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La familia Dominguín
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La familia Dominguín

Dejarse la vida o la próxima temporada

En la tauromaquia está todo inventado. Hasta las palizas, que se hicieron eslogan con el llevarás luto por mí. Y también, como ahora verán, el coaching.

miércoles 09 de noviembre de 2016, 19:24h
Concluía la Feria de Otoño al borde del colapso: de tres toreros tres, de nombres Román, Curro y José que vivieron en vilo, en volandas, en tormento. De quienes tanto y todo se ha dicho. Porque el diluvio hormonal por hacerse un hueco en las ferias se sobrepuso al terror de los pitones como dagas, que igual buscaban el glúteo, que la ingle o el pescuezo. Y porque son tres de los posicionados con ganas de pelea para el 2017. También El Pilar llegaba a su fin y Padilla, con una entrega no sé si impulsiva o meditada, pero si recíproca con la devoción del tendido, era arrollado a la puerta de chiqueros. El traumatismo en la órbita vacía, los peores presagios, los más temerosos recuerdos se disolvían mientras el Ciclón de Jerez estallaba con el sexto Cuvillo de aquella tarde.

Sin embargo, señores, en la tauromaquia está todo inventado. Hasta las palizas, que se hicieron eslogan con el llevarás luto por mí. Y también, como ahora verán, el coaching.

Contaba Pepe Dominguín, el mediano de los Dominguines, con el país aún sumido en el duelo y quebranto de la postguerra, cómo su hermano mayor, Domingo, y él mismo persistían en la obstinación de ser toreros. Luis Miguel también, pero al ser más pequeño, por entonces resultaba menos decisivo. Regresaban de un periplo que duró varios años, donde la familia al completo y algunos allegados recorrieron paralelos y meridianos escapando de aquella España sangrienta, amenazante y dividida. El know how fue el instinto, la valentía y la ambición de la figura paterna, prototipo de CEO por liderazgo, carisma y emprendimiento, quien para ello trazó un mapa de incertidumbre a la demanda, con pocas ideas preconcebidas. Cuba, Nueva York, México, Colombia, Venezuela o Lisboa fueron destinos exóticos y vacilantes, países anfitriones que acogieron a aquella prole que llegaba con una mano delante y otra detrás. Donde cada día traía una lección de flexibilidad, aprendizaje y supervivencia. A cambio, la pluralidad meteórica y cosmopolita marcaría para siempre el estilo de vida del clan de Quismondo. Consecuentemente y con una cantidad parecida de peripecias y estrecheces a las espaldas, la meta de los hermanos toreros de regreso a la madre patria era de lo más práctico: buscaban éxito y dinero, sin adornos. Y para ello no escatimarían ni esfuerzos ni responsabilidades.

En esta tesitura llegó el compromiso esperado e ineludible de vérselas con la cátedra de Madrid. El objetivo y la oportunidad se encerraban en una novillada de Cobaleda, apartada en dehesas yermas, caquéctica, retratada como un esqueleto que sostenía un pellejo, fenotipo de la hambruna. Pese a ser lo más decente que el padre y mentor pudieron elegir, el comportamiento previsible y proporcional deslució la presentación de los muchachos.

El asunto no podía zanjarse con resultado aséptico y disgusto familiar, por lo que el astuto patriarca se apresuró a renegociar la revancha: obligatoria y en caliente. Y fue así cómo la estrategia convenció a expensas de la variable emocional, alcanzando rango de elegía: pactó que sus hijos, aún novilleros y acompañados por Morenito de Valencia, estoquearían una corrida de Miura que aguardaba en los corrales venteños.

El precio de la apuesta sobrevino en calvario para el instigador: alentador y seguro en la arenga, insomne en la conciencia hasta el día de marras. Los actuantes, como con tantas otras propuestas descabelladas de índole paterna, consintieron febriles en el veredicto de quien parecía poderlo todo, respondiendo con el ambiente en contra y resolviendo la papeleta dignamente. La doctrina y la ósmosis paternas habían definido una actitud vital precisa (aunque posteriormente los derroteros fueran otros), con un norte inamovible: el leitmotiv de que el toreo era la única forma de despiojarse y de ser alguien, y por tanto, podía pasar cualquier cosa menos fracasar.

Y con bríos de ese calibre apunta la nueva temporada, que se plantea bastante interesante.
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