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Madrid

Foto: Álvaro Marcos para Las-Ventas.com
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Foto: Álvaro Marcos para Las-Ventas.com

¿Es necesario pasar por esto?

Todo el mundo quería ver ese toreo al natural y todos querían empujar la espada que se tantas veces no quiso entrar. Pero El Cid tampoco puede esperar que le consientan todo por ese pasado tan glorioso. Victorino un pasado de victorias, ya muy lejano.

sábado 06 de junio de 2015, 13:51h
Manuel Jesús “El Cid” ha sido uno de los toreros que más han ilusionado al aficionado en los últimos tiempos, bastaba ver anunciado su nombre para que esa fecha se marcara con una cruz. No se podía faltar, nadie se podía perder la corrida del Cid. Todo el mundo quería ver ese toreo al natural y todos querían empujar la espada que se tantas veces no quiso entrar. ¡Cuántos triunfos se fueron por un pinchazo inoportuno! Pero el toreo ya estaba hecho, ahí quedaba la obra de arte. La plaza se lamentaba con él. Tantas veces se escuchó eso de “si no hubiera pinchado” o “si esta hubiera sido la primera”. Si esa estocada hubiera sido la primera, habría salido otras tantas de la Plaza de Madrid sin tocar el suelo, rozando las nubes y con las gargantas rotas gritando ¡torero, torero! Y eso no fue hace tanto, un puñado de años, pero parece que fue hace un siglo. Pareció renacer aquel día en el que las ilusiones de los suyos querían renacer, pero ni aquel día de locura colectiva. Aquello fue solo un espejismo y como tal, se desvaneció, sin soportar la mirada un poco más fija.

Y El Cid, que quería reverdecer aquellos laureles ya secos y pisoteados, como si quisiera acabar con todo aquel pasado y como si estuviera empeñado en emborronarlo todo, se apuntó en solitario a la de Victorino Martín. Aunque tengo que confesar que tengo un runrún que me da que pensar. Evidentemente esta es una sensación personal, que no se apoya en ningún dato, ni tan siquiera en un chivatazo o en un “me han contado”, pero es como si al Cid le hubieran metido en todo este lío otra gente, los mismos que le obligan a mantenerse en esto, a continuar con esta situación de arrastrase por los ruedos. Alguien que prefiere ir arrebañando los cuatro duros que puedan caer, antes que proteger al torero. Si no, no me explico las causas que puedan empujar a un hombre a pasar por este calvario que se repite cada vez que se viste de torero. Podrá haber quién me tache de irrespetuoso, de atacar a un torero que lo dio todo y que es el más grande; bueno, será una opinión, pero no creo que le ayude nada el mantenerle en esta mentira, entre otras cosas, por lo gran torero que ha sido.

No me voy a detener en los detalles de su actuación, no creo que sea necesario, pues cada toro fue un calco del anterior, si acaso cada vez un poco peor. Los recibía con el capote para cumplir el compromiso e inmediatamente deshacerse de él esperando el peón que le auxiliara o dejando al animal a su aire. Solo en el cuarto aguantó más, dándose la vuelta y llevándolo hasta los medios cediendo terreno, algo que podría haber hecho el peón de brega. En el tercio de varas tampoco se le vio, el poner un toro al caballo era la excepción, pues se dejó a los toros muy sueltos durante toda la tarde. A lo que venía el Cid era a cumplir con la muleta, a cortar orejas. En los primeros intentó ese toreo de última hora, queriendo estar erguido y dando muletazos al aire, pero los animalejos de Victorino no se lo permitieron, no tanto por la fiereza, que no existió, sino por carencias del propio matador, que por momentos se veía sorprendido por un derrote, cuando el engaño iba más adelantado de lo que el viaje del toro indicaba. Durante los tres primeros toros aguantó más o menos el tipo y en ese tercero es como si se decidiera a quemar la pólvora que le quedaba, quizá queriendo convencerse a si mismo, el péndulo, muletazos de uno en uno queriendo transmitir emoción, desplantes sin venir a cuento. En el cuarto y gracias a la inestimable colaboración de la cuadrilla, reventó la santabárbara, primero con un desquiciante tercio de banderillas, con pasadas y pasadas en falso, dejando un palo que luego se caía, otro en vaya usted a saber donde; el presidente cambió el tercio con solo tres palos y por una vez y sin que sirva de precedente, incumplió el reglamento con criterio. Aquello había que cortarlo y más pasadas solo habrían empeorado la situación, pero eso sí, a esa cuadrilla habría que decirles algo, no sé si en forma de multa o enviados al rincón de pensar. Pero este desastre se repitió en el segundo tercio del quinto y en el primero del último de la tarde. La plaza se convirtió en una auténtica jaula de grillos, broncas, líos, peleas, los toreros desquiciados y El Cid sin poder dar ya pie con bola, muletazos sin pararse quieto, trapazos, carreras, miradas, dudas, pero aquello no tenía arreglo posible y al torero se le obligaba a pasar ese quinario hasta el sexto y último, dando una imagen de impotencia que a mí personalmente ni me ofendió, ni me sacó de mis casillas, ni me sentí estafado, ni con fuerzas, ni ganas para la protesta, solo me dio mucha pena, lástima, lo que todavía era peor, pues me resistía y me resisto a que un torero me dé pena y más un torero como El Cid. No me parece justo el que tenga que estar pasando por todo esto, pero él o alguien insisten en prolongar este vía crucis. Y lo que tampoco pueden esperar del público es que le consientan todo por ese pasado tan glorioso.

Igual que tampoco puede esperar Victorino que aguantemos sus animales en silencio, por un pasado de victorias, ya muy lejano. Que no lo olvidamos, es más, cada vez que sale uno de estos, que aún son cárdenos, echamos la vista atrás, comparamos y nos echamos las manos a la cabeza. ¿Cabe mayor destrozo? ¿No sienten un mínimo de vergüenza por echar estos bichos a las plazas? Ni degollados salen ya los Victorinos. Eso sí, nunca falta la expresión de que estos toros no son de pesar mucho, que siempre han sido más bien tirando a pequeños y que lo que pasó es que los sacaron de tipo, ¡Y un c...! Perdón, el calor. A otro perro con ese hueso, a ver si nos vamos a creer las pamemas del padre cuando no tenía toros para Madrid y pregonaba que los toros más chicos iban mejor. A ver si ahora resulta que aquella corrida del siglo eran albaserradas anovillados. Y quizá, viendo el panorama, les vendría mejor el volverlos a sacar de tipo, sobre todo del tipo salmonete escuálido y si ya recuperáramos la casta, entonces, la Fiesta del Corcho. Pero de momento tendremos que seguir aguantando los comentarios súper autorizados de Victorino Martín hijo y soportar esta ruina, cárdena, por supuesto, año tras año. Al primero casi no se le picó, contando como puyazo un marronazo cerca de la penca del rabo, salió pegando respingos al notar las banderillas y en la muleta, ante la falta de mando del matador y exceso de trapazos, acabó viniéndose arriba. El segundo en tipo, pero mucho, en el tipo que gusta a los taurinos, tanto que podría pasar tranquilamente el reconocimiento en una novillada, aunque no se explica muy bien como lo hizo para corrida de toros. Acudió al caballo andando, sin prisas, defendiéndose en el peto, con la cara alta. Muy flojo, sin fuerzas, le costaba mantenerse, pero en el último tercio, donde no se le sometió, acabó viniéndose arriba, comiéndose al matador. Al tercero se le dejó suelto por el ruedo, a su aire y en esas que se fue solito a por los caballos cuando salían al ruedo. Se dejó pegar, pero sin meter la cara. Se vencía por el pitón izquierdo, defecto que siguió acusando durante la faena, en la que acudió a la muleta como una bobona. El cuarto, grandullón, pero con un aspecto caprino irreprochable, se dejó en el caballo, para salirse suelto, En el segundo encuentro ya le pegaron bastante, muy mal lidiado, con capotazos en exceso, Esperaba en banderillas, lo que no justifica el mitin que se montó en el ruedo. El quinto salió regateando el capote del Cid, mientras él le menaba el engaño por la cara. Dos picotazos para irse a escape del peto y un tercer puyazo desde dentro, del que también salió huyendo. Nefasta la lidia, con otro escándalo en banderillas. El sexto, otro feo y agalgado de don Victorino Martín, que se comía al Cid cuando este intentaba recibirlos con capotazos muy alborotados. Le dejaron muy suelto, se fue al picador de puerta, empujaba mientras le tapaban la salida. En la segunda vara, ya en su sitio, se arrancó de lejos, pero sin exageraciones, para cumplir en un puyazo trasero. Se ovacionó a Tito Sandoval, quizá más por ver su nombre en el programa, que por lo espectacular de la vara. La lidia fue una capea y con él se acabó yendo la tarde, las ilusiones de un hombre que una vez más quería renacer, las de mucho que querían ser testigos de ello, pero también fue la evidencia de lo que desde hace tiempo viene viviendo El Cid, un gran torero, que parece que quiere emborronar todo su pasado lleno de glorias. Y así muchos se preguntan, ¿es necesario pasar por esto?



Madrid. Plaza de toros de Las Ventas. Toros de Victorino Martín para El Cid, en solitario: silencio, silencio, silencio, silencio, pitos y pitos. Nota: Aplaudidos los banderilleros Curro Robles y Cándido Ruiz. Palmas para los picadores Francisco María y Plácido Sandoval "Tito".

Parte médico de David Suagar "Pirri": "Herida por asta de toro en región axilar derecha, con una trayectoria ascendente y hacía fuera de 15cm, que contunde paquete vasculonervioso axilar. Es intervenido quirúrgicamente en la enfermería de la plaza, se traslada al hospital San Francisco de Asís. Pronóstico menos grave. Fdo Dr García Padrós".
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