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Foto: Prensa Plaza de Toros de Valencia
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Foto: Prensa Plaza de Toros de Valencia

Pureza y emoción

Son los pilares de la tauromaquia verdadera: pureza y emoción. Lo sabe Paco Ureña, lo sabe Rafaelillo. El estar en torero de dos matadores murcianos que dieron su cuerpo por la verdad de la pureza, por la emoción vivida en la Plaza de toros de Valencia.

Por Íñigo Martín Apoita
lunes 14 de marzo de 2016, 11:19h
Nada se agradece más que la pureza en la ejecución de las suertes y la emoción en el desarrollo de las mismas. Pureza y emoción son los pilares de la tauromaquia verdadera, sobre los que cimentar nuevos e innovadores conceptos. Sobre los que basar, echando la vista hacia delante y contemplando un futuro a priori oscuro, las nuevas técnicas desarrolladas frente a la cara del toro. Conceptos, estilos, ideas. Nada es verdadero sin pureza; nada es entretenido sin emoción. Y el objetivo de la fiesta de los toros es necesariamente el entretenimiento verdadero, en tanto que basado en la verdad más elemental: la de la vida, la muerte, el ser, el no ser.

Lo sabe Paco Ureña, lo sabe Rafaelillo, y lo sabe todo el que ayer admirara la verdad con que se dispusieron ante una corrida pésima de Adolfo Martín. Corrida que, por otro lado, no nos interesa en absoluto. Nosotros preferimos quedarnos con lo positivo del valor, el arrojo, el saber estar en torero de dos matadores de toros murcianos que dieron su cuerpo por la verdad de la pureza, por la emoción vivida en la Plaza de toros de Valencia.
De eso se trata: de ser puro, de transmitir emoción. Puro como Paco Ureña toreando de frente, sin ayuda montada en el trapo, dando la cara a la bestia que observa con ojos de asesino. Ojos de quien daría lo que fuera por matar a su oponente si estuviera en sus manos. Ahí estuvo Paco Ureña, donde nadie quiere estar, donde tanto toreros como humanos temen. En la cara del toro malhumorado, sin más instrumento que una muleta y mucho valor. El valor entendido como soporte para la creación de un arte no por todos entendido. Ahí estuvo Paco Ureña, sacando naturales largos y profundos a un animalejo desalmado y con pinta de orientado. A un animalejo que levantó al torero del suelo cuando lo tuvo a tiro, para voltearlo entre los pitones, enterrar uno de ellos bajo el corbatín y poner el corazón en un puño a cualquiera que presenciara el evento. Es entonces cuando se orientó el animal, es entonces cuando se vio, muy a su pesar, podido por el torero; cuando sucumbió al poder de la muleta de alguien que no entiende de límites, de cortapisas infranqueables. Alguien para quien tales son utopías de humanos.

Y ahí estuvo Rafaelillo, con el desparpajo de David, que se enfrenta a Goliat con la confianza de ganar en tan ardua batalla. Fácil paralelismo pone en bandeja un torero tan pequeño y tan grande al mismo tiempo, tan bajo de estatura y gigante de personalidad, torera y propia. Estuvo Rafaelillo en el mismo sitio que Ureña, delante de los cuchillos del vértigo, con el trapo rojo y la bestia en los tobillos. Estuvo donde debió estar para alargar el cuarto de embestida que su oponente concedía bajo cara de mal genio, primero a media, luego a dos tercios, luego a una embestida entera. Con la mano izquierda, al natural, rebosando pureza, transmitiendo emoción. Ahí estuvo Rafael, insistente como pocos, poniendo sobre la mesa la importancia de nuestros pilares. De los pilares del portal y los pilares de la fiesta. De los únicos ejes que pueden salvarnos de la quema.
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