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Jara del Retamar: el Jijón de Vicente Martínez

Don Vicente, figura legendaria entre ganaderos, toreros y aficionados, adquirió su vacada en 1852. Quiso renovar la sangre de sus jijones y experimentó sabiamente con un toro de Concha y Sierra. Fue una de las ganaderías preferidas por Joselito y Belmonte. Hoy, estos toros viven en Jara del Retamar.

lunes 19 de septiembre de 2016, 18:20h

  • Foto: Jaime Bravo


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A Fernando Silva, ganadero y amigo,

El 13 de septiembre de 1852, don Vicente Martínez adquiere la divisa morada de la familia Fuentes, pero cambia el hierro por el de la 'M' inicial de su apellido. Con esas características se presentó en Madrid el 28 de marzo de 1853, la misma tarde de la muerte de 'El Chiclanero'. Los toros dieron un juego extraordinario, y a partir de entonces, se hizo famosa la divisa colmenareña, manteniendo ese prestigio durante más de cuarenta años. Don Vicente, figura legendaria entre ganaderos, toreros y aficionados, quiso renovar la sangre de sus jijones y experimentó sabiamente con simiente andaluza. 'Español', un toro de Concha y Sierra que dio un magnífico resultado. Acababan de nacer los berrendos...


Martínez; instinto ganadero. La huella de 'Español' y 'Diano'.
Santanderino avecindado en Colmenar Viejo, la envidiable posición económica de don Vicente le permitió cumplir su deseo de hacerse ganadero de bravo sin poseer previamente fincas ni ganado. Pero fue su gran afición la que le llevó a convertirse, además, en un extraordinario y afamado criador de toros.

Don Vicente, compró en 1852 la ganadería de don Julián de Fuentes, conocido por 'El Indiano', regidor perpetuo del Ayuntamiento de Madrid, que fundó su ganadería en 1797. En un principio, tenía reses de media casta que utilizaba para las labores del campo. Un año más tarde, en 1798, compró dos sementales de Villarubia de los Ojos a don José Jijón, y vacas salmantinas que sustituiría después por otras jijonas también. Por medio de cruces y selección del ganado, formó una ganadería que comenzó a lidiar en los festejos de los pueblos de alrededor, e incluso en Madrid, llegando a adquirir renombre su ganadería. En 1825, adquiere otro centenar de vacas de la disuelta ganadería de Díaz Hidalgo, de pura ascendencia jijona. Así, elimino 'El Indiano' la sangre salmantina de las vacas de su ganadería, pasando a tener una vacada de pura Casta Jijona.

Fallece don Julián en 1836, y su hijo don Juan José de Fuentes, heredó la vacada y el apodo, pero no la afición paterna a la crianza de reses bravas, y aunque mantuvo el crédito de la divisa, no pudo impedir que se entibiase su popularidad. El 21 de junio de 1852, se lidió la última corrida con seis toros de su ganadería, y los toros dejaron once caballos para el arrastre. Para atender a otros negocios, se deshace de las cuatrocientas cabezas que forman su ganadería, y el 13 de septiembre de 1852 la adquiere don Vicente Martínez. Conserva el color morado de la divisa, pero cambia el hierro por la 'M' inicial de su apellido. Actualmente, ese hierro lo ostenta la ganadería pacense de Arribas Sancho.

Don Vicente, trasladó las reses de Moralzarzal, localidad en la que pastaba la ganadería de los Fuentes, a la finca 'El Soto' de Colmenar. Y sus toros, de raza jijona y retintos de capa en su mayoría, fueron bravísimos y muy apreciados por las figuras y el público durante la segunda mitad del siglo XIX.
A pesar del éxito cosechado, la realidad es que la calidad y la fuerza de los toros de Martínez iba descendiendo paulatinamente, y el ganadero comenzó a investigar las posibles causas. El continuo deseo de mejorar la calidad de sus productos le hizo seguir el consejo del maestro Salvador Sánchez 'Frascuelo', amigo personal de don Vicente, que le aconsejó una selección rigurosa y un cruce apropiado. Y así lo hizo en 1875, adquiriendo a don Joaquín Pérez de la Concha un macho berrendo en negro, de nombre 'Español', que procedía de la vacada de su tío don Joaquín de la Concha y Sierra, de puro origen vazqueño. Este semental, motivó la aparición en la ganadería, aparte de los típicos colorados y retintos, de pelajes berrendos, aparejados, albardados, y diferentes accidentales. Don Vicente preservó esta misma línea hasta el final de sus días, aunque la pérdida de casta seguía siendo alarmante, y le preocuparía hasta su muerte en 1894.

Heredaron sus dos hijas, doña Manuela y doña Vicenta. La primera casada con don Juan Pablo Fernández, y la segunda con don Luis Gutiérrez Gómez, que sería el encargado de dirigir la vacada, lidiando a partir de entonces como 'Herederos de Vicente Martínez'. Este fue quien adquirió en 1904, el toro nº 33 de Ybarra, de nombre 'Diano', negro zaino, fino de cabos y bien hecho, nacido en 1901.

‘Un ejemplar superior en tienta y en el campo, cuya abuela había sido buena, dando un macho superior, uno bueno y tres hembras para toros y con una madre que dio un macho superior y una hembra para toros’, según las propias notas que don Eduardo Ybarra le envió a don Luis.
Este semental ligó perfectamente, y dio productos extraordinarios que permitieron a la divisa de los Martínez recobrar el lustre y colocarse entre los mejores ganaderos de su tiempo, siendo la favorita de las figuras del toreo de la época, principalmente 'Joselito' y Juan Belmonte. Los excelentes resultados de 'Diano', fueron reforzados con la aportación de otro toro de Ybarra llamado 'Dudoso', y posteriormente por otros dos sementales del mismo origen, 'Vinagrero' y 'Ramito', adquiridos estos ya a don Fernando Parladé. También entre 1907 y 1918, la familia Martínez empleó como sementales de forma esporádica hasta once hijos de 'Diano', que siguieron trasmitiendo las excelentes cualidades que habían heredado por línea paterna. 'Diano' cumplió eficazmente sus labores de semental durante 16 años, hasta que una gélida noche del mes de enero de 1920, en la finca 'El Soto', se lo llevó para siempre.
Al dividirse la vacada en tres partes, la correspondiente a uno de los nietos de don Vicente, la de don Juan Fernández Martínez, la compró en 1925 don Antonio Pérez de San Fernando, y la puso a nombre de su mujer, doña María Montalvo. Hoy en propiedad de su nieto, don Juan Ignacio Pérez-Tabernero, que aunque introdujo sangres procedentes de Domecq a la vacada, conserva la punta de Martínez de forma pura y sin cruces, bajo los círculos concéntricos del hierro de Montalvo.

También en 1925, don Antonio Manuel Arranz compró una parte de la vacada y la trasladó igualmente a Salamanca. La ganadería de Arranz, hoy propiedad de Ramón Sánchez, realizó asimismo varios cruces con distintos sementales. 'Abejorro' del Conde de la Corte, 'Filibustero' de Graciliano Pérez-Tabernero, y 'Encendedor' y 'Desgraciao' de don Antonio Pérez. El toro de Graciliano, de origen Santa Coloma por su rama mas ybarreña, dio resultados excelentes y definió las características morfológicas y de comportamiento que aún hoy imperan en la vacada, pero que quedan ya muy distantes de la antigua procedencia de Martínez.

La otra línea de Martínez apenas ha llegado hasta los tiempos actuales. La Guerra Civil causó daños irreparables en la vacada y la dejó reducida a la mínima expresión. De las 703 cabezas inventariadas a principios 1936, apenas sobrevivieron unas 60. Según el célebre Luis Fernández Salcedo (nieto de don Vicente Martínez), al final de la guerra sólo había en las fincas unas pocas vacas herradas con el anagrama de la U.G.T. En 1940, el hierro y las escasas reses supervivientes pasaron al Duque de Pinohermoso, y en 1948 las vendió a la familia Arribas, que a su vez eliminaron completamente la sangre de don Vicente, sustituyéndola por reses de 'Los Guateles' compradas a don Baltasar Ibán, trasladando todo a la finca 'Cerroverde', en Badajoz. Desde 1985, la ganadería lidia como Herederos de Antonio Arribas Sancho, manteniendo el hierro, divisa y antigüedad de Martínez, pero nada queda ahí de sus legendarias reses.

Y entre esta amalgama de nombres y fechas, unos años atrás, cuando se partió la ganadería, don Carlos Alcázar, un ganadero de Cadalso de los Vidrios, adquirió reses a los Herederos de don Vicente Martínez y formó su ganadería. Posteriormente, tras su muerte, siguió con la ganadería su hijo don Paulino Alcázar. Hacia el año 1920, don Genaro Quintas Barrios compró un lote de 80 vacas de Valle, las cuales medio desaparecieron durante la Guerra Civil, quedando sólo 15 de ellas. En 1942 don Alfredo Quintas Sancho compra un lote de 40 vacas y un semental, 'Lagarto', de capa ensabanada en colorado, a don Paulino Alcázar, de origen Martínez. Posteriormente se elimina todo lo procedente de Valle quedando sólo las vacas de origen Martínez. Además, compra al mismo ganadero otro lote de 20 vacas y el semental 'Perezoso', de capa negra. En 1945, compra un lote de 10 vacas de la escusa, de origen Albaserrada, al mayoral y administrador de Escudero Calvo, y otro lote de 10 vacas de procedencia don Domingo de Arce.

En 1951, don Alfredo Quintas ingresa como socio fundador en la Asociación de Ganaderías de Lidia. De 1945 a 1955 los sementales de la ganadería Quintas proceden de las vacas de origen Martínez. En 1955 prueba con un semental del cruce Albaserrada-Martínez, obteniendo resultados desfavorables para el ganadero. En 1962 elimina todo lo procedente de ese cruce y compra el semental 'Cordobés', un berrendo en negro de D. Manuel Sánchez Cobaleda, de encaste Vega-Villar. Este toro cubrió durante cinco años ligando muy bien con las vacas y obteniendo grandes resultados. Desde entonces hasta la actualidad, la ganadería Quintas cubre sus vacas con sementales de la propia ganadería, aunque en 1993 compraron un toro de Montalvo (de la línea de Martínez) para refrescar la sangre. En 1999 la ganadería pasa a los nietos, que la mantienen actualmente conservando el origen berrendo de los toros de don Vicente.


Fernando Estévez Silva; casta y bravura berrenda. El triunfo de la suerte de varas.
Novillero en su juventud, Fernando destacó en las plazas por la 'Suerte de la Garrocha', que ejecutaba a la perfección. Temperamental, pero noble ante todo, llegó a partirse literalmente la cara con José Corbacho por hacerle la tapia a una vaca de Victorino. En aquellos años, los maletillas, además de hambre y ampollas en los pies, compartían rivalidad en el ruedo pero amistad por los caminos. Ninguno llegaría a ser figura del toreo, pero ambos supieron satisfacer con creces su afición.

Muchos años después de aquellas anécdotas de juventud, Fernando se ganaba la vida trabajando de sol a sol en su pequeña empresa de construcción, montado sobre la hormigonera que serviría para cimentar su ganadería.

Por casualidad y casi sin saberlo, a principios de los ochenta, Fernando Silva compró un lote de vacas y toros de distintas procedencias a un tratante de ganado. Eran sus primeros pasos como ganadero. Entre ese lote de vacas estaban algunas de pinta berrenda, provenientes de la extinta ganadería de 'La Barrera', de Alfredo Quintas, descendientes del mítico 'Español', y que había comprado para correrlas en los festejos populares de la zona, que organizaba como empresario taurino. Vaca tras vaca, y a medida que se iban lidiando, comprobaba las extraordinarias cualidades de aquellas berrendas, de lámina antigua y carácter recio. Cuando apenas contaba unas cuantas cabezas, y tras alguna oferta de compra por parte de Victorino Martín, decidió añadirlas al joven hierro de Jara del Retamar, que acababa de crear con reses de José Ortega, manteniendo los dos encastes por separado bajo el mismo hierro.

Treinta años de trabajo y una rigurosa selección en la tienta multiplicaron aquellas pocas vacas, hasta superar el medio centenar, número en el que oscila la punta de vacas de la ganadería. Hoy, los toros berrendos de Silva, son casi tan conocidos y demandados como los de Vicente Martínez, y muy cotizados en los festejos populares.

Abundan en ellos características del toro más primigenio. Rasgos en la morfología y en el comportamiento. Bastos de cabos, fuertes de pezuñas, y apretados de hechuras. Tienen una lámina antigua, como las de los Tratados de Goya, rematada por unas astas toscas, desde la punta hasta la cepa, en tonos terrosos y acaramelados. Durante la lidia, como el jijón original, son vivos, bruscos y resistentes, con genio y sentido, que, como ocurrió siglos atrás, les han dado fama de duros.

Pastan en 'Zagalvientillo', una dehesa mágica de la que cuentan los ancianos del lugar, que hasta las gallinas y los cochinos se vuelven bravíos cuando se sueltan ahí. Un encinar milenario en el que, según alguna leyenda, está enterrado Viriato, entre escobas y retamas, entre peñas y lomas... en una dehesa vieja, que guardará para siempre el secreto de la bravura que Fernando se llevó con él.
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