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Foto: Prensa Javier Castaño
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Foto: Prensa Javier Castaño

Vida vidita

Alguien que lleva años jugándose la vida, probablemente ahora sea más consciente que nunca de lo hermosa, frágil y valiosa que es. Y con toda la intención, esa vida recién maltrecha y tan peleada volverá a servir de apuesta generosa para poder cruzar la Puerta del Príncipe.

viernes 01 de abril de 2016, 11:33h
Las 23.30h de este último miércoles de marzo es la hora, poco taurina, a la que aterrizo. Sin embargo, es la ocasión ideal para hacer el paseíllo montera en mano en Pureza y Emoción. Si es que el sueño me respeta (que parece que sí), porque al final la resistencia es una cuestión de entrenamiento y adrenalina.

Es una suerte tener la tribuna abierta en un portal de buenos aficionados, donde conviven afinidades e ideologías dispares, pero se tiene como eje aquellos valores y principios que definen la independencia y el compromiso desinteresado con la fiesta. Lo que nunca imaginé es que la primera vez que pisara este albero lo haría escribiendo de toros y cáncer, por mucha pluralidad que el toreo lleve implícita.

La noticia del día ha sido que Javier Castaño ha finalizado el tratamiento de un cáncer de testículo. La vida, por imposición o por inquietudes y ambición, es una lucha constate. Lo que ocurre es que a algunos se lo pone más difícil y quienes lidiamos con la enfermedad y la muerte bien lo sabemos. El impacto de la palabra cáncer, por muy buen pronóstico que tengan determinados tumores (mejor incluso que algunas patologías “no malignas”, como ciertas autoinmunes o neurológicas degenerativas) taladra a los pacientes, en lo físico y en lo emocional. También tiene su moraleja: enseña a no darle importancia a nada que no la tenga.

Para aquellos que se ganan el pan delante de pitones como puñales, el miedo en ambas situaciones, en el ruedo y ante una enfermedad grave, es algo racional. Sin embargo, ellos eligen al toro pero la dolencia caprichosa los elige a ellos. Con el morlaco tienen el recurso del poder y la técnica, y ese grado de seguridad que da el enfrentarse a una circunstancia habitual. En la enfermedad están totalmente merced, de la incertidumbre ante lo desconocido y del temor al sufrimiento. Como esos pacientes, a quienes la adversidad hace más fuertes y saca lo mejor de ellos, Javier ha estado hecho un tío en ese comunicado emocionante y que desborda gratitud, en un relato valiente y sin tapujos de su periplo particular.

Recuerdo que el 30 de abril de 2006, Álvaro Acevedo narraba con ritmo trepidante, cuando el pálpito de lo épico cortaba la respiración, donde cada renglón crujía entre lo terrenal y lo divino. El Fundi, Padilla y Javier Valverde estoquearon una de Miura en Sevilla. Los tres se fueron a la puerta de chiqueros. Que cortaran una oreja cada uno debió ser algo anecdótico en una tarde heroica. Salvaron el pellejo de milagro. La crónica se titulaba Con el cuchillo entre los dientes. Diez años después, rescaten ese escenario y ese mismo sentimiento. Cambien al protagonista, porque alguien que lleva años jugándose la vida, probablemente ahora sea más consciente que nunca de lo hermosa, frágil y valiosa que es. Y con toda la intención, esa vida recién maltrecha y tan peleada volverá a servir de apuesta generosa para poder cruzar la Puerta del Príncipe, con bríos de jabato, con honores de torero grande.
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