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La dimensión cultural

Para fortalecer a la afición y olvidar a los antitaurinos sería de gran ayuda una figura cultural en el escalafón. Un Ignacio Sánchez Mejías, miembro de la Generación del 27 y amigo, entre otros García Lorca o Miguel Hernández.

Por Íñigo Martín Apoita
martes 10 de noviembre de 2015, 13:39h
La tauromaquia necesita encontrar personajes de la cultura que la apoyen sin complejos. Personas que puedan y quieran defender una fiesta no por todos respetada y cuya controversia es tal que genera enemigos. Sí, intelectuales, cineastas, escritores, músicos o pintores que apoyen la tauromaquia ganarán detractores; y sí, es comprensible que la opción de ganarse el veto del animalismo no sea factible para quienes viven de sus seguidores, pero es vital para la tauromaquia ver con sus propios ojos el apoyo de los cercanos.

Porque la tauromaquia es cultura y como tal lo vendemos. Y es por ello que si de algún modo se puede defender la fiesta de los toros como parte cultural intrínseca de nuestro país es argumentando el apoyo de artistas que la reconozcan como tal. Argumentando que Sabina es taurino, y que lo son otros tantos cantantes o escritores que no debo nombrar, por ser su situación especialmente comprometida. Deber moral, vaya. No seré yo quien destape la afición de aquellos que la mantienen en silencio.

Hasta en esto debe volver al pasado la tauromaquia. Hasta ese punto es necesario recuperar la esencia de un espectáculo perdido en la heterodoxia descabezada, inmerso en un progreso incomprensible hacia una situación de pérdida total, tajantemente irrecuperable. La tauromaquia, con quienes de ella viven a la cabeza, debe buscar un retorno a las raíces culturales del espectáculo. Y lo primordial para que eso ocurra es fortalecer las bases de la afición, restar importancia a los detractores y sumársela a quienes apoyan o simplemente no otorgan importancia. Es el miedo al animalismo el que empuja a aristas taurófilos a encerrar su afición en casa. Y el origen de ese miedo es a todas luces el excesivo ruido que hacen contados antitaurinos con aires de importancia.

Para fortalecer a la afición y olvidar a los antitaurinos sería de gran ayuda una figura cultural en el escalafón de matadores. Un Ignacio Sánchez Mejías, para que nos entendamos. Porque don Ignacio no fue un torero renovador, ni siquiera es parte activa de la historia de la técnica en la tauromaquia; pero su papel, muy por encima de eso, fue el de representante cultural del escalafón de matadores. Lo fue también Marcial Lalanda, pero aun con inquietudes culturales y miras ilustradas no pudo llegar a la altura de Sánchez Mejías, quien fue miembro de la Generación del 27 y amigo de varios de sus componentes, entre ellos Federico García Lorca o Miguel Hernández.

Así que un Sánchez Mejías que renueve la dimensión cultural del espectáculo podría cambiar la película. Quién diría que los propios matadores de toros pueden suavizar el incesante problema del antitaurinismo, cuyo arraigo va in crescendo ante la pasividad de tantos -hasta en las Elecciones Generales apunta un ligero crecimiento-. Pero pueden, y lo demás son excusas. Son parte del sector que debe movilizar a la afición. Dejar de destruirla de una vez por todas, porque cuidar a la afición es cuidar el futuro.

Todo esto acercaría al mundo de la cultura y reforzaría las bases culturales de la tauromaquia. Sólo sería necesario algo de compromiso de artistas e intelectuales para salir del armario por una buena causa. Por la tauromaquia.
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