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Toros y más

Toros y más

La tauromaquia trasciende a cuanto sucede en el ruedo para ser valores y principios, estilo de vida, música, pensamiento, historia y como en este caso, poesía.

martes 28 de junio de 2016, 11:17h
El pasado 24 de junio, San Juan, era día de hogueras y sueños, íntimos y electorales. El caos político y la congoja por la incertidumbre presente y futura nos daba unas horitas de tregua para reflexionar, escuchar, respirar y sentir la embestida templada del toreo cuando se convierte en lírica.

La tauromaquia trasciende a cuanto sucede en el ruedo para ser valores y principios, estilo de vida, música, pensamiento, historia y como en este caso, poesía. El Museo Taurino de Salamanca era el escenario perfecto porque invitaba con protocolo de perfecto anfitrión: entrañable, cercano, contenido. Para que nos sintiéramos como en casa.

Desde la programación de actividades para la difusión de la Fiesta de la Federación Helmántica de Peñas Taurinas, se programó para esa tarde todavía mágica del 24 un recital de poesía taurina. Toño Blázquez, crítico taurino, poeta, rapsoda y actor (no sé por qué orden), se encargó de organizar y coordinar este acto formidable. Quien de manera preconcebida lo encontró poco atractivo o sintió pereza se equivocó: fue una reunión distendida y enriquecedora, donde en vez de declamación al uso resultó anécdota, diálogo, análisis y coloquio.

Los acordes desagarrados desde la guitarra de Luis Fiz envolvían la sala en vibrante hechizo. Y en ese tercio de magnetismo, Toño, antología en mano, diseccionaba los poemas elegidos del compendio de poesía taurina del siglo XX de José Manuel Regalado. Por su parte el autor, catedrático de letras, ha forjado su sensibilidad con una teoría científica, como se desarrollan los caracteres: la genética lígrima salmantina con influjo de los dominios de El Niño de la Palma, puesto que José Manuel desarrolló parte de su labor profesional en Ronda, siendo ésta la artífice de su amistad con Antonio Ordóñez. Hombre de gran sabiduría, afición y memoria (literaria y taurina), le dices una palabra y te espeta un verso, una redondilla, un romance o un soneto.

El presentador planteó la faena desde los clásicos obligados: Manuel Machado, Gerardo Diego o Federico García Lorca, autor, según los expertos, del mayor monumento de la poesía taurina (como saben el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías). Apostó sobre seguro con El Blanquet, de Rafael Duyos, porque es descriptivo y rítmico, en honor de ese eficaz subalterno que presenció la muerte de Joselito El Gallo y quien se retiró dos años después, cuando "Pocapena", del hierro del Duque de Veragua, hirió de muerte a Manuel Granero en Madrid. El romanticismo, también indispensable en la selección, vendría de la obra del genial Fernando Villalón, poeta de Andalucía la Baja y ganadero de toros bravos, a quien la integridad le acarreó ruina y locura, criando toros que aborrecieron los toreros contemporáneos, encontrando, entre tanta incomprensión, consuelo en el saber de que Curro Cúchares los hubiera preferido.

Una velada deliciosa para comprobar, como en tantas ocasiones que los toros son toros y más. Mucho más que toros.
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