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Rafaelillo toreó de verdad y se la jugó ante un Miura en Madrid - Foto: Andrew Moore
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Rafaelillo toreó de verdad y se la jugó ante un Miura en Madrid - Foto: Andrew Moore

Bilbao o Cuenca

Los carteles de Bilbao ya no se distinguen en nada de los de cualquier pueblo mediterráneo. Nos los venden como la magnífica feria, la que da importancia al toro. Bilbao es, cada día más y gracias al esfuerzo de sus mediocres gestores, una plaza más.

martes 09 de junio de 2015, 17:38h
Uno ya no se puede sorprender al comprobar que los carteles oficiales de las Corridas Generales de Bilbao son poco más que una combinación desigual de toros y toreros. Una amalgama infame de intereses, influencias e imposiciones de las figuras. Los incompetentes de turno, que, cosas de la vida, siguen siéndolo a pesar de la larga trayectoria que arrastran, nos siguen colando las mismas ganaderías y los mismos toreros de siempre. Nos siguen presentando carteles que bien podrían ser los de 2011, y nos los venden como la magnífica feria de Bilbao, la que da importancia al toro, a sabiendas de que su mentira es escandalosa e insostenible para cualquiera que se considere medianamente informado. Bilbao es, cada día más y gracias al constante esfuerzo de sus mediocres gestores, una plaza más. Y la decadencia es producto de carteles monótonos y repetitivos que echan al aficionado por la puerta de atrás. Los carteles de Bilbao, ya en 2015, no se distinguen nada de Cuenca o cualquier pueblo mediterráneo, por no hablar de la evidente pérdida de prestigio respecto a otras plazas. Azpeitia, por ejemplo, se está convirtiendo en la cuna del aficionado por encima del Botxo. Y, con todo, los botarates de los gestores, figurantes de poca monta, no asumen que ha llegado el momento de marchar, de dejar de dañar a la antaño plaza más importante del norte peninsular.

¿Qué ha pasado con las ganaderías toristas? En el campo están. La variedad de encastes brilla por su ausencia. Este año, de manera inteligente, la Junta se ha cubierto las espaldas con Atanasio, Núñez y Albaserrada además de la omnipresente Domecq, pero no ha estado a la altura de las circunstancias. Parladé y Pedraza de Yeltes eran ganaderías a tener en cuenta, como también lo eran -y lo son- Cuadri, Miura, Dolores Aguirre (es cierto que habría que arreglar algunas discrepancias) o José Escolar. Se echan de menos, en definitiva, esos hierros que demanda el aficionado al toro, para el que prima el animal sobre la persona. Leía recientemente un cartel de 1987, cuando hubo en Bilbao toros de Dolores Aguirre, Joaquín Buendía, Juan Luis Fraile, Pablo Romero... Y esas ganaderías, o al menos sus sucedáneos, podrían estar aún hoy.

Quien pone las pegas son las figuras, a las que les falta un poco de vergüenza y les sobra un poco de chulería. Esos cinco déspotas quieren hacer los carteles ellos solos. Quieren cerrar paso a los jóvenes y a los no tan jóvenes que torean mejor que ellos, por miedo a quedar en evidencia ante conceptos clásicos más estéticos que su neo-tauromaquia. Quieren cerrar carteles en los que los tres toreros formen parte de lo más alto del escalafón para alcanzar o rozar el lleno, por miedo a que anunciarse con alguien menos conocido ponga sobre la mesa la evidente escasez de público que ellos, aun en su papel de figuras, arrastran. Pero, figuras aparte, son los gestores, los miembros de la Junta Administrativa, los primeros culpables de que los carteles lleven público y no aficionados. Ellos olvidan la meritocracia que siempre ha imperado en la tauromaquia y que tan bien ha funcionado. Acaban entrando en Bilbao Finito de Córdoba, impuesto por las mencionadas figuras a pesar de su nulo éxito en ninguna plaza española notable, Padilla, El Cid, Adame, Paco Ureña o Manzanares. Quedan fuera, por culpa de éstos, López Simón, tras abrir la Puerta Grande de Las Ventas, Eugenio de Mora, tras torear al natural en Madrid como pocos lo han hecho esta temporada y la pasada, Rafaelillo, habiendo triunfado con un Miura en una faena épica en la Catedral de la tauromaquia... Y tantos otros. No es una feria terrible, no; no es el fin del mundo. Pero es una feria que en nada distingue a Bilbao.
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