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Salamanca

Higuero y dulces sueños

Indultado un toro excepcional de Garcigrande, por su clase, su humillación, su motor, su fondo, su duración. Su fondo de bravo muletero capaz de embestir incansablemente. Empujó al caballo metiendo la cara abajo con fijeza, constancia, tenacidad. Faltó toreo en Del Álamo.

Por Íñigo Martín Apoita
jueves 15 de septiembre de 2016, 00:06h

Un toro y medio torero pueden poner Salamanca en pie si en su carné de identidad figuran tierras charras como origen. Higuero lo supo y lo sabe, porque aún vive. Hoy Salamanca agitó los pañuelos para indultarlo. Fue el negro chorreado un toro excepcional de Garcigrande, por su clase, su humillación, su motor, su fondo, su duración. Su fondo de bravo muletero capaz de embestir incansablemente buscando la muleta arrastrando el hocico, hundiéndolo en la arena, trazando en ella surcos profundos como pozos. También lo sabe Juan del Álamo, responsable del indulto, portador del honor de dar lidia y muerte a semejante máquina de embestir. La segunda no llegó.

Empujó al caballo Higuero metiendo la cara abajo con fijeza, constancia, tenacidad. Lo hizo no obstante de costado recibiendo un puyazo moderado, medido, medio. Normal. No entró más al caballo; tampoco se le invitó. Las monótonas lidias actuales ponen a prueba al aficionado, que ya ha perdido varas y banderillas para ver venir un toro bravo. Embistió Higuero a los capotes con humillación y brío, se dolió en banderillas, recortó en el par que Alfredo Cervantes clavó buscando el pitón izquierdo. Y tras dos tercios de mero trámite apareció Juan del Álamo junto a las tablas para, previo brindis personal, doblarse con el toro y salir hacia fuera con templaza y torería, sin excesivos alardes, con profesionalidad y corrección. Se sucedieron dos tandas ceñidas y encajadas para poner de acuerdo a La Glorieta, esta plaza, su plaza. Con el toro metido en la muleta y el público en el canasto cambió la versión de Juan: empezaron las tandas largas, exigentes y de mano baja; también mentirosas, periféricas, rectilíneas. Hubo pases sueltos en tandas incompletas igual que hasta el peor pintor puede rellenar un lienzo con los mejores pinceles del mundo. Tocó cambiar de mano y desnudar a Higuero, prometedor primero, algo decepcionante después. Porque aunque el exquisito pitón derecho duró, duró y duró, el pitón izquierdo fue guasón y alegre, pero nunca largo ni profundo. Vacío estaba Del Álamo, toreando encajado, metiendo los riñones y mirando al tendido cuando apareció un mar de pañuelos blancos en el graderío, exigiendo entre silbidos y gritos el indulto. Una tanda con enganchones no por ello menos jaleada exacerbó al público, intensificó la petición, y respondiendo a la evidencia el Presidente asomó el pañuelo naranja. Todavía siguió Juan pegando pases de rodillas, de pie, de lado y boca abajo. Pases, pases y pases. No faltaron. Tampoco faltó conexión con su público, su gente, su peña, su familia, sus amigos. No faltó sentimiento, ni emoción. El contexto hizo que todo eso abundara. Tan sólo faltó toreo.

La faena al tercero había sido más al uso: fue Heredero un toro desfondado que acudió a los medios con prontitud cuando Juan del Álamo empezó el tercio de muleta pronto y en la mano. Poco tardó en acusar la justa fuerza, rebrincarse y pedir una espada en el lomo que terminara la faena de periferia, derechazos rumbo a Perú y circulares invertidos tan de nuestros días.

Una oreja a los prejuicios cortó Morante ante su segundo. Abreviando ante el inválido abreplaza sólo quedaba la carta de Bellota, de fuerza y casta justas, clase y nobleza primorosas. El viento racheado y frío molestó a Morante en ciertas fases de una faena que no tomó vuelo por la escasa emoción y la nula continuidad. En los detalles exquisitos se basó la oreja regalada: ese recibo capotero variado, ese quite por verónicas sublime, ese trincherazo en la primera tanda, esa torería al sujetarse a las tablas para abrir la faena por arriba. El apéndice fácil que cortaría a cualquier toro, que le cortó a un toro cualquiera.

Ni un olé se escuchó en la faena del Juli al quinto Garcigrande, pero el decreto parece imponer que oreja por coleta es lo mínimo necesario para vender la moto en la copa de después que los toros han ido fenomenal. Los pañuelos dieron resultado para premiar con una oreja la faena de mano baja y firmeza de plantas ante el guasón. Tuvo el manso más peligro del que dio a entender, el suficiente al menos para no permitir al oponente relajo ni empaque, carencia de los cuales enfrió el trasteó y acotó su alcance. Debió de quedar en el callejón porque al tendido no llegó. Había sido el segundo un gacho impresentable con clase pero sin fuerza, tónica dominante de una corrida bipolar, con altibajos o bajialtos. Estar fuera de cacho hasta en el pase inicial de cada tanda había sido premiado con una ovación que anticipaba la generosidad que estaba por venir.


Salamanca. Miércoles 14 de septiembre 2016. Tarde nublada y fría con la plaza cerca del lleno. Toros de Garcigrande para Morante de la Puebla (negro y oro), silencio y oreja con fuerte petición; Julián López "El Juli" (sangre de toro y oro), ovación y oreja. Juan del Álamo (gris plomo y oro), oreja y dos orejas y rabo simbólicos.
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