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Sevilla

Imagen: @javitaurino
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Sequía

Toros como pozos en época de ausencia de agua: vacíos. Menos el 5º, encastado y tirando a bravo que se le fue a Manzanares. Ponce lo puso todo, meritorio maestrazgo pero aburrido espectáculo. De Roca Rey sólo la ilusión.

Por Íñigo Martín Apoita
domingo 10 de abril de 2016, 00:45h
Como una sequía propia del desierto del Sáhara. Como un desastre natural con poder para borrar la ilusión. Como el dintel de la puerta del infierno de "La Divina Comedia" de Dante que reza la más famosa frase de sus obras: "perded toda esperanza". Perded toda esperanza si la temporada de Juan Pedro Domecq sigue la trayectoria marcada hasta ahora, hace apenas un mes en Valencia y hoy en Sevilla. Olvidad la opción de triunfo si sólo un toro puede tapar un petardo más fallero que de Abril. Sequía total en la octava de feria. Toros como pozos en época de ausencia de agua: vacíos. Toreros con sed de beber y hambre de triunfar que chocan contra un pozo en cuyo fondo hay simples rocas. Ni rastro de agua. Hoy los toros fueron continentes sin contenido.

Salvo el quinto. No hay quinto malo. Sí hay, sin embargo, torero que mate el quinto malo. En ocasiones -hoy se cumplió- malísimo. En ocasiones lo llaman figura aunque su única virtud sea la espada. En ocasiones ovacionan por partida doble a un matador de toros incapaz de manejar la mano izquierda o de acoplarse a una embestida muleta en mano. En ocasiones la segunda fila del cartel la ocupa José María Manzanares.

Y así nos luce el pelo. Ovacionando a un matador que necesita urgentemente un retiro a tiempo. Un descanso. Una temporada, dos. Y volver. Comprobar si vale para esto. Hoy por hoy, desde luego, no. Se le fue un quinto encastado y tirando a bravo, que pedía mano baja aunque no la recibió, que embestía con la pizca de motor necesaria para activar a un público adormecido por el estrepitoso petardo de flojera insoportable que hasta entonces acontecía. El anovillado quinto aguantó el tipo durante toda la lidia y se plantó en el tercio de muleta con más hambre de embestir que el matador de torear. También se encontró para su fortuna con una brillante cuadrilla que bregó y pareó con torería y soltura. Cuando Manzanares hubo dado seis o siete tandas vacías de significado se orientó el bravo, o el bravito, y puso en apuros al alicantino. Sudó. Y tan nervioso se puso que ni matar decentemente pudo.

Su actuación ante el segundo no había sido mucho mejor. Ante Infortunado supo mantener al menos la compostura, aparentar que la situación estaba bajo control. La escasa fuerza de su oponente facilitaba la tarea. Porque escasa fuerza tuvo toda la corrida. También el abreplaza, tan entipado en morfología y en comportamiento: perdiendo las manos y con querencia a tablas. Aplicó Ponce su receta de enfermero, en esa película tan vista y que tanto puede llegar a aburrir. Meritorio maestrazgo pero aburrido espectáculo. Temple, pulso, cadencia en los muletazos, elegancia en la figura, inteligencia en el entendimiento. Todo lo pone Ponce. Pero aburre. Ocurrió lo mismo más tarde, ante el cuarto bis, sustituto de un inválido de poca monta -tanto como el tercero, que el presidente no quiso devolver-. Este tampoco humilló porque su morfología de cuellicorto montado no se lo permitió, volviendo el asunto tan cuesta arriba que hasta Ponce claudicó.

De Roca Rey sólo la ilusión y el golpetazo de bruces ante el insuperable muro de la mansedumbre y la invalidez. Pum, en la frente. La ilusión por tierra. También alguna carencia, tanto en enganchones de capote -toreo embarullado, agitado- como en muleta y mano alta. No es lo mismo torear con mano alta que torear subiendo la mano. No es lo mismo torear por arriba que de abajo a arriba o hacia arriba. Aspectos buenos a raudales. Su innegable actitud, la quietud en los estatuarios que enseñaron al cierraplaza a embestir a una muleta o los dos espadazos propinados (al sexto, a la segunda). Y aspectos malos, claro: la interminable faena al último que le costó una voltereta innecesaria, el exceso de pases sin toreo de fondo. Y otros tantos que el tiempo curará para convertirlo en lo que el futuro le aguarda. Algo que, de momento, sólo el destino sabe.


Sevilla. Octava de feria. Seis toros de Juan Pedro Domecq (4º bis) para Enrique Ponce (grana y oro), Oreja con petición, silencio; José María Manzanares (azul rey y oro), Ovación con saludos, ovación con saludos; Andrés Roca Rey (canela y oro), Ovación con saludos, ovación con saludos.
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