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San Fermín de 1.977: 'Gran espectáculo taurino con seis miuras terroríficos y toreros valientes'
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San Fermín de 1.977: "Gran espectáculo taurino con seis miuras terroríficos y toreros valientes"

Un joven muerto y más de treinta heridos en el encierro de por la mañana. La leyenda de Miura. A ellos se enfrentaban en la plaza de Pamplona los toreros Ruiz Miguel, José Luis Parada y Antonio José Galán.

martes 10 de noviembre de 2015, 18:57h
El 8 de julio del año 1977 los toros de Miura dejaban una honda huella en la historia de la Feria de San Fermín de Pamplona. Por cosas así Miura es Miura. En el encierro de por la mañana, un aficionado de 17 años fallecía a la entrada de la plaza, en el callejón. Se llamaba José Joaquín Esparza, y lo hizo como consecuencia de un paro cardíaco por asfixia y un riñón estallado. Al entrar lo toro en la plaza, uno de los mozos se cayó, formándose rápidamente una montaña humana. Y llegó el caos. Corredores y animales luchaban por salir de allí.

Para por la tarde, esperaban a estoquearlos Ruiz Miguel, José Luis Parada y Antonio José Galán. La corrida se la pueden imaginar, según el titular de la crónica que publicó El País al día siguiente y que firmó Joaquín Vidal para El País.


Diario El País. 9 de julio de 1.977: "Gran espectáculo taurino con seis miuras terroríficos y toreros valientes"

Con el toque de corneta, homenaje al mozo Joaquín Esparza, que había muerto durante el encierro de la mañana, y en medio de un silencio tenso empezó la corrida. Las nubes se cerraban sobre el coso abarrotado, en pie el público, palpable el escalofrío de la emoción. Era como si nos hubiéramos metido en la noche de los tiempos para revivir las viejas estampas de la tauromaquia clásica, y cobraban vida los añejos grabados de Daniel Perea. La miurada de la emoción, con el público -esta vez sí- prendido en todos los incidentes de la lidia, variada de comportamiento, resultó ser un gran espectáculo; nos atreveríamos a decir que resultó ser el mayor espectáculo del mundo, sin necesidad de que se vieran exquisiteces por parte de los toreros; sin que la quintaesencia del arte llegara ni siquiera a vislumbrarse.

Sencillamente, porque no era posible. Los miuras, todos -salvo dos, que embistieron muy nobles-, salieron peleones y avisados, y había que poderles con valor y oficio. Y ahí estaba el espectáculo grande; que el toreo no se comprende sin el toro, y es toreo, incluso puro, si se ajusta a las condiciones del toro, aunque no incluya el dibujo primoroso de las suertes habituales.

Al primer miura, que pese a su nobleza se quedaba corto y presentaba problemas precisamente por esto, Ruiz Miguel lo trasteó muy suelto, muy puesto, muy seguro y ligó series cortas de derechazos. Al segundo, noble y de buen recorrido por ambos pitones, Parada le hizo una faena tan larga como vulgar: perfilera y con abusó de pico. No estuvo mal, pero la oportunidad exigía mejores recursos, y no le dio fruto ni el final de molinetes y manoletinas para la galería.

Otro toro noble y de presencia, igualmente castaño, fue el tercero que tomó un puyazo tremendo, en el que recargó con fijeza absoluta empujando al caballo desde tablas hasta el mismísimo centro del ruedo. La faena de Galán fue para las peñas, a las que brindó. Con mucha bulla, mucho rectificar, carreritas y banderazos, y la sonrisa de oreja a oreja, se las fue ganando, como él sabe hacerlo, pues tiene para conectar con la galería más tablas que Borrás. Pero llegó la hora de la verdad. Y Galán tiró la muleta; la recogió, la volvió a tirar. Hasta que encontró el sitio adecuado para consumar la suerte suprema. Y encarado con el miura -¡un pavo!-, sin engaño en la mano izquierda, se volcó sobre el morrillo. Galán salió por los aires y quedó conmocionado en el suelo -el capote de Ortiz le libró de un derrote que pudo ser mortal-. Segundos después, el miura doblaba, con el acero hundido en todo lo alto. El delirio fue aquello. En brazos de las asistencias, ensangrentado -con toda evidencia con la sangre del toro-, se llevaron al torero de agallas increíblesy la plaza quedó en un griterío ensordecedor, enardecida por un alarde que había traspasado los límites de la cordura. Bojilla dio la vuelta al ruedo con las dos orejas. Hubo vuelta al ruedo también para el miura, pedida por aclamación.

El cuarto, poco picado, gazapón y peligroso, y el quinto, reservón, pues quedó agotado en un tercio de varas durísimo, les duraron poco a sus matadores. Sendos trasteos hábiles -el de Ruiz Miguel con apoyo de sus tres peones, después de que se viera obligado a poner pies en polvorosa- precedieron, a los espadazos a pasos de banderillas.

Pero aún le quedaba a Ruiz Miguel decir la última palabra, y al terrorífico sexto, manso y que derrotaba, se lo pasó por la faja, lo metió en la muleta a cambio de un feroz gañafón que le rasgó de abajo arriba el chaleco, y lo tumbó a sus pies de media estocada en lo alto. De esta forma, en triunfo, terminaba una corrida como debieron ser las de épocas lejanas: emoción constante; la gallardía de unos toreros capaces de someter a la fiera o de cometer la atrocidad de encunarse sobre unas cornamentas de espanto. El aguafuerte que fue la lidia ayer en Pamplona, volvió a poner al espectáculo en su sitio: por encima de todos, sin parangón.


Pamplona. 8 de julio de 1.977. Tercera corrida de feria. Toros de Eduardo Miura, impresionantes de presencia variados de capa. Variados, asimismo, de comportamiento: manejable el primero, nobles segundo y tercero (a éste, que tomó un gran puyazo, se le dio la vuelta al ruedo); mansos segundo, cuarto, y sexto; difíciles los tres últimos. Ruiz Miguel: bajonazo (oreja). Bajonazo (pitos). Media estocada (oreja). José Luis Parada: pinchazo, bajonazo perpendicular y dos descabefios (ovación y saludos). Dos pinchazos, media atravesada y descabello (pitos). Antonio José Galán: estocada sin muleta de la que sale conmocionado (dos orejas). Lleno total. Galán sufre luxación en un hombro con probable fractura. Fuerte traumatismo. Pronóstico reservado.
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