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Acordes y desacuerdos
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Acordes y desacuerdos

El espectáculo taurino es el más democrático de los espectáculos. Se puede ser la mitad más uno y no tener razón. O mejor dicho, no tener ni idea. Democracia es, señores del clavel, no callar ante los abusos de toreros, ganaderos y empresarios

sábado 23 de mayo de 2015, 13:32h
El espectáculo taurino es el más democrático de los espectáculos. Esto es algo que se repite sin cesar y sin pensar muy bien en lo que significa. Significa que, como en la Democracia, la mayoría manda en la concesión de una - la primera - oreja. Pero significa también muchas otras cosas.

Escribo esto al hilo de lo sucedido esta última tarde en Las Ventas. Una tarde de cartel de postín, de famoseo, de claveleo. Era un desfile de caras famosas el patio de arrastre, convertido en chiringuito playero en pos de la mal entendida normalización. Y era un desfile de domingueros venidos de todas las partes de España, de Madrid, de invitados de empresa, de invitados de toreros, de invitados en general. Una tarde de viernes no de sol y moscas, sino de sol y gintonics. De mirar a ver si está el rey y “fíjate, si aquél es Sánchez Dragó”. De modelitos, de colorín y de espectadores más que de aficionados.

Nada en contra, siempre hay una primera vez y los que ocupamos asiento durante los 70 festejos tenemos la obligación de defender y difundir la fiesta, de enseñar lo poco que sabemos, con paciencia, a los neófitos. Pero para ello, el neófito, señor que llega a Las Ventas por primera vez, debe contar con la inteligencia y la humildad suficientes para ser discreto y respetuoso con quien ve decenas de corridas cada año.

Sin embargo, lo vivido ayer en el primer coso del mundo, carece de este aspecto fundamental en la relación entre el espectador y el aficionado. “Pagamos mucho, seremos exigentes” rezaba una pancarta antigua que circula por ahí, en internet. Exigentes hemos de ser.

Cuando algunos pocos protestamos la paupérrima actuación del “Ciclón” Padilla, algunos señores en traje de domingo, tímidos, nos miraron con extrañeza y rechazo. Cuando protestamos el destoreo de Manzanares, ese rechazo se tornó agresividad y comenzaron los “cállate” y los “baja tú”, los pitos, los insultos al Siete y, finalmente, la petición de oreja para la faena cochambrosa de Manzanares al quinto. Cochambroso por citar fuera de sitio, tirar líneas, no dar nunca más de tres derechazos y arrimarse cuando ya ha pasado el toro, con la patita atrás, sin cargar la suerte ni una sola vez. Y conseguir una oreja en Madrid. Una oreja pedida por un público mezcla de señoritos hasta arriba de gintonics, de desconocedores de la cuestión y de algún público habitual que hasta hace poco era un siervo voluntario de los dictados del Siete, y que ahogaba sus irreprimibles ganas de aplaudirlo todo al escuchar a los “entendidos” dar su veredicto. Tendido siete al que encuentran hoy debilitado y como suele hacer un siervo cuando ve el régimen derrumbarse, quieren derrocar con la máxima humillación posible en su derrota.

Por eso, cuando protestaban las faenas, les preguntaban “¿por qué no te callas?” imagino que con intención de emular y lisonjear al rey saliente. Por eso, cuando el Siete protestaba fuera de tiempo, se quejaban de la protesta fuera de tiempo. Y cuando protestaba en su momento, al entregarle la oreja, en la vuelta al ruedo y a su salida, acribillaban a insultos a Rosco y sus “chicos”. Pero no solo. Lo mismo en el tres, en el cuatro, en el seis… Los que viven allí han sufrido las iras de gentes a las que no vemos nunca a nuestro lado. De espectadores esporádicos que ni las bases del lenguaje taurino conocen. De fans que confunden personaje y torero, deseo sexual y excitación taurina. Que lo mismo están ahí que yendo al videoclub. Estos espectadores, sin embargo, tenían derecho a sacar su pañuelo. La Democracia consiste en que la mitad más uno elige gobierno. Manzanares tuvo su oreja.

Pero Democracia es también que las minorías, estúpidas o ilustradas, equivocadas o no, puedan expresar su opinión, siendo como son buenos pagadores, que además se han estudiado la lección y cuando pasan la mitad de las tardes de sus vidas sentados en la piedra de un tendido. Es cierto que hay tiempos determinados para cosa y modos de expresarlo, que pueden ser expresiones educadísimas o groseras. Al ser los toros una fiesta democrática y transversal, las habrá de todo tipo. Y nadie, por mucha mitad más uno que sea, tiene derecho a impedir que el aficionado cansado, harto de desacatos de toreros ventajistas y burlones, pueda decir un “ya está bien” o silbar o abuchear si le apetece. En cualquier momento de la faena. Como cuando ellos pitan las varas prolongadas o, a veces, la muerte en bravo del animal, por largas. Protestar será poco educado, no lo sé. Pero es democrático y esto son los toros.

Es con exigencia como se mantienen las cosas en nivel. Si La Scala no hubiese tenido sus enormes y famosas broncas, hoy sería un teatro de ópera anodino.

Se puede ser la mitad más uno y no tener razón. O mejor dicho, no tener ni idea.

Democracia es, señores del clavel, no callar ante los abusos de toreros, ganaderos y empresarios que ustedes con tanto gusto, gintonic en mano, aceptan. O quizá es que ni se enteran.
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