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¿Para qué vale torear?
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¿Para qué vale torear?

Sevilla premió a Padilla con la Puerta del Príncipe. ¿Y la pureza salida de las muñecas y el valor de Ureña? ¿Y el chispazo añejo de magia toreadora de un loco de La Puebla? Entonces, ¿pureza o dar mil trapazos a media altura?

viernes 22 de abril de 2016, 18:12h
¿Para qué vale torear? No lo entiendo. Sigo sin creerme que el mantazo a todo trapo y el jolgorio a toda mecha le hayan podido al toreo en la finalizada Feria de Abril de Sevilla.

Y no es que esté a disgusto por la Puerta del Príncipe para Juan José Padilla. Una Puerta del Príncipe, todavía, y mira que van años, con las rentas del sufrimiento de aquella terrible cornada de Zaragoza.

Hace algunos años que me propuse tratar de igual a igual a Juan José. Y con ese rasero, da vergüenza ajena lo que ocurrió el sábado de farolillos, o de turismo, en la Maestranza. Está claro que Padilla, por su concepto del toreo, no podrá llegar nunca a cotas de expresión y verdad como las que se vieron en días anteriores en el rubio albero sevillano.

Por eso, y teniendo la feria la pureza salida de las muñecas y el valor de un muchacho de Lorca, al que llaman Ureña, el esfuerzo de un sevillano por dominar al toro gris más bravo en años (que alegró el corazón de los que amamos al toro) y el chispazo añejo de magia toreadora de un loco de La Puebla; premiar al jerezano con la salida por la Puerta que mira a Triana fue un lujo que pagará caro la Maestranza.

Y lo pagará caro porque la segunda plaza en importancia de este mundo taurino ha perdido con esto la seriedad que se le atribuía en otros tiempos. Otros tiempos donde los toreros debían torear y donde el palco presidencial les ponía caro el turrón. Sin duda, la presidencia de este día, comandada por Fernando Fernández-Figueroa Guerrero debería tener la decencia de poner su cargo a disposición de la Delegación del Gobierno porque quiso salvar sus muebles por encima de los de la plaza, pero además, la Delegación debería pegar un toque a todos los presidentes que han actuado en Sevilla para que volviera ese rigor tan acertado de no hace muchos años.

Poneos en la piel de ese muchacho que entrena en la escuela taurina y ve, como desgraciadamente, la teoría que le imparten no funciona. Para qué cruzarse, si los toreros triunfan en la segunda plaza del mundo siendo perfileros. Para qué ser puro y jugársela, si es mejor ir con la vela y el velocímetro. Para qué dar un pase por abajo bien, si el triunfo te lo dan veinte mil trapazos a media altura. Para qué matar por arriba, si por bajonazos infames te dan las orejas. Irse por el camino fácil es lo mejor para ellos.

Pero ese camino fácil es la puerta hacia el abismo. Porque torear sí vale. Vale para ser distinto. Vale ser Romero en Sevilla o mechón blanco por la Guindalera. Vale para ser de la afición, exclusivo y sin copia. Vale para emocionarse y embriagarse del juego de brazos y el giro de muñecas. Vale para inspirar poetas y pintores de brocha torera. Vale para que hagan de ti coplas y que las letras inunden un folio en blanco para que tu vida la lea cualquiera. Cualquiera que goce con el toreo.

Sigue valiendo. Naturalmente.
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