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Sevilla

Imagen: Prensa Pagés
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Años luz

El quinto de Victoriano fue un bravo de libro que se entretuvo siete minutos en el caballo. El Juli lo toreó con mando para acabar con su toreo de siempre. Perera, con su continua mentira de la pierna contraria. Morante puso muchas ganas y actitud.

Por Íñigo Martín Apoita
viernes 08 de abril de 2016, 23:27h
Quizá uno no sepa muy bien a qué se refiere un año luz. Tiempo, distancia, qué se yo. Pero no existe medida más torera. Porque no existe medida que se adapte mejor a la definición concreta de espectáculos como el vivido en Sevilla en la corrida de Victoriano que hizo séptima de feria.

A años luz, medida de distancia, pasó el tercero respecto a Miguel Ángel Perera. Visitó Celoso otros planetas, u otros sistemas, o directamente otras galaxias para poder formar con el diestro una dupla difícilmente reconocible. Principalmente porque cada uno iba por su lado. A años luz, si valieran para medir tiempo como su propio nombre hace pensar, está El Juli respecto a su antiguo Yo. Julián joven, Julián adulto. Julián con proyección, torería y naturalidad frente a Julián con la sabiduría que da la veteranía -si ésta es un grado, don Julián es doctorado-, nula estética y artificiosidad. A años luz estuvo la actitud de Morante respecto a su Yo de hace no tantos años -ni siquiera uno-, como a años luz estuvo la corrida de Victoriano del Río comparada con las que la temporada pasada derrumbaron el nivel de una ganadería triunfadora en 2014.

Así que sí, sorprendiendo a propios y extraños, quizá incluso a sí mismo, le echó ganas Morante. Puso actitud. En quites abundantes y variados -alguno, excelso, dejó medias verónicas o verónicas enteras para el recuerdo más inmediato-, en recibos capoteros esmerados, intensos, con aire antiguo, también innovadores. En una larguísima faena al cuarto que acabó por alargarse en exceso. Es aquí donde la actitud perjudicó al de La Puebla que, incapaz de reconocer en su oponente la llamada de la muerte; no siendo o no queriendo ser lo suficientemente avispado como para acabar con la vida de un burel en decadencia, acabó por escuchar dos avisos y resoplar tras clavar la espada al borde del tercero. Avisos que sonaron tras trece minutos de faena y que dejaron patente el ansia del presidente por no aguar el posible triunfo de Morante. Porque apuntaba a triunfo una faena en parte meritoria y en parte lamentable, en tanto que perseguir a un toro por tantos costados como tiene un coso es de vergüenza ajena. Así de manso fue Amoscado, además de lento, flojo, dormido. Lo apuntó en todos los tercios.

Tal es la importancia de los tercios anteriores al de muleta: dan pistas que permiten presagiar el comportamiento de un astado en la fase clave de la lidia. Dio una pista bastante clara el asesinato que se llevó a cabo en el primer tercio del abreplaza, que tras semejante homicidio sangró con abundancia y en consecuencia se agarró al piso como pidiendo la tregua que sólo el estoque le brindó. Las chicuelinas de El Juli, aceptables, no ayudaron. Humillación y buen son no compensaron la ausencia de casta ni los excesos de un picador que camufló su penosa labor con una ejecución impoluta de la suerte. Todo sea dicho.

Fue clave en el ánimo del público la lidia al tercero, primero de Perera. Un quite muy ceñido del matador y dos puyazos inexistentes precedieron al espectáculo en banderillas que comandaron Javier Ambel -estupenda su brega, consistente en tres capotazos suaves como la seda- y Curro Javier. Suyos fueron dos pares de banderillas ajustados en los que el riesgo fue la clave. El necesario riesgo. Los Javieres hicieron sonar la banda y pusieron Sevilla en pie.

Luego llegó Perera, con sus derechazos periféricos, con sus muletazos hacia fuera abriendo la puerta, con su continua mentira de la pierna contraria. El fraude de siempre, la mentira más conocida. Perera enseñó la plaza al toro en inigualable tour turístico, pase tras pase. Aquí la enfermería, aquí la Puerta del Príncipe, aquí los toriles. Y al toro le gustó el terreno por el que había salido a la plaza, así que allí fue como una exhalación. En toriles embistió con cierta alegría ante la muleta del mismo mentiroso Perera. Más vacío que mentiroso anduvo con el sexto, descastado, manso, flojo, carente de todo.

Tocó pelo El Juli ante el dubitativo segundo. Se pasó dos tercios observando el percal, pero supo Julián meterlo en la muleta con mano a media altura, panza por delante y vuelos suaves, dejando el trapo en la cara a Espiguito, como indicando cuál era el siguiente paso. Pasó entonces El Juli a intercalar buenos muletazos al natural -algunos incluso ceñidos y con cierto gusto- con el concepto que ha desarrollado para levantar las plazas de pueblos inmundos. Sólo que en ocasiones sirve para levantar a aficiones como la sevillana, e incluso para activar el resorte que enseña el pañuelo blanco tras haber completado el puntillero su labor.

El quinto fue un bravo de libro que se entretuvo siete minutos en el caballo. Siete (de reloj) encelado y centrado, focalizado en el equino. Del mundo de Impuesto desaparecieron por momentos los capotes y las personas; sólo quedó un caballo, rodeado de la nada, o al menos de nada importante. Aún duró en la muleta de Julián tras tan terriblemente intensa pelea, y aún pidió mano baja. Aún tuvo fuerza para aguantar sin rechistar el poder muletero de El Juli, inteligente en el entendimiento del oponente. Mano baja y ninguna duda. Vaciar las embestidas por debajo de la pala del pitón. Apretar y exigir hasta afligir. Con el toro afligido, el toreo de siempre y a buscar la oreja. Sólo faltó otorgar al bravo la honrosa muerte que hubiera merecido.


Sevilla. Séptima de abono. Seis toros de Victoriano del Río para Morante de la Puebla (gris y oro), Silencio y ovación tras dos avisos; Julián López "El Juli" (sangre de toro y oro), Oreja y ovación tras aviso; Miguel Ángel Perera (verde manzana y oro): Ovación tras aviso, ovación.
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