2 de junio de 2020, 20:29:06
Historia


"El apoderado", por José Flores Camará

En su edición del 26 de julio de 1945 el semanario "El Ruedo" publicó un artículo firmado por el mítico José Flores "Camará", en el que explicaba la labor del apoderado. Camará, encargado de dirigir la carrera de Manolete, formó un dúo histórico con el torero cordobés. En numerosas ocasiones se alude a la figura de José Flores como el auténtico apoderado.

Por Redacción


EL APODERADO

Yo no puedo negarme a lo que EL RUEDO me pide tan amablemente: que hable del apoderado. Sin embargo, hubiera preferido mantener en el silencio aquellas opiniones que tengo de mi profesión, porque realmente siempre es difícil hablar de uno mismo..., para los demás. Nadie vea en estas líneas mayores pretensiones. Más de una vez he dicho el inmenso valor que tiene el trabajo silencioso. Y el poco valor que siempre he concedido a las palabras.

Pero lo pide EL RUEDO....

He de empezar diciendo que considero para mí al apoderado como al hombre taurino que tiene encomendada la misión más difícil, más ardua. Se exigen en el apoderado tantas virtudes, que quizá para el profano parezcan excesivas. Y no, no hay exageración alguna. Hay siempre en la vida de un apoderado un momento difícil... ese momento en que se debe sacrificar todo -hasta el dinero- en beneficio de la dirección artística del torero. Por no haber podido mantenerse en este momento, muchos toreros habrán visto sacrificada su carrera, obedeciendo este fracaso tan solo al egoísmo de sus apoderados.

Yo tengo un ejemplo que no quiero que nadie lo tome como excesivamente personal. Me pasó a mí y pienso que también pudo pasarles a otros. Les contaré esta anécdota profesional. Fue en Barcelona y, si mal no recuerdo, este sucedido ocurría en la temporada de 1943. Un día, el empresario se acercó a mí para decirme: "Tengo en los corrales una corrida de Villamarta que quiero que la toree Manolete, y como quiero que la mate Manolo, yo, a usted, Cámará, si me firma el contrato, le daré el veinticinco por ciento”.

Viendo el empresario que yo no soltaba prenda, me apremió aún más: “Bien, Camará; le daré para usted cincuenta mil pesetas".

Quedó muy sorprendido el empresario catalán cuando yo, al fin, pude convencerle rotundamente que no aceptaba su proposición. Que no admitía su dinero. Yo en aquel momento había sacrificado a ese egoísmo de que hago referencia, porque consideraba que Manolete -hago la salvedad de que el motivo de que no torease no obedecía a la prestigiosa ganadería de los Villamarta, cuyos toros debía matar- no debía torear en aquella corrida. Este era mi criterio y lo sostuve. Manolete no toreó aquella corrida.

Este aspecto del sacrificio que señalo con tanta insistencia es el que considero como el más importante en un apoderado. Luego, hay otras muchas virtudes que necesitan poseer. Pero si yo las fuera diciendo, muchos pensarían que sólo es elogiarme, ya que hablo directamente sobre mis propias experiencias taurinas. Pero ya que hay que decirlo todo, señalo como una gran virtud en el apoderado que éste, sobre todas las cosas, conozca profundamente a su torero, y que también sepa hasta donde puede dar de sí su poderdante. Seguidamente, saber qué toro le va bien a su toreo y procurar, como es natural, el seleccionar el ganado para que el matador tenga las máximas facilidades en encontrar el éxito en el ruedo. Muchas más cosas rodean la misión espinosa del apoderado. Resulta todo muy complejo, y casi siempre hay que resolverlo todo sobre la marcha. Otras cosas confunden un poco, como esas tardes o esas corridas que no se aceptan un día... y que, sin embargo, alcanzan el mayor interés para el diestro quince días después, aceptándose con gusto lo que antes no interesó.

Verán ustedes que nada hay fácil en los toros. Por dentro y por fuera. Al torero hay que llevarlo dirigido con sumo cuidado. No presentarlo en plazas de importancia cuando no está en condiciones de triunfar; entonces hay que salvar los baches del matador, que no está en su momento, haciéndole torear por plazas de menor categoría para luego llevarlo a las grandes. Este párrafo entra de lleno en lo que pudiéramos llamar los defectos más peligrosos en que puede caer el apoderado en relación con su matador. Como también es un grave defecto el no comprender las conveniencias del torero. No ceñir las de uno a las exigencias de las de él. Olvidar siempre que uno está enfadado con los demás. Al matador no le interesan los enfados de su apoderado con las empresas o los ganaderos, porque esto le perjudica profundamente. Muchas veces, el orgullo hay que sacrificarlo. Las cuestiones personales de uno no pueden rozar los negocios de toreros y apoderados. Los partidismos se deben abandonar cuando en principio lo único que interesa defender es al torero. Lo demás hay que verlo bajo una razón de conciencia. Sólo de esta manera puede llevarse la dirección de un torero con éxito. Casi siempre el apoderado debe ser un poco padre del torero...; más padre aún en ese momento -que es el más difícil- en el que el torero se encuentra en la cumbre (este momento es el más peligroso y el más difícil para el apoderado, porque el torero que triunfa se ve a través de los éxitos y se cree un poco rey, donde no admite consejos, porque él se cree que está en condiciones de darlos).

Hay muchas más cosas alrededor del apoderado. De la misión que le corresponde en la fiesta se podían decir muchas cosas y se podrían citar muchos ejemplo también. Casi interesaría hacer un pequeño volumen para revelar la vida del apoderado, que no es tan brillante ni tan risueña como muchos creen. Pero yo, por muchas razones, no puedo hacerlo. Antes hice la advertencia, ya que no quiero que nadie vea en estas líneas nada que pudiera resultar personal para otras ni como para mí mismo. Es, simplemente, corresponder con la mejor voluntad -cuando menos- al Director de la primera revista taurina del mundo: EL RUEDO.

Lo demás, todo lo que pueda escribirse aun sobre el apoderado, no es misión que corresponde a mí. Ni me encuentro con facultades para hacerlo, y quizá tampoco mis manifestaciones interesarán a nadie. Como he dicho, estas líneas que firmo no tienen una pretensión literaria, ni tampoco son como para tomarlas voto de fe. Cada uno piensa a su manera, y lo que yo digo es un poco de lo que, modestamente, creo que he aprendido en largos años de apoderado. Y nada más, señores.

Por José Flores "Camará"

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