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Premios Racimo de Oro 2015

El torero sin toros
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El torero sin toros

El lidiador sin lidia conoce muy bien los pliegues secretos de los engaños, aquellos donde velan los duendes del toreo. Todo son sueños: el toro, el toreo, el arte, las ovaciones, la plaza… Después, poco a poco, el maestro se va encontrando.

viernes 29 de enero de 2016, 18:20h
Me llevó a una pieza soleada con dos armarios de madera. -En aquél -me dijo- tengo los vestidos azabaches, en éste los de oro. Acarició los alamares como Fernando acaricia sus jilgueros y musitó: -Están apagándose. Hace mucho que no los visto.

Hay un terno torero intermedio entre el de oro y el de azabache. Es el que está adornado con luces pálidas y confusas que se enfunda, como en un trance desconcertante, el matador que torea poco. El vestido del coletudo sin toros pierde brillo por el desuso. Es un oro tapado con un paño, un oro oculto, envejecido por las sombras del abandono. Guardado en un armario se deforma con el tiempo y pierde apresto. Sin horma, sus hombreras se caen y todo él adquiere un tacto de recuerdos olvidados. Es por la falta de sol y de angustia, es por la añoranza de la felicidad de ponérselo.

El matador sin contratos se considera a sí mismo una figura indiscutible. Pero sólo es un lidiador sin nombre y sin historia, con el rostro desbaratado por esa melancolía que le hace ausentarse de todas partes avergonzado. Despierta al alba con las tristes certezas de que se inicia otra jornada sin corrida, de que el día se irá para no volver. Mas, cuando toma conciencia del momento, comienza a pensar en una fecha futura, una fecha cercana rodeada de ilusiones y promesas. Esa fecha es su mejor defensa. –Si tengo suerte el 14 de septiembre puedo torear. La empresa de Cadalso de los Vidrios anda pendiente de mí. Esa hipotética corrida es la que empuja de la cama al torero marginado, es la que puede devolverle todo. Tan sólo tiene que llegar a ella fuerte, no vencido.

El lidiador sin lidia conoce muy bien los pliegues secretos de los engaños, aquellos donde velan los duendes del toreo. El espada que torea seguido tiene piernas, aliento y calma ante el cornúpeta, pero difícilmente da vida a una muleta ante bufidos imaginarios… tiene demasiado presente el toro. En cambio, el diestro sin toros, siempre al relente castellano y clareando la alborada, intenta hallarse donde el burel no existe. Torea de salón rodeado de campo y a veces inicia desanimado el rito de la búsqueda del animal. Desdobla las telas con movimientos indolentes que no llegan a toreros: sin convicción, sin pulso, sin temple, sin dar salida al bicho.

Después, poco a poco, el maestro se va encontrando. Entre medios lances y mucha alma, el percal mismo le va centrando meciéndole suave hacia formas clásicas. Su mirada se fija entonces en astas imaginarias con el señuelo ya más vivo, mientras sus lances detienen el tiempo y despiertan triunfos adormecidos. El capote se enrosca con soltura a su toreo admirable, abierto el compás y embraguetado, hundido el mentón en el pecho. Con la cintura rota acompaña el viaje y su mano izquierda acaricia la salida del morlaco sintiéndose sobrecogido por la emoción. -“¡¡¡Soy como El Paula!!!”, grita a la vida desatenta con él según sale de la media cimbreando el cuerpo, arrastrando la capa y mirando desafiante al tendido. Ningún torero se aproxima ni por asomo a la perfección y a la hondura de su quite onírico. Ninguno sufre como él en soledad el pulso de su tauromaquia. A ninguno le estalla el corazón inundado de toreo y ternura como al torero sin toros. De su búsqueda incansable y de su propia derrota toma una fuerza que no alcanza a definir como esperanza.

Entre los matadores arrinconados no existe la envidia. Su desamparo les exige ensalzar las cualidades de otros espadas que comparten el olvido. El mejor homenaje al compañero es embestirle. Crear una pujanza alrededor de su engaño, vaciarse fingiéndose toro. Doblar el espinazo resoplando y mandando mugidos al espacio. Humillar entre fatigas desamparadas simulando acometidas ilusionadas. Todo son sueños: el toro, el toreo, el arte, las ovaciones, la plaza… ¡Todo sueños!

El diestro que ha hecho de toro deja caer los pitones al suelo. Se yergue mareado de tanto repetir embestidas sujetando con las manos su columna vertebral. –¡Ten, coge la muleta! -le dice el matador torero-. El matador que ha hecho de toro toma parsimonioso la muleta y el estoque sopesándolos. La vida ha endurecido sus manos en el puerto de Barcelona que, extrañamente, al empuñar los trastos parecen pequeñas y frágiles. El maestro que ahora hace de toro ha recogido los pitones con la pala curva de cada asta apoyadas contra las palmas de sus manos. Son suyos, como suyo, en los brazos estirados, es el cuello del morlaco. Y suyo el instinto del burel reflejado en su mirada. Y suyo el volumen y el poder de su primera arrancada.

“¡Toro!” Entre imperativo e invocante llama al torero que ahora es toro: "¡Jeee, Toro!" Y recomienza el ensayo de faena que es como una bella inspiración de Juan Cristóbal o Manuel Alcorlo. -¡Qué bien estás toreando! ¡Estás sintiendo el toreo! Le jalea el compañero y le llega tan dentro que le duele. Y torna a arrancarse entre derrotes y pezuñas escarbando. –¡Estás toreando mejor que nunca! Y se lo repite cuando se le consume ésta y tantas otras mañanas. Agotadas todas, rimadas con verónicas y con penas, medidas con cites que borra el desaliento, mientras siente como el polvo amargo del fracaso cubre su corazón y ahoga su garganta. -¡Qué bien torea usted, maestro! Y de nuevo sobresalta con su voz al artista cuando más entregado está a su arte sin toro. Cuando más conmovido transporta al olvido su hermoso toreo sin futuro. Se lo dice ahora, cuando ya empiezan a deslizarse mansamente por sus mejillas las lágrimas de su última emoción torera. Esa emoción que deja sin dueño y huérfanos a sus sueños de gloria…

Él sólo anhelaba lidiar toros de Sánchez Urbina, torear como Jesús E. Colombo, matar como Diego Carretero y llevar la mejor cuadrilla con Rafael Figuerola y Raúl Cervantes. Porque con el capote… ¡Con el capote él era Rafael de Paula!
(Mi recuerdo para Robert Ryan, inspirador de este escrito, y para Ángel García del Saz, ausente hoy y precursor de estos Racimos de Oro. Y para Fabián y todos los de San Antón)


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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    613 | Carlos de la peña steglich - 29/01/2016 @ 22:17:04 (GMT+1)
    Me alegro mucho por ti Miguel y por todos los que te seguimos, Paula que buenos recuerdos Un fuerte abrazo

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