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'Toreo bueno en homenaje a Yiyo', la crónica del festejo para el monumento a José Cubero
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"Toreo bueno en homenaje a Yiyo", la crónica del festejo para el monumento a José Cubero

El día después del homenaje a Víctor Barrio recordamos el festejo que también se organizó con objetivo de levantar un monumento a José Cubero "Yiyo". Dos toreros muy jóvenes cuyo "adiós" no deja de tener similitudes. Antoñete o Julio Robles, entre los que torearon por Yiyo.

lunes 05 de septiembre de 2016, 17:58h
La cornada mortal a Víctor Barrio en Teruel el 9 de julio de 2016 no deja de recordar, por maldita similitud, a la que le quitó al vida a José Cubero "Yiyo" el 30 de agosto de 1985 en el municipio madrileño de Colmenar Viejo. Dos toreros muy jóvenes, con toda una vida por delante, que se toparon con la realidad de la Fiesta de los toros, una realidad que hace cierto eso de "aquí se muere de verdad".

Ayer se celebró el homenaje a Víctor Barrio en Valladolid, con cuyos ingresos se va a levantar un monumento al torero segoviano. El cartel fue de relumbrón. Se unieron y torearon por Víctor seis matadores, entre los que contamos a Juan José Padilla, José Tomás, Morante de la Puebla, El Juli, José María Manzanares y Alejandro Talavante. También lo tuvo en su día José Cubero y hoy merece la pena recordar su homenaje en pro de un momumento suyo en los alrededores de la plaza de Colmenar. El mundo del toro se unió, una vez más, y así lo contaba Joaquín Vidal en El País en la edición impresa del 20 de octubre de 1985, día después del festejo. A Yiyo, como a Víctor, a Renatto Motta, a El Pana y a todos los demás, los recordaremos siempre.


"Toreo bueno en homenaje a Yiyo"
Cada cual sacó el mayor sentimiento y el mejor toreo que lleva dentro para homenajear a Yiyo. El llorado matador, fallecido hace poco en esta misma plaza, estuvo presente en el ánimo de todos durante la corrida, desde el impresionante minuto de silencio antes del paseíllo, hasta la ovación de gala con que el abarrotado graderío premió a los ocho matadores del cartel cuando, al caer la tarde, abandonaban el ruedo.Habían hecho, los ocho, el máximo esfuerzo por ofrecer un espectáculo de calidad en honor del compañero de tantas tardes, de un chiquillo lleno de ilusiones y de vida que una mala asta truncó salvajemente partiéndole el corazón. Las expresiones de los toreros advertían su emoción y, cuando ceñían las suertes, el riesgo y el afán de perfeccionar los cánones eran también homenaje a la torería que cayó vencida aquella cercana tarde de agosto en Colmenar.

Luego, unos estaban en vena de aciertos y otros no tanto. Así, Antoñete, indiscutible ídolo de la afición, no lograba acoplarse con el encastado toro y, salvo una verónica y un redondo, la maestría sólo alentó en la ilusión del público. Así, Palomar alcanzaba el otro vértice de la inspiración.

Palomar llenó de sensibilidad y templanza su toreo de capa, combinando verónicas cargada la suerte, suaves chicuelinas, una tijerilla, improvisada en ligazón perfecta con los demás lances, el recorte a una mano. Prendió valerosos pares de banderillas y uno de ellos lo dejó enhiesto, como trofeo sobre el morrillo altivo. Lo dejó a la antigua usanza, cuando los banderilleros reunían y clavaban verticales los palos, firme el golpe de arriba abajo.

Su faena de muleta, instrumentada al hilo de la flojedad del toro, tuvo la coronación de una sensacional estocada recibiendo, perfectamente ajustada a la regla de oro de la suerte: la mano de empuñar el acero, a la altura de corbatín; la que de verdad mata -la izquierda-, muy abajo obligando a humillar y vaciando con temple.

El gesto se le crispó al bravo soriano cuando recibía las orejas, las mostró al cielo, donde busoó a Yiyo con una fugaz mirada, y apretó los dientes para contener las lágrimas y para que no se le escapara otro ¡Mecachis en diez!

El principio de la faena de Julio Robles tenía la escuela brillante de Domingo Ortega, sometiendo la embestida, andándole al toro, en demanda de los medios para repetir el dominio y el arte. Allí abrió el compás en redondos de largo recorrido, pero el toro tenía corta la embestida y acabó por no admitir la hondura de los pases.

También Carlos Aragón cuajó redondos bellos, ligados co n asombrosa facilidad. Luis Cancela estuvo pundonoroso con el peor toro de la corrida. Carretero repitió el buen estilo de su toreo, que le tiene en órbita. Curro Bedoya realizó un rejoneo de categoría. Y el becerrista Serranito exhibió apuntes de buena técnica con un eralillo revoltoso y rabón, que a veces se le echaba encima, seguramente para jugar. El mayor sentimiento y el mejor toreo de cada cual habían rendido homenaje a Yiyo, y así pasará a la historia el emotivo festival de Colmenar.


Plaza de Colmenar (Madrid). Sábado 19 de octubre de 1985. Festival homenaje a Yiyo. Reses de Benita Sanz, Cebada, Guateles, Carmen Camacho, Marcos Núñez, Algarra, La Ermita y Juan Julián Sanz. Toreros: Curro Bedoya, oreja. Antoñete, oreja. Julio Robles, dos orejas. José Luis Palomar, dos orejas. Carlos Aragón Cancela, oreja. Luis Cancela, vuelta. José Antonio Carretero, oreja. Serranito, oreja.
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