1 de junio de 2020, 19:20:45
Opinión


La generación del 19

Pablo Aguado, Ferrera, Román, Escribano, Ureña y De Justo nos traen personalidad, carisma, frescura, la puntilla para los muermos (esas figuras actuales) y la metafórica luz de los candiles a una época negra, afortunadamente medio clausurada, de vacas sagradas que son bípedas y van de guays, de quienes se conoce que han desperdiciado su innegable talento en la búsqueda del torito guapo.

Por Antonio Díaz


La canción del verano es la banda municipal de cenizos que, con el cri, cri, cri y los toros se acaban, suele amenizar la temporada taurina. Pero resulta que los toros nunca terminan de acabarse y el cenizo autóctono tampoco. En este plan nos va diciendo agur-ben-hur otra temporada y, como es costumbre, toca proclamar triunfadores, aunque sólo sea para rociarlos como agua bendita sobre los cenizos autoabolicionistas. Por encima de todo y de todos refulge un hecho, un extraordinario acontecimiento, el descubrimiento de que los aficionados a los toros están vivos, o por lo menos vuelve a latir en ellos una versión ancestral de la afición -áspera, volcánica y un poco emputecida-, con todo lo que acarrea: bilis, navajeo, esperpento, tirria, coba, pataleo, guasa, controversia y otras sandungas propias de un espectáculo que arde en las tripas. En definitiva, quedaron deslindados los campos de la vergüenza para el españolazo que llevamos dentro, y lo que vino después ya se sabe: que ancha es Castilla, cada loco con su tema y el palo, a aguantar su vela, etecé, etecé. Como en una egiptología de la polémica, no paran de arder las redes sociales, telegrama de los pobres que asientan en acta los últimos estertores de las tertulias últimas. Y las reyertas aldeanas en torno al toro han vuelto a sucederse entre las dos Españas -España es saltillorondeñismo-, sea una la que venera a Cazarrata, que sale en la historia como Pilatos en el Credo, y fuere la otra la que se persigna tras una verónica como ante un cristo de Berruguete. Pablo Aguado, Ferrera, Román, Escribano, Ureña y Emilio De Justo han devuelto al negocio el clasicismo -en todas sus estaciones de penitencia-, que los compraventa del toreo barrieron de las ferias para esconder bajo el bigote de Molés. O sea, que esta media docena de matachines ha abierto el mercado negro de la nostalgia, nos han traído una manera de tener cuarenta años menos y resplandece en ellos la tauromaquia para punkarras que pregona Chapu.

Tauromaquia social y mercadotécnicamente desaprovechada, cómo no, que vomita todos los iconos comerciales, empezando por ese cómic de tonos sepia de la cosa goyesca, aviñetadura de musas con mantilla isabelina y tanga de hilo, batmans nacionales y duquesas flamenconas poniendo morritos en un fotocool donde también se retratan la muerte y el éxtasis, quién sabe; las tardes de clavel combinan la alfalfa de la modernez con la gallofa de lo tradicional, en los balconcillos bajos de sombra, la gintonic people, los no hay billetes de manolas instagramers y niñosbién que juegan al Cossío le vienen dando a la cosa una estética potentísima -¿quién no quiere echar una canita al aire en los toros?-; el torismo es apenas ya una degeneración exaltataria del lirificado por F. Bleu en su farmacia de la Puerta del Sol, que fue un -ismo austero, preutópico y castellano, de toros fieros y matatoros con muslos de bailaora vieja; la sesión golfa de la cosa son los chorbos y las chorbas del bous al carrer jugando al yoyó con el miedo, y ahí descubre uno que el miedo es el tripi con el que trapichea el toro, y en cada recorte, cada chicuelina y cada carrera uno se droga, y a más suertes, más saltos y más jipío, más droga, y a más droga, más cuelgue, más vicio y más afición, y a más afición, antitaurino muerto. Los toros de la calles levantinas proyectan sombras en las esquinas, las caixas y los burguerkings como seres de la mitología moderna grafiteados por Banksy; pero donde radica la verdadera grandeza, donde la Fiesta brilla como vidrios en sartales, es en la gente, dentro de nosotros mismos, o sea, en el pueblo, que abarrota portátiles y monumentales de carros y talanqueras, la Españita eterna aspirante a tercera vía, chavesnogaliana de puro desencanto, la auténtica marca España, donde habita la tipología de prohombres que guardan la pólvora, la gafancia, los trigales, el cainismo y la farfolla nacional en un tuétano que les hierve como un chernobyl de yesca y esparto. Todos estos variopintos afluentes folclóricos desembocan en un torrente patrio por el que fluye la savia de una civilización que el mundillo y las autoridades (in)compententes están dejando morir mientras el hombre pierde el tiempo buscando vida inteligente en la luna. Que aquí está todo inventado y la peña tiene la mosca del regomello detrás de la oreja, sabiendo como sabe -el aficionado a la cosa es más culto y lee más que sus vecinos, lo dijo el otro día la ministra o alguien que cobra como la ministra, no sé- sabiendo como sabe, decíamos, que la Espasa Calpe está llena de civilizaciones/sociedades/culturas ahorcadas con su propia soga, que ya solo son letras de oro caídas en el libro del olvido.

En fin, que los seis arribacitados nos traen personalidad, carisma, frescura, la puntilla para los muermos y la metafórica luz de los candiles a una época negra, afortunadamente medio clausurada, de vacas sagradas que son bípedas y van de guays, de quienes se conoce que han desperdiciado su innegable talento en la búsqueda del torito guapo, que es un bicho que ya fue desorejando el Fary por los pueblos de España sin tanta fanfarria. Figuras, las sotas de oros de don Heraclio Fournier, naipes del trile del ayer y hoy, pero ya no del mañana. A los empresarios les ha sido difícil colocarles un Miura, más que para la NASA colocar un carricoche en Marte, un poner. Un solo ejemplo de las múltiples dimisiones que han ido presentando conforme despegaban sus carreras. Es decir, a cota de caché y popularidad más alta, más bajeza y menos toro, trá, trá. Porque lo de ellos ha sido dimitir, un continúo dimitir de las obligaciones éticas, profesionales e históricas a las que compromete de por vida el juramento heráldico tomado en ceremonia de alternativa. Y estos señores que ya se van han dejado en excesivas ocasiones las verdades nalgarias del toreo en cueros, con todo lo que sabemos que le cuelga. Con su pasotismo/ego y en camarilla con las familias oligárquicas del taurineo -los nuevos señoritos- le han dado vida al Sistema -máquina tragaperras que ya no sabe qué ofrecer a cambio de nuestro dinero-, permitiendo que el personaje histórico del coleta sea denigrado a la invisibilidad de lo cotidiano, fosa común del héroe, a excepción siempre de ese manolete de Galapagar que entendió desde el primer toque de clarines y timbales que el misterio, los millones y la tradición herborizan sobre el humus del misticismo. Ante esta caricaturización solo nos queda el clavo ardiendo de la contrarrevolución y el azuce al resto de la sociedad con el palo de la épica/liturgia de los últimos hombres antiguos y la zanahoria de la contracultura/somos punkis. Le toca dar el do de pecho a la (re)generación del diecinueve, estos son Emilio De Justo, que torea bajo palio, como cuando se entra en una iglesia; Ferrera, urna viva y cineraria del Pana, y Ureña, maestro canónico del parar, templar, cargar y mandar -objeto precioso que el aficionado/naúfrago se llevaría a una isla desierta- y que, por cierto, acaban de convertir al Siete -los masones del torismo-y su insigne mala leche/racaneo en un cestillo de lindos gatitos; en Pablo Aguado está el hacer el amor de los adolescentes, la inspiración pubescente, trances que son sudarios de castidad y un abanico de suertes a contrapelo; Román no está aquí para vender biblias, sino para impresionar al público; y Escribano es un Paquirri de nuestro tiempo, torero de los que escupen adrenalina en lugar de dar besos, toricida fin de raza, de los que mojan el estoque en whisky para calmar los nervios.

La vuelta crispada del clasicismo no es sino el aferramiento de una parte del pueblo español a su historia, a la tradición y a la encarnación de la utopía en un puñado de tipos que, a la hora lorquiana de las cinco de la tarde, se juegan algo más importante que sus vidas: la vida de un pueblo entero.

Los del 19 no son los últimos románticos, sino unos punkys empinándose el codo con la litrona de la Fiesta Nacional.
Pureza y Emoción.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.purezayemocion.com