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El morir de la Fiesta

El morir de la Fiesta

El cómo se extiende, ignorancia y desconocimiento mediante, el abolicionismo dictatorial que quizá, si nada cambia desde dentro y si el planteamiento de la lucha externa se queda estancado, acabará ganando la partida.

lunes 09 de mayo de 2016, 17:27h
Soy joven, pero dentro de mi juventud y de mi corta -aunque intensa- experiencia en lo taurino soy muy aficionado. Porque me gustan los toros. Me gusta el colorido de una previa, el análisis posterior, la libertad del toro en el campo. Con puntos de vista más o menos acertados, con formas de plantear el espectáculo más o menos respetadas. Con todo, dentro de mi juventud, me he acercado al en ocasiones controvertido mundo de los toros. Y me he acercado porque he querido. Porque tuve la opción y la acepté. Porque no me he dejado engatusar por las sofisticadas herramientas de la oposición.

Soy joven y estoy con jóvenes. Me relaciono -como todo hijo de vecino- con gente de edades parecidas. Un año más, un año menos. O dos, o tres, o cuatro. Gente de la quinta. Gente nacida en la misma década y con los que no es difícil mantener una conversación. Sobre toros, por ejemplo. Gente a la que seguir, gente a la que leer. Gente que aceptar o agregar en Facebook. Gente activa en las redes sociales.

Soy joven y tengo miedo. Temo el futuro de la fiesta de los toros porque mi experiencia me enseña que la contundente oposición que la sociedad ejerce a la misma parte de las raíces. Leo redes sociales plagadas de personas cercanas a mi edad con comentarios ofensivos hacia mí y hacia mi afición, ya sea de manera directa o a través de la propuesta de prohibición de los espectáculos taurinos. De esos espectáculos que tanto amo.

Soy joven y soy activo en las redes. Entro al juego que éstas plantean para asustarme cada vez que las visito. Para terminar preguntándome con cierta frecuencia si realmente me aportan algo y si merece la pena conservar mi actividad en ellas. Vídeos de ganado bravo recorriendo plazas infestadas de personas estáticas que precisamente por eso no reciben atención del animal. Vaquillas que pueden emplearse en diez o quince capeas y que evidentemente se saben la historia del recorte o el capotazo, que saben dónde hay humano y pueden decidir si quieren ir a por él. Vaquillas bravas que se defenderían atacando de no ser por el aprendizaje que abundantes capeas les ha otorgado. Animales a los que les llama la atención la dinámica y no la estática. Pero eso, claro, no lo saben quienes comparten esos vídeos. No lo saben los jóvenes, algunos de ellos amigos cercanos, que aprovechan para que ese vídeo aparezca en su tablón y se vea, de puertas hacia fuera, que son antitaurinos y animalistas y respetuosos y amigables con el mundo, y que, por lo tanto, odian a los asesinos taurófilos. Amigos y conocidos que odian mi afición. Amigos y conocidos que quizá me perderían el respeto de forma parcial o total si supieran el tiempo que dedico a este mundo. Mucho más, a diferencia de ellos, que el que muestro de puertas hacia fuera.

Soy joven y temo el futuro. De veras, lo veo de cerca. Veo el crecimiento de la semilla antitaurina, y veo en cada vídeo, en cada imagen, en cada texto, en cada informativo, en cada artículo de prensa generalista, la reproducción del antitaurinismo. Veo cómo surgen la flor y el fruto de lo sembrado en mentes jóvenes. Vulnerables. Veo cómo se extiende, ignorancia y desconocimiento mediante, el abolicionismo dictatorial que quizá, si nada cambia desde dentro y si el planteamiento de la lucha externa se queda estancado, acabará ganando la partida. Veo, preocupado, que fomentar la afición y dialogar con quienes nos atacan es la única vía. Y veo, como todos, que ninguna de las dos es real. Ninguna ocurre. Veo, en definitiva, un morir progresivo de la fiesta. Mil perdones.
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