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Herradero en Victorino Martín (I): Hierro y fuego

lunes 14 de diciembre de 2015, 13:33h

  • Casa principal de Monteviejo desde el embarcadero - Foto: Andrew Moore


  • Foto: Andrew Moore


  • Foto: Andrew Moore


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  • Victorino Martín Andrés, paradigma del ganadero de bravo - Foto: Andrew Moore


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  • Herrando a un macho, todos a una - Foto: Andrew Moore


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  • Hierro de Monteviejo - Foto: Andrew Moore


  • Foto: Andrew Moore


  • Foto: Andrew Moore


  • Andrew Moore y Andrés de Miguel con Victorino Martín García

Para aumentar de tamaño y ver todas las fotos, hacer click sobre la imagen - Reportaje fotográfico de Andrew Moore


Un herradero remite a tiempo pretérito, cuando se empezaron a marcar las vacas para evitar sus robos, cuando se empezaron a numerar para mejor controlar su descendencia. Tiempos pasados de faenas camperas, cuando las reses iban saliendo de una en una al corral, donde fornidos mozos las mancuernan, tiran y sujetan fuertemente para que las puedan marcar con los hierros candentes, su carnet de identidad.

Victorino Martín, ahora, hierra sus patasblancas de la ganadería Monteviejo y sus urcolas en dos días de diciembre, en un proceso moderno, organizado con amplia participación de veterinarios, mayorales, vaqueros, ayudantes, quienes se mueven con precisión industrial, sin esfuerzo aparente, con experta sincronización y rápidos resultados. Uno de esos días, el que correspondía a los machos, nos invitó a Andrew Moore y a mí a asistir.

La ganadería brava, como todas las actividades agrícolas, aun se rige por los tiempos circulares que marca la sucesión de estaciones, con el eterno retorno de las mismas que marcan idénticos afanes, pero los requisitos del rendimiento de una explotación están sometidos al tiempo del reloj, el que se pasa y no vuelve, el de las jornadas de trabajo y su productividad.

Es un orgullo sobrepasar los 30 animales herrados en una hora. 68 machos en dos horas y ocho minutos dirán con satisfacción cuando han acabado.

En la actualidad, un toro bravo tiene documentación propia, papeles de nacimiento, saneamiento, trazabilidad, un crotal que le marca e identifica. Sin embargo, se sigue herrando. Anualmente toda la camada de reses nacidas en el año ganadero, pasará por la marca de los hierros de la ganadería y su número, a lo que se han ido añadiendo el del año de nacimiento, que en la jerga se conoce sencillamente como “el guarismo” y el distintivo de la asociación de ganaderías a la que pertenece. No es un anacronismo ni un exagerado respeto por la tradición, es un sistema funcional que pervive por su idoneidad para la ganadería brava.

Participar en un herradero es hacerlo en una faena fundamental de la ganadería. No tiene el brillo de un paseo entre los toros de saca que se desperezan en las dehesas, ni el espectáculo de una tienta que se organiza como una pequeña corrida en familia, pero permite acercarse a las labores de una ganadería a comprobar el trabajo diario, la dedicación, el esfuerzo, sin los que no existirían los toros bravos. Hacerlo en la ganadería de Victorino Martín, santo y seña de la casta brava en los últimos cincuenta años y comprobar que la alquimia de la elección de la bravura va pareja con la organización rigurosa, es un soplo de vitalidad y entusiasmo (continuará).

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