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¿Dónde van los toros indultados?
(Foto: Abc)

¿Dónde van los toros indultados?

El buenismo le está comiendo la oreja al pensamiento taurino, tantas veces acomplejado. El perdón de la vida a la bravura era algo histórico y emocionalmente inolvidable. Era excepción y no rutina. El problema de toda esta fiesta es la devaluación del premio.

jueves 13 de octubre de 2016, 18:40h
Vivimos en el lifestyle de la facilidad y del derecho a todo sin obligaciones. Donde se exige el máximo desde ya y sin pegar palo al agua, con el convencimiento de que merecemos más y mejor o de que tienen que solucionarnos la vida los demás. Donde a pesar de la desinformación y la incultura se tiene más interés en hacer oír la opinión propia (y si es trending topic, ya sí que a vivir del cuento) que en aprender. Pues bien, en esta órbita social los toros indultados (algunos) acaban en el matadero.

Lo malo es que esa misma corriente inmoral y poco esforzada de la demagogia y el buenismo le está comiendo la oreja al pensamiento taurino, a veces obsoleto y tantas veces acomplejado. Y por eso, ésta es la temporada en que el indulto se ha convertido en una moda: porque indultar es bueno. Sobre todo para los implicados. Es bueno para gritar que no siempre se matan los toros. Es un buen spot publicitario para el ganadero. Es bueno para el torero por la difusión de lo acontecido y porque evita el trago de la espada, donde tantas veces vuelan los trofeos. Y es bueno para el empresario, por el realce y porque se lo ahorra.

El problema de toda esta fiesta es la devaluación del premio. El perdón de la vida a la bravura sin lisonjas ni contemplaciones era algo histórico y emocionalmente inolvidable, como sucediera con Belador (Madrid, 1982), Arrojado (Sevilla, 2011) o Cobradiezmos (Sevilla, 2016). Era excepción y no rutina. Era el regreso con honores de monarca a un horizonte eterno de encinas, al aroma áspero y soterrado de la jara, a un aura de tintineos, reburdeos, berreos y bramidos. Aún así, incluso en aquellos casos de delirio colectivo, los más puristas aficionados de carné cuestionaban esa recompensa excepcional por excesiva, argumentando con sentencias catedralicias (horror) y a expensas de su propio ego los defectos en la lidia y la embestida (¡ay si Luis Miguel –Dominguín- levantara la cabeza!). No procedía entonces ser más papistas que el papa, con esa lacra taurina de autorreafirmarse a expensas de la crítica feroz, en vez de celebrar un buen par de varas en lo alto cuando el bravo se fija, galopa, aprieta y se compromete o la acometida tras los vuelos del que se hace sangre en el morro de arrastrarlo por el suelo. En las antípodas está lo que sucede ahora, donde el 2016 puede pasar a la historia porque cerca ha estado de indultarse una res por feria (y las que se han quedado con las ganas). Y aunque esto implica que han embestido muchos toros y se ha calentado el ambiente, recordemos que la vuelta al ruedo ya es un pedazo de reconocimiento a un pedazo de toro.

Teniendo en cuenta la evolución del toreo y su carácter de efímero, subjetivo y pasional, es absurdo comparar y debatir lo que sucediera hace años o aquello que no se vivió y nos lo contaron. Pero no matar un toro en la plaza, por principios y en todas las épocas, obligatoriamente debería deparar al redimido lujos de dehesa gourmet. Sin embargo, cuando el ganadero en off dice que gracias pero no, que antanas de que vuelva a la finca para echárselo a las vacas, algo falla. Y encima no lo cobra. Esconder el estoque en la plaza para sacar la puntilla en el matadero (metafórica o real) o mostrar al toro en un cercado como un souvenir porque al dueño no le parece digno de alardes genéticos, es un paripé tal que nos pone a la altura la estupidez animalista. Sinrazón la del animalismo como patología, que debemos rebatir con nuestros argumentos, no con los suyos.

En definitiva, sentido común, criterio y buena voluntad.
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