16 de julio de 2020, 16:09:57
Opinión


El toreo, tal cual

Festejos ambientados en no sé qué acontecimientos históricos, ruedos tergiversados por artistas varios, toreros enfundados en vestidos tuneados... Apoyarse en cualquier resquicio que goce de cierta aceptación social es reconocer de antemano el fracaso del espectáculo más auténtico y verdadero que queda en esta vieja Europa nuestra. Dejémosle que sea como siempre fue.

Por Javier Cámara Esteban


Vaya por delante mi agradecimiento a la dirección de Pureza y Emoción por confiar en la opinión de este humilde aficionado. Sólo un pero; debutar tras el tremebundo artículo de Antonio Díaz, ‘La generación del 19’, hace que mi aparición en este magnífico portal se torne un tanto cuesta arriba. Al lío.

Trato de reflexionar hoy sobre la dulcificación que, desde los diferentes estamentos del toreo, se pretende imprimir a esta Fiesta de los toros. Toreros, ganaderos, empresarios, periodistas especializados y también aficionados parecemos empecinados en trasladar a la sociedad una fiesta amable, alegre, triunfal y vanguardista.

Toda evolución es natural, sana y saludable, siempre y cuando no se queden por el camino los principios originales y genuinos de aquello que se quiere adaptar a los nuevos tiempos. En el afán por acercar la Fiesta al siglo XXI, la esencia del toreo parece que se está viendo, cuando menos, trastocada. Desvirtuada, más bien. Y no, no me refiero a las exigencias de un puñado de matadores atendidas por unos ganaderos ansiosos de embarcar animales ayunos de casta o bravura. Eso siempre existió y seguirá siendo así. O debiera.

A cualquier nueva iniciativa taurina nacida en estos momentos se le intenta maquillar con un toque novedoso, entre cultural y contemporáneo, que no pocas veces se tambalea ente lo cursi y lo estrambótico, a la vez que se desatiende la verdadera razón de ser de la tauromaquia: la lucha y el enfrentamiento de la inteligencia humana frente a la irracionalidad de la fiera; sin medias tintas.

Festejos ambientados en no sé qué acontecimientos históricos, ruedos tergiversados por artistas varios, toreros enfundados en vestidos tuneados o carteles sacados de cualquier contexto taurino pretenden camuflar el continente que alberga un contenido cada vez más pobre y sin transmisión alguna.

Intentar que el toreo cale en una sociedad inmersa en la búsqueda de aquello que alegre las almas vaciadas por una mediatización y un adoctrinamiento sin precedentes que marca lo que es ético y moral choca de frente con el objetivo que persigue la tauromaquia. Maridar el toreo con la gastronomía, la música o la literatura es reconocer que la lidia de seis toros hoy no es suficiente por sí misma para atraer a un público absorto en recursos audiovisuales con truco, en apuestas deportivas online y en ‘outlets’ repletos de gangas aparentes.

Mientras no consigamos reconocer la fortaleza y la grandeza de la Fiesta, el toreo estará supeditado a las nuevas corrientes de pensamiento, cada vez más contrarias a la celebración de una Fiesta donde la sangre y la muerte se citan cada tarde de forma inevitable y natural. La tauromaquia debe reinventarse fijando la mirada en sus principios para, sólo así, llegar a esa nada despreciable porción de la sociedad que busca la verdad que se sustenta en el respeto a los orígenes y a la originalidad que permitieron la continuidad de la Fiesta hasta nuestros días. Sí, quizás esa parte de la sociedad no viva tan concienciada en el uso de las redes sociales ni sea tan ‘progre’; pero ¿quién es capaz de afirmar que aquello que atrae al ‘progre’ de hoy goce de buena salud?

Acercar los toros a un público tan nuevo como eventual es despachar del tendido al aficionado de siempre, tan fiel como exigente y sensible con el toro y el torero. La Fiesta ha de fiar su integridad, su rigor y su sinceridad en ese aficionado experimentado, llamado a transmitir los valores de este arte a futuras generaciones.

Que hoy sean los toreros, que horas después se jugarán la vida, los que lleven la Fiesta a los más pequeños con capotes y carretones no significa preservar la tauromaquia en el futuro. Simplemente, porque esa amabilidad matinal con los niños no se corresponde con la obligación vespertina del matador con los mayores, quienes a la postre serán los que decidan volver o no a una plaza de toros; con niños o sin niños. Y no, no soy contrario a este tipo de iniciativas, loables donde las haya, pero me duele comprobar cómo las ilusiones generadas fuera del ruedo son aniquiladas dentro de este. Creo rotundamente que la tauromaquia se transmite de aficionado a aficionado y mediante la verdad intrínseca que une al toro bravo y al torero valiente, inmersos ambos en una batalla rebosante de integridad.

Pese a los vientos racheados y contarios que zarandean hoy el toreo, no toda iniciativa encaminada a promocionar la Fiesta puede que sea la más acertada o sensata. Como tampoco es correcto que hoy se cataloguen de "bravos" a toros que llegan con cierta movilidad y prontitud al último tercio, independientemente de su comportamiento durante el resto de la lidia. Casi todo hoy va dirigido a engrandecer un espectáculo que deja indiferentes a no pocos aficionados. O lo de salvar una tarde de toros por una sola lidia medianamente aceptable. Y así, el buenismo imperante en la actualidad desvirtúa unos mínimos de exigencia con toreros, toros y empresas, derivando en un espectáculo más cariñoso y más mediocre a partes iguales.

El toreo siempre ha sido inspirador de diferentes creadores artísticos. Si bien las relaciones de innumerables toreros han sido magníficas con escritores, pintores, músicos y otras celebridades, han sido estos los que se han acercado a la tauromaquia, cautivados por la verdad tan auténtica como única de este espectáculo. Hoy es el toreo el que mendiga la presencia de esta bohemia en tendidos y en saraos. ¡Hasta en cualquier entrega de premios taurinos se condecora hoy a algún integrante de otro arte…! La tan pretendida edulcoración del toreo deja a las claras los complejos de quienes nos sentimos partícipes de este arte.

Ordónez, "El Viti", Paco Camino, Diego Puerta, Jaime Ostos y otros tantos llevaron el toreo a las mayores cotas de aceptación social sin parafernalia alguna en torno a una tarde de toros. Apoyarse hoy en cualquier resquicio que goce de cierta aceptación social es reconocer de antemano el fracaso del espectáculo más auténtico y verdadero que queda en esta vieja Europa nuestra. O quedaba.

Quizás el toreo nunca deba ser algo cosmopolita. Dejémosle que sea como siempre fue.
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