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Foto: El Mundo
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Destrucción, sinrazón e incultura antitaurina

Antitaurinismo radical, en otras formas conocidas "fascismo".

martes 24 de noviembre de 2015, 11:28h
Ayer nos levantábamos con la noticia de una nueva agresión cultural hacia un símbolo de la Tauromaquia. Esta vez le tocaba el turno a la estatua de Curro Romero en Sevilla. Un acto vandálico más que evidencia la existencia de grupos humanos sin cultura alguna, y que sólo son capaces de ver sangre en un rito repleto de antropología cultural de un pueblo que, gracias a Dios, ha permanecido hasta nuestros días del siglo XXI.

La destrucción y ataque sistemático y voluntario (o sea, no casual) de una obra de arte taurina, de un monumento o de los bienes inmuebles que ésta atesora, se encuentra en evidente contradicción con la idea de la herencia cultural que deberíamos estar orgullosos de conservar. Esto resume bastante bien la superficialidad hacia la cultura taurina de nuestra época. La Tauromaquia, quieran o no quieran, no es simplemente patrimonio de nuestra industria cárnica, no es símbolo de un supuesto "sadismo" (nada más lejos) que se han inventado con intención de colgarnos la estrella en el pecho. La Tauromaquia es parte de nuestro Patrimonio Cultural, la llevamos circunscrita y por ello, debería ser una norma el conservarla.

Es una seña de identidad de nuestro pueblo. Fuera de nuestras fronteras nos conocen como la tierra de los Toros, algo que aunque no sepan bien las gentes de otros países lo que significa, ellos mismos lo dicen con cierto "orgullo" ajeno. Actos como el ocurrido ayer en Sevilla determinan lo que esta sociedad ha dejado de entender como un patrimonio cultural digno de ser conservado.

Permítanme recordar aquí un hecho que pudiera valer de ejemplo. El Mullah Omar, declaró en su día, que si los Budas gigantes de Bamiyán eran ídolos entonces, el Islam ordenaba su destrucción, y si eran en cambio simples piedras, ¿por qué preocuparse de si eran destruidos? Pues bien, al igual que este pensamiento, la estatua de Curro Romero es efectivamente un material, bronce (supongo) y un símbolo e ídolo de la afición a la Tauromaquia, pero lo que los ecoterroristas antitaurinos no entienden es que lo que representa es parte de la herencia cultural de nuestra historia. Este concepto es el que les falta en esta sin razón. Nadie pretende que todo el mundo sea aficionado a los toros, eso sería además imposible, pero su supuesto ecologismo de terraza y huertos urbanos les lleva a no saber reconocer la importancia del valor cultural de la Tauromaquia.

En el antitaurinismo radical como en otras formas conocidas de fascismo, la reivindicación de sus convicciones, se legitima a través de la negación cultural del "contrario", en este caso la Tauromaquia. El ataque a símbolos taurinos es un ejemplo de que el nuevo ecoterrorismo nacido del supuesto "ultra-amor" por la Naturaleza (como si el toro fuera sintético, la dehesa un decorado y nosotros robots incapaces de sentir aprecio por un ser vivo), es prisionero de una concepción equivocada de la cultura, esa concepción que no es capaz de reconocer una libertad básica de expresión que se asocia con las manifestaciones artísticas a nivel mundial, como es la Fiesta de los toros.
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