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Foto: Eugenio Noel
Foto: Eugenio Noel

La eterna cruzada

De taurinos, antitaurinos, manifestaciones a favor... Y el ejercicio de responsabilidad que deben hacer los profesionales apoyando, trabajando y defendiendo nuestra Fiesta cada día.

lunes 25 de abril de 2016, 16:08h
En la vida, a veces los acontecimientos se suceden de forma curiosa. Y así, después de la feria de Sevilla, con tantos momentos para vivir, disfrutar y recordar, estaba invitada a un coloquio sobre antitaurinos (lógicamente, programado a priori). Aunque la convocatoria era muy agradable, la temática de debate me resultaba un poco más antipática y manida. Al final, los derroteros y la conversación nos llevaron por los senderos del toro bravo, como debe ser. Toda esta filípica introductoria es porque me niego a titular este texto explícitamente con el núcleo central del mismo. El epígrafe elegido tampoco va mal, puesto que, efectivamente, en plena era de la Guerra de las Galaxias, los toros continúan viviendo su eterna cruzada: para justificarlos y para atacarlos.

Por valores, de los que el toreo anda sobrado y de los que estos individuos carecen totalmente, los antis entendidos como tales (los que se manifiestan, se desnudan, se encadenan, se hacen fotos echándose tomate por encima…) no merecen desgaste, tiempo, publicidad o dedicación. Ni me preocupan. De hecho, me inquietan más los verdaderos y principales problemas de la Fiesta, que son los mismos que los de la nación: el todo vale, los intereses personales y la mala gestión. Sin embargo, aquellos con actitud agresiva e irrespetuosa, quienes juegan con la educación (y pasividad) del prójimo (vamos, las nuestras), lo que se ganan a pulso es la intolerancia. Esto es políticamente incorrecto, pero la ausencia de principios y coherencia envía la corrección y el decoro directamente al cubo de la basura.

En los últimos años el concepto de “trabajo” es algo etéreo y bastante desvirtuado. Ya no se aspira a ser enfermero/a, maestro/a, ejecutivo/a, peluquero/a, electricista…, sino que se estilan “profesiones” que requieren poco esfuerzo y dudosa dignidad, como activista o antitaurino. Y este tipo de personajes pueden llegar a gobernar una ciudad y ya veremos si un país.

Eugenio Noel (1885-1936), además de gran pensador y escritor, alcanzó la brillantez en ambas (como antitaurino y activista), y proporcionalmente, fue absolutamente desdichado. De orígenes humildísimos, cambió los estudios religiosos por la bohemia literaria y se dejó la vida en la lucha contra la incultura y por la regeneración política de España. El principal frente de combate fueron los toros y el flamenco, a quienes responsabilizaba de la ignorancia y los males populares. Así, su análisis sobre las corridas tuvo formato de crónica y fue, en realidad, crítica taurina al uso. Estos escritos estaban dominados por su pasión febril, insalubre, demoledora, y con gracia singular, se refería a las reses que salían por chiqueros como primer mártir, segundo mártir… En una muestra de inteligencia, para entender mejor y sentir más, trató con toreros, mantuvo conversaciones y se fotografió con ellos y hasta Rafael Gómez Ortega, el mayor de los Gallos le brindó un toro. En una ocasión entre tantas, tuvo la osadía y el convencimiento de pretender ir a Triana a despotricar contra Belmonte, ante lo que el gobernador civil de Sevilla tuvo que advertirle firmemente que no podría garantizar su integridad física (abucheos y acosos a los que, por otra parte, debía estar bien acostumbrado).

Así se dibuja este retrato contradictorio, entre romanticismo y paradojas, de la admiración al odio en lo taurino. Cuando la obstinación se sobrepuso al talento en favor de una existencia miserable. Donde el enaltecimiento en la censura a los toros logró todo lo contrario: traicionar su fuero interno, lo íntimo y recóndito, para sucumbir a la seducción y el magnetismo del toreo.

El infortunio duró hasta después de muerto. Tras esa subsistencia itinerante, precaria, polémica, harapienta, malvivida, incomprendida, hostil y permanentemente amenazada, falleció de neumonía en Barcelona. Durante el traslado a Madrid, el cadáver (recuperado después) se extravió en Zaragoza.

Ayer (por el pasado viernes), regresando a casa, tropecé con Juan Mari García, figura de los picadores y con un palmarés único. Como anécdota, cuenta con haber toreado con tres generaciones: Antonio Ordóñez, Paquirri y Francisco Rivera. En la conversación salió a relucir la manifestación de Valencia, a la que lamentaba no haber podido asistir. Planificar manifestaciones y participar en ellas está fenomenal. Sin embargo, el toreo se trabaja, se apoya y se defiende cada día, y así deberían entenderlo los profesionales que viven de ello, en un ejercicio de responsabilidad. Por ejemplo, implicándose en las múltiples actividades que se organizan desinteresadamente, con el objetivo único de facilitar el encuentro, el reconocimiento, la pluralidad, el intercambio de opiniones, el aprendizaje, la conversación y la reunión alrededor de la Fiesta. En definitiva, con el fin de fomentar la afición, la ilusión y las ganas de ir a los toros y llenar las plazas.

El día del susodicho coloquio lo más antitaurino fue que un personaje político, con la conciencia taurina bien tranquila por organizar en ese su pueblo un feria rimbombante, se levantara y se fuera sin ningún miramiento. El desinterés manifiesto provoca perplejidad como aficionado, y la descortesía, mala imagen y sonrojo como representante público que supuestamente apoya el toreo.

No sé cuando este artículo verá la luz, pero hoy es el Día del Libro. Decía otro antitaurino, Miguel de Unamuno que lo más insufrible que los toros imponían era una horrísima literatura. Pienso y podría demostrar todo lo contrario: que la intensidad de ese mundo, capaz de enloquecer a un hombre de la solidez y solvencia de Fernando Villalón, ha inspirado grandes obras en toda suerte de géneros literarios.

Tengan un feliz día. Disfruten. Lean (preferiblemente sobre toros).
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