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El toro Otto

Toro mediante el que los antitaurinos manipulan la realidad de la Fiesta. La Fundación del Toro de Lidia quizás debería hacer una seria reclamación para su retirada.

jueves 26 de mayo de 2016, 17:11h
Es un toro común, pero dicen que es de lidia para poder usarlo a su antojo. Así empieza el vídeo de la AMA, Activismo por el Mundo Animal, que nos presenta al toro Otto y nos explica mediante su figura en qué consiste una corrida de toros. Con la objetividad por bandera.

El toro de nombre infantiloide nace y se cría en libertad para que crezca sano y fuerte -sobre todo fuerte-. Tras cuatro años de dulce y placentera estancia en una finca, rodeado de semejantes y criado día tras día por ganaderos y mayorales, cuatro años que, por cierto, pasan bien desapercibidos para la AMA, Otto está listo para los exhaustivos preparativos del desafío. Ya saben, cosas de taurinos, que son unos capullos y van a desgastarlo. "Aguarrás en sus piernas para que no pare de bailar, vaselina en sus ojos para que todo sea sorpresa; adiós a las puntas de sus cuernos para que no intimide a los invitados (aquí, por culpa de unos cuantos sinvergüenzas que yo me sé, tienen su punto de razón), y un distintivo en el lomo para que el anfitrión no pase desapercibido".

A ver. Que no nos vamos a quejar, porque al menos hemos dejado atrás la historia de los sacos de arena que cuelgan de los lomos. Seguimos siendo los sanguinarios de mierda que torturan a un animal indefenso y previamente debilitado, pero sin sacos de arena. Que bueno, ya es algo.

¡La fiesta comienza! La animación de cutres dibujos deja de centrarse en el toro para mostrar un niño que divisa, apasionado, prismáticos en mano, el colorido de la plaza de toros. Apasionado hasta ahora. Ya está Otto en el ruedo, así que "para entrar en calor aparece a caballo un orgulloso picador, quien clava la puya en repetidas ocasiones al toro". El toro no empuja al peto en la animación; de hecho, se queja y agacha la cabeza en actitud sumisa. Bien sabemos los taurinos que siempre es así. El toro nunca ataca por instinto, simplemente se acobarda y se defiende. Siempre.

El niño parece impresionado. Pobre Otto, con lo adorable que es. Que sólo quiere salir, el pobre Otto. Si es un amor, vaya. Llegan tres invitados que portan dos banderillas en la mano. "No muy amigables", por lo visto. Se ve que no dan conversación, las muy calladas. Otto se enfada porque no tiene otra salida -no se trata, evidentemente, de la naturaleza de bravo, del instinto propio de la sangre que empuja a luchar si el combate se pone en bandeja-. Y tal como Otto se enfada, al mismo tiempo que la imagen se emborrona, el tono del narrador pasa al enfado. Visible enfado. Solidario y repentino. Enfado como el de Otto. Porque el pobre Otto piensa como una persona. Con su razón, con su compasión. Con la misma sensibilidad hacia el dolor que los humanos. Otto es uno más.

Los monigotes mal hechos se ríen con maldad y alevosía; el bullicio general suena a ganas de sangre. El niño, cómo no, se indigna. Se sigue indignando. Hay entre él y Otto una cierta compasión -como la que cualquiera puede sentir por un humano-. A fin de cuentas, entre Otto y el niño no hay diferencias. O eso parece. Se abren las puertas: ¡anda, el matador! "¡Hora del baile! El torero lo incita a acercarse y ahí ve la oportunidad. Si logra alejarlo, tal vez le dejen en paz de una vez por todas". Alejarlo, en plan quita ya que me estás dando la vara. Plasta. Alejarlo, así educadamente. Veinte centímetros de pitón en el muslo. Alejarlo.

"Otto está fatigado. Es la oportunidad del torero para hacer su cierre triunfal. Una espada de un metro atraviesa los órganos vitales de Otto (nótese el apasionado énfasis en la palabra "atraviesa")". Así como sanguinario. "El torero sostiene una oreja y el rabito de Otto en sus manos". Éste es un premio nuevo, el de oreja y rabo. Para romper la simetría. El público está encantado, salvo el niño, el dichoso niño, antaño feliz y radiante, hogaño al borde del colapso, sus ojos llenos de lágrimas, sus cejas caídas, su rostro desanimado. El niño mira a Otto y Otto mira al niño. Joder, qué emoción. "Siguen los ataques a Otto. Su cuello es separado de la columna de una manera brutal para que permanezca inmóvil". Pero sigue vivo, sólo que quieto y más tieso que un salchichón abierto hace una semana. Vivito y coleando.

Dos caballos cabizbajos aparecen en escena arrastrando a Otto. Se lo llevan con tristeza y pesadumbre, como quien repudia lo que hace. Como quien entiende perfectamente todo lo que ocurre alrededor. Como si en ellos, animales sin razón ni derechos reconocidos, se hubiera despertado una compasión imposible y el amor, la paz, la felicidad y el mundo de rosas en que todos cenamos perdices se hubieran apoderado de sus almas. Como si se hubieran dejado convencer por el mundo irreal que los antitaurinos pretenden vender.

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