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La vida sigue igual

La vida sigue igual

Sobre percances trágicos y las condiciones sanitarias de ciertas plazas de toros. A día de hoy hay mejoras, pero lo lamentable es que lleguen a expensas de la vida de alguien, como sucediera con Francisco Rivera "Paquirri" (1984).

sábado 28 de mayo de 2016, 13:35h
La eterna voz de Julio Iglesias, cálida y seductora, envuelve el trasfondo de amargura y casi indiferencia, lo cual es bastante peor, de esta canción. Aunque es cierto que pase lo que pase el mundo continúa dando vueltas a su ritmo y cada mañana sale el sol, me resisto a que algunas cosas no puedan cambiar. De hecho, deberían hacerlo.

En poco más de una semana hemos revivido la cara y la cruz de la Fiesta, el luto más angustioso y los honores de puerta grande. El "o te hago rica o te visto de negro" que hiciera célebre Manuel Benítez "El Cordobés".

Mucho me temo que, tan sólo una semana después, poco nos acordamos de Renatto Motta del Solar y de su periplo agonizante de más de dos horas Andes abajo, en medio de la nada, al parecer con la vena safena interna rota. La liturgia de lo luctuoso y el obituario son un bálsamo para la conciencia. Las condolencias, el duelo y el quebranto tienen estética y sentimiento. Pero ninguna de ellas sirve para nada. De hecho, tras el infortunio sólo hay dos cosas útiles que poder hacer: una, para quienes somos creyentes, rezar por él. La otra, aprender: la ausencia o carencia de médicos y medios en Malco, tan denunciada a toro pasado como es costumbre, no tendría que haber sido una sorpresa (y tengo mis dudas de que lo fuera), con el agravante de la distancia al puesto de atención médica más próximo.

Una tarde de San Isidro de 2014, de forma tan dramática como insólita se suspendía el festejo porque los tres toreros intervinientes acababan en la enfermería. A uno de ellos, David Mora la cornada le partió la vena femoral, en una gravísima lesión de la que, probablemente, sólo él sepa cuanto le ha costado sobreponerse y cuántas dudas habrá tenido sobre si podría volver a torear. Sin embargo, el aturdimiento, el dolor, la incertidumbre, la desesperanza, el sudor desmedido para recuperar la funcionalidad de la pierna… esos sentimientos que en tantos momentos hacen cuestionarse a uno mismo y esconden el camino, todos ellos, el pasado 24 de mayo de encontraron su recompensa en una faena de romance y antología. Uno de esos idilios toro-torero superlativos, que de tan difíciles e inesperados en Las Ventas parecen furtivos. Y por eso tan caros se venden.

Si quieren, otro día les cuento del tormento de los traumatismos vasculares y la enjundia del reglamento de espectáculos taurinos, que algo sé y ambos dan para hablar largo y tendido. Pero hoy, fíjense en los caprichos y paradojas de la vida y el destino. Las probabilidades de que el joven Motta del Solar hubiera sobrevivido de haber sido asistido por un equipo médico adecuado y cualificado son parecidas a las de que David Mora tuvo de no contarlo de no haber sido atendido y operado con inmediatez e idoneidad. Los dos son ejemplos de lesiones complejas con riesgo vital, pero con opciones técnicas y quirúrgicas de solución, condicionantes del antagónico desenlace.

Desconozco si la asistencia sanitaria taurina en Perú está legislada. En nuestro país sí (con una normativa diferente para cada comunidad autónoma), y aunque ha evolucionado bastante, muchas veces es insuficiente. Lo lamentable es que esa mejora sea a expensas de la vida de alguien, como sucediera con Francisco Rivera "Paquirri" (1984).

Todo lo referente a características, continente y contenido de enfermerías, equipos médicos… es complejo y difícil de solucionar. Primero, porque la ley es poco práctica, y en vez de pretender con lógica la mejor asistencia, se preocupa más de buscar responsabilidades. Y segundo, porque amparándose en el "como nunca pasa nada" existen demasiados intereses, como por ejemplo torear más o abaratar (a expensas de recorte sanitario) el coste de espectáculos mal planteados y escasamente viables de entrada.

El fallecimiento de Renatto para mi tiene poco de heroico y mucho de trágico, por su juventud, anonimato y porque el precio de su sueño ha sido precario. Y aquí en España, donde tantos se han rasgado las vestiduras tras el percance, no piensen que estamos lejos del infortunio: en el hábitat taurino hay poca conciencia, ánimo e intención de evitar sustos y disgustos.

Para no entrar en batallas, hoy me conformo con hacer apología de la sensatez y la responsabilidad. A los empresarios, en el amplio sentido de la terminología (incluyendo corporaciones municipales), para que sean conscientes de cómo son o donde están sus designios. En una plaza de talanqueras, instalada en la plaza mayor del pueblo, cuesta abajo, con un suelo que parece una playa y a 140 km del hospital más cercano, no deberían lidiarse novillos de peso y trapío que ya quisieran muchos ruedos de 2ª categoría. Y menos cuando quienes van a resolver la papeleta son novilleros inexpertos y con pocos recursos. A los toreros con peso específico (no a los humildes que poco pueden hacer: si ellos se niegan a torear, lo harán otros). Porque resulta llamativo que, con el interés racional que muestran por lo que sale por chiqueros, ni ellos ni alguien de su confianza se preocupe por cómo y quién está en la enfermería, sobre todo en los cosos de las categorías inferiores (y donde en los últimos años tantas veces torean las figuras). De momento, esta inquietud la tienen José Tomás y no siempre Cayetano.

Una ilusión menos y una existencia maltrecha más, la de este joven peruano con la sangre derramada sin alivio ni remedio. Una hemorragia sobre la que nadie actuó porque nadie había y cuando hubo alguien no sé que pasó. Año 2016. La vida sigue igual.
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