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Bilbao

Oasis envenenado en desierto de bostezos

Se cayeron los toros y Juan Pedro fue declarado culpable. Pero él no los eligió; quien lo hizo sabía dónde estaba. En el país de los ciegos el tuerto es el rey. Hoy reinó Manzanares con muy poco toreo, algo de cabeza y mucha actitud.

Por Íñigo Martín Apoita
miércoles 26 de agosto de 2015, 23:48h

En el país de los ciegos el tuerto es el rey. Y aunque no alcance a ver tanto como desearía, se esmera en hacerlo. Hoy reinó Manzanares con muy poco toreo, algo de cabeza y mucha actitud. Más, desde luego, que sus monótonos compañeros de cartel, cuyas actuaciones reflejaron meras prolongaciones de insípidas etapas.

Sorteó José María el mejor del lamentable encierro de Juan Pedro. Fue el sexto un toro con fuerza escasa que, no obstante, sirvió al menos para mantenerlo en el ruedo. "Galardón" se quiso mover con buen tranco y buenas intenciones. Apabullante su nobleza, nula su casta. Transmisión inexistente que tuvo que poner el matador alicantino, acertado en tiempos, terrenos y distancias. Dio al manso pausas necesarias en los medios del oscuro ruedo. Y le dejó, por encima de eso, camino para coger impulso, para llegar a la muleta con la inercia de la pronta arrancada, y que ésta supliera la ausencia de empuje, de riñones en la embestida. Y hecho esto, falló en todo Manzanares, para torear despegado, aliviado y mentiroso. Pico y hacia fuera. Culmen del más fraudulento toreo. El toreo de la no exposición, del no temple basado en el no valor. Envenenó un oasis en el aburrido desierto; campo de bostezos.

No hubo más que trámite, hartazgo y bronca. Trámite en cinco toros iguales por inválidos, descastados, vacíos de todo, llenos de nada. Toros que quitan la ilusión de volver, que roban la afición al más adicto.

Fueron protestados y abucheados. Apuntó la bronca a ambos lados, pero se equivocó en uno. Culpó el tendido al ganadero por la invalidez del asqueroso sexteto y a los matadores por sus faenas sin ganas. El público quedó desahogado con pitos a banalidades. El opio del pueblo.

Se sentó a mi lado un aficionado de carteles de postín, de los que visita la plaza muy de vez en cuando atraído por un cartel a priori excepcional. Mi amigo no era de camisa por dentro, cinturón con banderita, americana y zapatos horteras, no; él prefería sus cómodas chanclas, las bermudas con bolsillos más prácticas jamás inventadas y una camiseta sin mangas como antídoto al calor.

Él desmenuzó la tarde sin saberlo. Su escasa cultura taurina lo reprimió, pero sus comentarios dejaron mal parado a cualquiera. Empezó su recital reclamando la remodelación de una plaza mal indicada. Reclamación en vano, como siempre ocurre en esta dictadura disfrazada de afición. Abreplaza en el ruedo, no comprendió que Matías no sacara a pasear el pañuelo verde. Cómo va a cortar Ponce las orejas, pensó. Y claro, acertó, porque Ponce, tras trasteo tan magistral como largo y sin emoción, escuchó un aviso antes de fallar con la espada.

Siguió aprendiendo con el inválido segundo. Habló de un Morante con aires de Chiquito de la Calzada y falto de actitud. Así fue. Se fumó un cigarro y pidió un gintonic calentando motores para su comentario estelar, que llegó en el segundo tercio del tercero. Se preguntó mi ya buen amigo por qué salen los caballos, si no parecen cambiar las embestidas tan almibaradas de una ganadería en busca de una bravura mal entendida. Y realmente no mereció la pena perder tiempo paseando equinos ante otro inválido como fue el tercero, al que Manzanares no pudo más que pasaportar con un pinchazo y una estocada efectiva.

Tras un cuarto toro sin opción cuya devolución fue fuertemente exigida y tajantemente denegada, mi amigo manifestó su supino aburrimiento de una manera algo menos elegante. Fue durante el quinto, que habría intentado embestir de no toparse con el matador más antipático del escalafón superior. Todo fueron excusas, como llevan siéndolo desde que en Marzo empezara la temporada. Cobrar, cobró. Y sólo le quedaba a mi colega, viendo al menos disposición ante el sexto, calificar a Manzanares como el mejor de los tres; a su criterio, sobradamente por encima de Ponce y de Chiquito.

Se cayeron los toros y Juan Pedro fue declarado culpable. Pero él no los eligió; quien lo hizo sabía dónde estaba.


Bilbao. Plaza de toros de Vista Alegre. Seis toros de Juan Pedro Domecq para Enrique Ponce (gris perla y oro): Ovación tras aviso y silencio. Morante de la Puebla (nazareno y oro): Bronca y bronca. Manzanares (negro y azabache): Silencio y oreja.
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