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"De capa, mosqueado", de José Vega

Foto: Álvaro Marcos para Las-Ventas.com
Foto: Álvaro Marcos para Las-Ventas.com

Escribano y Urdiales, artistas sinceros. Castella, comprometido

Intento explicar todo esto porque el toreo, para mí, sólo existe gracias al milagro de la sensibilidad, esa que me transmitireron ayer Manuel Escribano y Diego Urdiales, y gracias a ellos, y a la casta del sexto, vuelvo a las plazas.

viernes 05 de junio de 2015, 11:55h
Hace tiempo leí, no recuerdo dónde ni cómo llegó a mis manos, una cita del pintor francés Jean Bazaine que decía: "La sinceridad de un artista consiste en dejarse llevar sin saber a dónde. Pero consiste también, y en apariencia de modo contradictorio, en reconocer sus límites, es decir, los de su época". Al terminar la corrida de ayer, cuando bajaba las escaleras del alto del dos hacia el "bar de copas" en que han convertido los hosteleros de Taurodelta el patio de arrastre (antaño lugar de tertulia), me venía a la mente dicha sentencia por lo vivido en el primer, tercer y sexto toro de la tarde.

Comenzando por Manuel Escribano. Ese torero que da la sensación de que la vida puede ser maravillosa, que transmite positividad, que con sus límites (como los de todo el escalafón, todo), está realizando un toreo cada vez más a tener en cuenta. Ese torero que después de haber bailado un tango con la muerte en un par de banderillas "dejandose llevar sin saber a donde" (como rezaba la cita), realizó un arte sincero y comprometido. Ante ese toro de Adolfo Martín, como alguien me dijo, la "alimaña" albaserrada de los años 80 (benditas sean), no era posible otra actitud que la sinceridad y no la búsqueda de adornos. Ese toreo sin engaños, tirando la muleta al "hocico de rata", llevándolo toreado con la emoción que transmite el que en cualquier momento puede estar cogido, convenció al que escribe, porque volví a sentir la emoción del toreo. Gracias a Manuel Escribano y a la casta de "Baratero", de nuevo dejé de ser mero contemplador para convertirme en partícipe de la faena, cuando esto ocurre casi lo siento físicamente, me duele (Nota: esto no traten de explicárselo a un antitaurino, tristemente carecen de esa capacidad).

En el primer toro, asistí a quizá el toreo de capa con más arte de la Feria de San Isidro 2015. Lo realizó Diego Urdiales. Se abrió de capote y comprendí de nuevo por qué torear es un verbo activo, un alegato de vitalidad. Cada lance, por el lado derecho de Urdiales, era una explicación de por qué un pase a un toro por sí mismo no es arte si no se prolonga en nosotros, si no nos transmite desgarro y emoción. Diego Urdiales toreaba como nunca antes había visto (más allá de Morante de la Puebla, cierto). Enroscándose al toro, creando una figura y un todo. Mi capacidad de discernimiento como contemplador volvió a dar fe de esa encarnación, de esa verdadera existencia del arte de torear.

Por último, en el tercer toro viví la sensación de estar ante un torero comprometido, Sebastián Castella. Este año el francés me está sorprendiendo cada vez que torea, por quietud y conocimientos. Sebastián, aún no teniendo mucha experiencia en el encaste Albaserrada, lo toreó en línea y dándole todas las ventajas al toro, dejándole llegar para darle confianza, muy interesante labor de un torero que apostó fuerte este San Isidro y estoy por ello muy agradecido. Hubo algunos que pitaron al francés, tan injusto como su falta de conocimiento, a lo que se une el creerse buenos aficionados a través de la intransigencia.

Intento explicar todo esto porque el toreo, para mí, sólo existe gracias al milagro de la sensibilidad, esa que me transmitireron ayer Manuel Escribano y Diego Urdiales, y gracias a ellos, y a la casta del sexto (único de una mala corrida de Aldolfo Martín), es lo que me hace volver a las plazas.
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