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Pamplona

Dos tazas de casta

Javier Jiménez pide sitio en los carteles. Corrida de Cebada Gago con cuatro toros mansos, rehuyendo los caballos y buscando la querencia como pidiendo un refugio, pero encastados y poderosos.

viernes 08 de julio de 2016, 22:28h

A veces San Fermín recibe tantas quejas por corridas de toros sosas y paradas que se toma la revancha tan pronto como puede. Decide entonces acallar críticas al poder del toro -supuesto pero no siempre cierto- con astados encastados a rabiar, que salen sin ambición de capotes, banderillas o muletas, que en ningún contexto van a embestir; toros que ni por tipo ni por fondo están hechos para regalar veinticinco embestidas profundas y humilladas, pero que mantienen la atención en el ruedo por su sola presencia. Toros ante los que consagrarse como torero que pide sitio o tirar la toalla y marchar a casa. Toros, con todas las consecuencias de la palabra, que tocan la ventanilla, saludan con elegancia, preguntan si has bebido y piden hasta el último de los papeles.

Toros como los que hoy sorteó Cebada Gago de primero a cuarto lugar. Mansos, rehuyendo los caballos y buscando la querencia como pidiendo un refugio, pero encastados y poderosos. Fue poderoso Artillero, tercero de la tarde, largo, algo gordo, de los más disimulados de cornamenta. Comenzó derrotando en busca de la muleta que con temple y soltura manejó Javier Jiménez, hasta que hizo presa por partida doble y se orientó. Con valor y firmeza plantó el trapo muerto el sevillano, que encadenó dos naturales de buen trazo, logrados a base de tesón y aguante estoico. Elegía el toro muleta frente a piernas, mas la tentación de echarse al vientre de un Javier Jiménez de hinojos no pudo ser reprimida y Javier despegó en los medios. Y ahí estaba, volando por los aires, desubicado, cuando cayó en el lomo del toro, pista incuestionable del paradero de su oponente. Lo volvió a levantar varios metros, como un muñeco, como un trapo. Tanto sufrió el cuello en la caída que ni moverse pudo, y tumbado en la camilla viajó a la enfermería. Pero al tercer segundo se recuperó de entre los lisiados, se puso en pie y salió al ruedo. La vergüenza torera reactivó sus piernas. Envidiosa, la Puerta Grande también quiso volar, así que fue enterrada, muerta y sepultada por cuatro pinchazos, tras lo cual ascendió al espacio exterior, donde será recordada con rabia nostálgica por el valiente espada.

Muerto el tercero pasó a la enfermería, escasa su consciencia, nula su cordura. Ahí anduvo hasta el sexto, ensilletado de hechuras imposibles que a pesar de todo embistió, al menos hasta que el matador le quiso pegar una tanda en las cercanías de las tablas, donde Cantanero pidió el armisticio y se retiró hacia los toriles. La impronta de torero con ansias de carteles ya estaba escrita.

Poder, poder y poder. Fue el abreplaza un auténtico encastado, con pies y mala hostia; el mejor de la corrida. No quiso caballo pero se comió la muleta, algo reservón, como guardando un secreto tras la fachada de bestia indómita. El secreto tan bien guardado resultó ser un derrote de ataque a mitad de viaje que atravesó la taleguilla de Eugenio de Mora, prendido dramáticamente sin consecuencias. De Mora bajó la ventanilla y enseñó los papeles, doce puntos en el carné y un seguro a todo riesgo. Más valía tenerlo ante semejante feria sin control. Ni dos estocadas en su lomo lograron derribarlo con rapidez; aún se tomó su tiempo Empleado para caer rendido.

La movilidad que apuntó el cuarto fue a su verdadero fondo lo que un baño en oro a un objeto de mercadillo: mera fachada. El manso se movió pidiendo un sitio que de Mora le otorgó, sus cuatro metros iniciales y sus pasos perdidos entre pase y pase, hasta que aprendió el truco y comenzó a colarse por ambos pitones en busca de querencia. El oficio de Eugenio de Mora consistió en mano baja y muleta cosida, si bien erró en desaparecer de la cara del toro mediado el engaño, descubriéndose así y facilitando otro percance como el que por poco pudo ser cornada.

Si Eugenio de Mora entendió la distancia de sus dos toros, Pepe Moral lo observó para aplicar lo contrario. En distancias cortas ahogó a su primero, segundo de la tarde, que sin sitio no tuvo recorrido y repuso a la segunda tanda de cada pitón, pasada la del tanteo que Moral debió alternar. Tan cerca y tan descubierto anduvo ante Juguetón que era cuestión de tiempo que imperara la casta y comenzara a avisar la cornada que a Jiménez gracias no llegó.

Fue el quinto un toro grande y mal hecho, incluso gordo, fuerte y desastrosamente picado -no se debe renunciar a las tradiciones-, a duras penas banderilleado. Mostró querencia a toriles como manso que fue, mas al menos se tragó muletazos de escaso sentimiento que escaso brío y justa clase no ayudaron a embellecer. Tirar del mastodonte valió una vuelta al ruedo de obsequio personal.


Pamplona. Viernes 8 de julio de 2016. Feria del Toro. Seis toros de Cebada Gago para Eugenio de Mora (carmesí y oro), silencio y silencio; Pepe Moral (gris plomo y oro), silencio y vuelta al ruedo; Javier Jiménez (blanco y oro), ovación y ovación. Nota: Tarde soleada con plaza llena.
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