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Pamplona

Imagen: @javitaurino
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En cuerpo y alma

La mejor manera de honrar la memoria de un torero es entregarse a la verdad de la tauromaquia en cuerpo y alma. Lo sabe Talavante y así lo demostró hoy ante una corrida malísima de Jandilla. Tiene Talavante poder y capacidad en su muleta.

Por Íñigo Martín Apoita
lunes 11 de julio de 2016, 22:30h
Sabe Talavante que la mejor manera de honrar la memoria de una persona -torero, pero sobre todo persona- muerta toreando es entregarse a la verdad de la tauromaquia en cuerpo y alma. Superado el bache anímico de la muerte de un compañero, pasado el luto por su repentina desaparición, incluso en las postrimerías del mismo, matar dos toros con arrojo y sentimiento representa la aceptación del destino humano, tan bien representado por los toreros, ejemplares en su lucha diaria con la guadaña.

Lo sabe Talavante y así lo demostró hoy. Su actitud irreprochable en la séptima de San Fermín, corrida malísima de Jandilla, comenzó con un inicio en los medios por una arrucina de hinojos ante un toro abanto, suelto, despistado, con todos y con nadie. El siguiente paso fue la mano baja, el temple, la profundidad del toreo excelente que se plasma en los libros llevada a la práctica. El deslucido segundo, manso hasta la saciedad, sólo dejó abierto el resquicio de una buena colocación de la cara en los inicios de los muletazos; de ahí en adelante, con esfuerzo y tesón, fue Talavante quien quiso honrar al caído con su repertorio inigualable, mezcla del toreo elemental y la improvisación del ya número uno del escalafón. Tiene Talavante poder y capacidad en su muleta, aire artístico en su andar, inteligencia en su cabeza. Tiene lo necesario para mandar -y más.

Lo mejor llegó en el quinto, muy por encima de sus hermanos por la prontitud, fijeza, clase y casta con que acometió. Talavante volvió a poner las cartas sobre la mesa, el as de su verdad escondido bajo la manga. Y cuando echó a correr el tiempo, muleta en mano, pasado el sublime recibo y la insuperable brega de Trujillo, armó Talavante el escándalo público de lo que va de feria, con la verdad por delante. La suerte cargada, el pecho al toro, las puntas de los pies, apoyados con firmeza, apuntando a las manos del oponente. Despacio, suave, cadencioso como la lluvia que ya asomaba pero no llegaba. Con gusto y torería hizo el toreo Talavante, que se fue vacío por dentro porque su alma, abierta de par en par, había quedado plasmada en la obra de arte compuesta con Decano. No se enteró Pamplona y no lo reflejó el trofeo, mera ovación tras dolorosos pinchazos, pero y qué. Visto está que el número y el premio están por debajo de las emociones.

Cuando salió el alto y feo tercero (el menos exagerado de una corrida alta y destartalada, tan de Pamplona que no pudo ni embestir), López Simón aún tenía reciente la faena de Talavante al segundo en que había puesto en el asador su carne y su variedad -aún faltaba el alma, que tardaría dos toros en apuntarse al festín de toreo-. Alberto no pudo sino seguir por el camino de la entrega, ofreciendo una versión templada de su concepto en ocasiones aturullado, arrebatado aunque siempre valiente. Con derechazos de mano baja rematados tras la cadera estuvo por encima de Lavandero, manso para no llevar la contraria a hermanos, descastado, despistado, suelto. El que cerró plaza no se definió hasta la muleta, a pesar de lo cual López Simón lo recibió de rodillas en los medios, ahí donde el hombre es más vulnerable, donde las cornadas son más certeras y la asistencia más lejana. Gordo y corpachón para su fina cara, protegida sin embargo por dos pitones con vertiginoso filo, fue Impedido áspero, bronco, brusco, incómodo. Con la cara suelta, derrotes constantes y un incómodo rebrinque molestó al ahora sí aturullado López Simón, no obstante ovacionado tras el arrastre.

Diego Urdiales, director de lidia, volvió a despejar dudas sobre su error inmenso en el planteamiento de la temporada, apoderado por la FIT y en busca de un toro alejado del que lo encumbró. Hoy bailó con la fea tras mala suerte en el sorteo, pero las corridas de toros no se celebran a las doce de la mañana: sorteos desfavorables son casualidad hasta que se agolpan tarde tras tarde. Demostró actitud sin ser torero de Pamplona: ese dispuesto a torear de rodillas y pegar molinetes gratuitos. Diego Urdiales es el de albaserradas encastados que se comen la muleta pero se descomponen en el segundo muletazo, así que piden tiempo para parar y al mismo tiempo lo otorgan para cruzarse y enlazar series no ligadas de frente y por derecho; Diego no es, en ningún caso, torero para matar Jandilla, Garcigrande y Alcurrucén en todas las plazas de España.

El primero, brindado al cielo como segundo y tercero, se defendió con la cara suelta y se movió sin embestir vacío de todo y lleno de nada; fue, eso sí, tan noble como el cuarto, serio, alto, grande, deslucido, poco humillador, de recorrido escaso. Ante ambos dio la cara Urdiales sin nada que hacer, tomada como estaba la decisión de ganaderías y encastes que le ha empujado a una temporada de declive. Y Diego ya no es ningún chaval.


Pamplona. Lunes 11 de julio de 2016. Feria del Toro. Seis toros de Jandilla para Diego Urdiales (grana y oro), silencio y ovación con saludos; Alejandro Talavante (grosella y oro), oreja y vuelta al ruedo; López Simón (fucsia y oro), oreja y vuelta al ruedo. Nota: Tarde nublada con aforo lleno.
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