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Un bar con solera

Un bar con solera

Un refresco en un local decorado con burladeros, letras de plaza de toros indicando servicios o cocina, cabezas de toro disecadas, autógrafos de figuras del toreo, cuadros en torno a la causa...

Por Íñigo Martín Apoita
miércoles 29 de junio de 2016, 12:46h
No hace mucho fui a parar a Ciudad Rodrigo, donde eché una mañana soleada de lo más agradable turisteando la zona histórica con un amigo. Ventajas de pasar la mayor parte del año en Salamanca, supongo. Se nos acercó un señor, quizá sexagenario aunque aún trabajador, con exultante amabilidad. ¿Turistas? Sí. Pues hoy, ya que es domingo y las oficinas de turismo descansan -no sea que, en un alarde de profesionalidad, abran sus puertas en día de visitas-, os comento: debéis visitar esto, eso y aquello. Llegaréis por aquí, y vaya, todo queda aquí al lado. Para comer, por allá. Para cenar, este otro. Ah, y dos pueblos: La Alberca y Mogarraz. Sobre todo el segundo; el primero es más turístico.

Así que Dani -me dirigí a mi amigo-, La Alberca o Mogarraz. Y siguiendo nuestro instinto elegimos La Alberca. A decir verdad servidor había oído hablar del pueblo, así que no fue decisión complicada. Coche y carretera. Llegados a La Alberca, la fascinación lógica ante un pueblo con un valor histórico incalculable, plagado de casas de corte antiguo, calles con aires dieciochescos, una catedral que ya tal, también bares con solera. Bares taurinos.

Y qué alegría da, alejado de mi Bilbao natal obsesionada con prejuicios antitaurinos, encontrar bares dedicados a la Fiesta Internacional que es la tauromaquia. Internacional. Qué alegría da comprobar que aún hay quien se juega la pasta para invertir en locales basados en la fiesta que nos mueve. Qué alegría me dio tomarme un refresco en un local decorado con burladeros, letras de plaza de toros indicando servicios o cocina, cabezas de toro disecadas -no apunté detalles, pero varias correspondían a ejemplares lidiados en Las Ventas en torno al año 2000-, autógrafos de figuras del toreo, cuadros en torno a la causa. Un bar hecho por y para el toro, que reflota la afición de quien lo visita, que nos recuerda por qué nuestra pasión es tan grande. Porque no hay nada más torero que una decoración taurina; qué coño, una decoración torera. Como la copa de un pino.

No pude reprimir mi impulso y me dirigí al camarero para comunicarle mi intención de escribir sobre el local. Un pequeño artículo, una cosa muy modesta. Ningún reportaje, ninguna entrevista. La idea era muy sencilla: preguntar al dueño por la idea, por el origen y por su afición para contar su historia brevemente. Para contarte, amigo lector, quién es el inversor de tan torera plaza, cómo se le ocurrió y por qué debes visitar su bar. El camarero, muy amable, me remitió a la tienda de embutidos que el susodicho también regenta. Y allí hablé con quien tengo entendido es su mujer, ésta menos amable, que me pidió llamara durante la semana. Y llamé. Tras tres intentos hablé con el dueño, a quien pillé muy mal, terriblemente mal, en qué sé yo qué situación de vida o muerte. Ni tres minutos tenía el hombre. Te llamo el viernes, dijo. Acepté. Hasta hoy.

Y qué tristeza da, alejado de mi Bilbao natal obsesionada con prejuicios antitaurinos, encontrar aficionados que invierten y cuyo pan llega a casa por la propia Fiesta Internacional tan poco abiertos a un artículo tan tonto como éste. A publicidad gratis, a figurar en un portal sin hacer nada. Qué pena da encontrar gente tan poco abierta a ideas medianamente originales. Qué lástima.

Así que lo cuento, muy a mi pesar. Lo cuento pero sigo recomendando la visita al bar, muy céntrico y muy cómodo, cuyo nombre a pesar de todo no diré. A día de hoy, me temo, no me siento autorizado. Por si me lees, estimado dueño, me permitiré un consejo: despierta.
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