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Bilbao

Y el sabio durmió en casa

La corrida tuvo la tónica dominante del aburrimiento, la lentitud, el tostón, el suplicio. Espectáculo insufrible con lastimosas entradas, también comprensibles, porque si la afición siente el asiento caliente y busca excusas para marchar, figúrense el público general.

Por Íñigo Martín Apoita
martes 23 de agosto de 2016, 23:39h
El maestro de maestros Enrique Ponce es tan sabio como romántico, y por una velada en el Hotel Carlton junto a aduladores y seres queridos es capaz de sacrificar su imagen como matador de toros en Bilbao. Claro que, en plaza tan exageradamente poncista, tan rematadamente tendenciosa y partidaria, ninguna decepción compromete la imagen si viene acompañada de la pertinente actuación digna de premio Óscar.

Así que la cuarta de las Corridas Generales tuvo en la práctica cinco toros de Domingo Hernández, porque uno de ellos fue una birria lastimosa que el maestro de maestros aceptó. La oreja cortada al abreplaza, toro importante con embestidas entregadas y humilladas, empujando con los riñones pero regalando un ritmo pausado para pulsear la muleta y soñar el temple utópico, fue suficiente para Ponce. Ya había sido premiada la faena de elegancia y clase indiscutibles, marca de la casa, previsibles pero no por ello menos admirables. Maestro de maestros no se es fácilmente, descuidando las formas o pegando trallazos con la muleta, no. Y tampoco se es comportándose siempre con la decencia necesaria. En ocasiones hay que ser pillín para ganarle tiempo al tiempo y toro al toro, para sumar un toro a la carrera sin exponer. Esa película fue la del cuarto, inválido de libro que Bilbao vio tomando notas y bebiendo ginebra -servidor tuvo que mirar alrededor avergonzado por lo solo que se sintió pegando palmas de tango y silbando-. Hospiciano fue un bichejo penoso incapaz de tenerse en pie al que Ponce bregó para tratarlo con sumo cuidado y toreó con la capa a la altura de las nubes. Pasado el trance tomó la muleta y alargó en faena interminable -también marca de la casa- gesticulando ostensiblemente en clara molestia por la invalidez del toro. Y fue además ovacionado por una plaza masoquista incapaz de leer (o sin querer hacerlo) una burla manifiesta de un matador que dice respetarla. Ponce, feliz, durmió en casa. Satisfecho.

El resto de la corrida siguió la tónica dominante del aburrimiento, la lentitud, el tostón, el suplicio. Espectáculo insufrible con lastimosas entradas, también comprensibles, porque si la afición siente el asiento caliente y busca excusas para marchar, figúrense el público general. Debe de ser más apasionante ir a la hípica. El segundo de la tarde fue un toro flojo que, consciente de ello, se defendió soltando la cara. El Juli brindó al Rey Emérito, que decidió presentarse en gesto de enorme torpeza política, porque derecho a venir tiene todo el del mundo, pero sólo colabora a que la oposición tache de carca, facciosa y vieja a la fiesta de los toros, pendiente aún de renovar su imagen e incapaz de hacerlo con Juan Carlos en un palco que ni siquiera paga. Tras el brindis metió en la muleta a Soñador bajando la mano y tragando paquete, con firmeza de plantas y poder en las telas. A tablas marchó el astado claudicando raudo: una estocada de horrible ejecución lo mandó al infierno. Allí recibió minutos más tarde al quinto, descastado, soso, parado. Ni transmisión, ni nada, ni todo. La nada. El espacio exterior. Sólo hubo varios naturales metiendo riñones -o esa intención había- de un Julián en todo caso apático. Quién sabe si como castigo a esa segunda oreja no concedida el año pasado por Matías, el hombre con peor suerte del mundo: hasta cuando hace las cosas bien le salen enemigos.

Parecido fue el cuento con López Simón, que empezó por alto la faena al tercero e incomprensiblemente decidió bajarle la mano tras esa primera tanda. El noble no empujó ni embistió ni se entregó ni se movió, yendo a menos, diluyendo su esencia en un pozo de pases, pases y pases. Pases sin toreo del madrileño. Hubo algo más de gusto en la faena al sexto, que duró dos tandas más que su compañero de lote, porque el cierraplaza fue al menos guasón y alegre. Aunque fuera rebrincado y protestón, también defensivo, se movió y quiso trapos. La prontitud fue su principal virtud; la derrochó hasta tal punto que quiso reponer, cosa que el matador nunca debió permitir, porque la fuerza escaseaba y una embestida era regalo suficiente. Pedir dos seguidas era excesivo. Lo suyo: muletazo, perder un paso y cruzarse. Y a volver a empezar. No lo vio así López Simón, que sólo pudo poner voluntad para cerrar una tarde a Dios gracias terminada.


Bilbao. Martes 23 de agosto de 2016. Cuarta de Feria. Tarde de sol y moscas con dos tercios de plaza. Seis toros de Domingo Hernández para Enrique Ponce (marrón y oro), oreja y silencio tras aviso; El Juli (nazareno y oro), silencio y ovación; López Simón (azul marino y oro), silencio y ovación tras aviso.
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