la noche, del 17 de octubre de 1864, sufrió un infarto cerebral. Recogido por el sereno fue llevado a la casa de socorro, donde falleció a pesar de todos los auxilios que se le prodigaron. Dicen que contaba 80 años de edad.
La Plaza de Toros de la Puerta de Alcalá no fue la misma después de la muerte de El Tuerto. Como si nunca pudiera reponerse a tal perdida, la plaza dejó de existir para las fiestas taurómacas. Sólo diez años después, en 1874, una plaza de toros mucho más moderna y grande, ve la luz en la ciudad de Madrid, la hoy referida como Plaza Vieja de Madrid, también desaparecida en la actualidad.

De Antonio Ríos he encontrado esta referencia del gran periodista y escritor taurino, José Sánchez de Neira: El Tuerto, tal era el apodo de un célebre aficionado, que daba siempre la voz de “¡Que viene!” en los encierros de la plaza de Madrid. Tipo raro, excéntrico y extravagante, que vivía en los alrededores de la plaza, sin casa ni hogar, casi sin comer ni trabajar, que hablaba perfectamente idiomas extranjeros cuando era ocasión, lo cual suponía en él una ilustración no común, que callaba cuando le preguntaban los necios y era cortés con los instruidos. Sujeto, en fin, que no sabemos definir.

Con esta pequeña historia taurómaca hemos querido sacar del olvido a Antonio Ríos, un personaje que hoy nadie recuerda, apodado El Tuerto, pero que fue toda una institución en el Madrid taurino postnapoleónico.


Por Julián H Ibáñez
Twitter: @julianhibanez
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