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Pamplona

Imagen: @javitaurino
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Un último cuadro y un insensible

Fue la miurada una corrida aburrida, muy floja. Hizo segundo el mejor de la tarde, el del reencuentro de Eduardo Dávila Miura. El presidente le arrebató una oreja a un entregado Javier Castaño, firme, con la disposición que exige su situación.

Por Íñigo Martín Apoita
jueves 14 de julio de 2016, 22:05h
No debe de ser fácil volver a pintar cuadros tras diez años de retiro profesional y personal, entabladas relaciones, asegurado un estilo de vida. No debe de ser fácil componer una obra que exige exposición del físico cuando el pan llegará a casa hasta que la muerte se cruce y el historial profesional ya otorga un respeto total. No debe de ser fácil reaparecer en el mundo del arte con plastidecor de dos colores.

Porque Miura es al toreo moderno lo que una plastidecor a una galería artística: otra historia, otro negocio. Miura no es la película dramática que emociona en una noche de cine, ni la comedia simplona que entretiene pero no llena; Miura es, muy al contrario, la película de acción que mantiene la atención en todo momento, el thriller que desborda las taquillas y llena los aforos. Miura es el terror cuando sale bien, mas hoy, para cerrar Pamplona, no lo quiso así el destino. Fue la miurada una corrida aburrida, muy floja, hasta sospechosa de enfermedad por la excesiva debilidad. Fue una película de clase B que apenas entretiene una tarde dominical y sirve de excusa para amortizar el sueño, la inevitable siesta.

Hizo segundo el mejor de la tarde, el del reencuentro de Eduardo Dávila Miura con el toro que cría su familia, el de la reaparición significativa matando los toros del tío Antonio en su cincuenta comparecencia en Pamplona. Y todas seguiditas. Una tras otra. Arenoso embistió con calidad y buen tranco, aun acusando -como hermanos- una notable falta de fuerza. Nula su emoción, le valió a Eduardo para, tras doblones iniciales de mucho gusto, andar por la plaza con el relajo de quien torea motu proprio, correr la mano a media altura -exigencias las justas- con temple y profundidad, poner sobre la mesa el sitio que da la madurez. Se vistió Dávila Miura de pianista para acertar las teclas oportunas a cada instante. Verdad en la suerte suprema y precisión en la ejecución -cien puntos obtuvo en la diana imaginaria- bien valieron una oreja que generó esperanzas.

Si embiste el quinto, se dijo, quizá pueda hacer algo grande. Pero qué va. Zahonero, como buen Miura, no aceptó exquisiteces de su matador e impuso el criterio, porque tal es la fiereza de un pupilo de Zahariche que ni llevarle la contraria se debe. Todo a favor. Siempre. Este quinto, aguafiestas como el vecino que interrumpe una fiesta en plena madrugada, se dejó con su mansedumbre durante dos tandas hasta que se orientó por el derecho. Sólo quedó la opción de naturales sueltos, dando sitio, dando tiempo, varios de ellos muy buenos pero incompletos como conjunto. Se pasó de faena Eduardo y acabó persiguiendo al astado hasta acertar a descabellar. Y menos mal. Con la muerte de Zahonero Dávila Miura se convirtió al instante en torero retirado. De nuevo.

Pudo cortar una oreja Rafaelillo por una faena en la que embistió y toreó sus propias embestidas. Con actitud y valentía se echó sobre los pitones del cuarto, y en ese suelo de pinchos, brasas y hielo resbaladizo en el que aviso y cornada son cuestión de tiempo cimentó una faena de superioridad evidente Rafael. Se tiró a los bajos con poca ambición y el presidente denegó la oreja pedida con mayoría. Culpa del matador fue en parte la nula movilidad del oponente, porque la orden de dos puyazos fuertes y su consecuente hemorragia, ya se sabe, viene de arriba. De arriba y del pasado, porque Rafaelillo tenía la mosca detrás de la oreja tras el abreplaza, al que no picó en exceso (se arrepintió) y con el que echó un rato de pelea verdadera, pura y en la cara. El mirón Miura no se decidió a embestir con uniformidad y constancia en su comportamiento. Cada pase era para Rafael un sorteo a cara o cruz en el que siempre tuvo la fortuna de elegir la cara correcta.

Otra oreja arrebató el presidente, un tal Aritz No-sé-qué Ni-me-importa, a un entregado Javier Castaño, firme, con la disposición que exige su situación. Su carrera se encuentra en una encrucijada: la espada le roza el ombligo y su espalda se apoya sobre una pared inmóvil. La amenaza inminente de la carencia de contratos -poca sensibilidad están teniendo los empresarios tras su superación de un cáncer, en especial en Francia, donde tan querido fue- acucia y no atiende a razón. Total, que vaciándose anduvo Javier con Agujeta, un tardo inválido que nuestro amigo insensible no quiso mandar al corral desde la comodidad de su palco, defensivo y violento. Como vacío quedó tras poner en el ruedo su valentía y su voluntad frente al cierraplaza, agalgado él, abierto se sienes, feo como Frankenstein; manso en varas, capullo en banderillas -saludó Fernando Sánchez tras excelso par- y malo en muleta, alocado, informal, desclasado. Fue no obstante el Miura de más emoción, porque también fue el más fuerte, y una cosa lleva a la otra o simplemente son lo mismo. Pamplona, ya recogiendo los bártulos hasta el año que viene, no regaló al matador vacío por dentro ni una calurosa ovación. Pamplona, ya ha quedado claro, no es plaza para ese tipo de detalles. Porque no es plaza para ver toros.


Pamplona. Jueves 14 de julio de 2016. Feria del Toro. Seis toros de Miura para Rafaelillo (azul añil y oro), silencio y vuelta al ruedo tras petición; Eduardo Dávila Miura (azul marino y oro), oreja y ovación tras dos avisos; Javier Castaño (nazareno y oro), vuelta al ruedo tras petición y silencio. Nota: Tarde nublada con aforo lleno.

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