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Aquella corrida de toros que casi sucedió en Cuba
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Aquella corrida de toros que casi sucedió en Cuba

Propuesta de Domingo Dominguín de celebrar una "exhibición taurina".

miércoles 30 de noviembre de 2016, 18:01h
La pasada semana ha sido sacudida por un terremoto de noticias. En el top de la escala de Richter estuvo el fallecimiento de Fidel Castro, a quien tantos consideran de análisis complejo por aquello de que no existen verdades absolutas, de que las personas no somos buenas ni malas, o somos lo uno para algunos y lo otro para los demás, dependiendo de aquellas situaciones, buscadas o sobrevenidas, en que a cada uno coloque la vida. En cualquier caso, sólo conozco cubanos que tuvieron que abandonar la isla por la puerta de atrás buscando libertad y una vida plena.

No conocieron la Cuba de Fidel los Dominguines, cuando en 1940, ante la España menguada de la postguerra se aventuraron a hacer las Américas taurinas. En el horizonte imaginario se vislumbraban los ruedos de Perú, Venezuela, Colombia o Ecuador, porque sólido no había nada: ni contactos ni contratos. Con el México coetáneo los platos rotos, en plena beligerancia burocrática por falta de diálogo y acuerdo. Era el tiempo en que en la isla se vivía como los Hamptons en cuanto a destino vacacional y recreo de fin de semana para americanos pudientes, quienes despegaban y/o zarpaban desde Miami. También fue el momento que el género humano más mezquino aprovechó para mercadear y lucrarse a expensas del exotismo, color y ritmo caribeños. De aquellos barros, probablemente vendrían parte de los posteriores lodos.

En La Habana desenfadada y jaranera, desembarcaba un equipo de doce, que incluía toreros (los tres hermanos Dominguín), banderilleros (Rafaelillo, Pedrín y Ballesteros), picador (Manolo El Aldeano), mozo de espadas-administrador (Chocolate), al patriarca y apoderado y a las mujeres de la familia. Y por supuesto, vestidos, trastos y un esportón de sueños y espadas. Una auténtica tropa en una circunstancia casi de epopeya. Encontraron acomodo y despacho mercantil en el Ritz, que como los apellidos venidos a menos, sólo debía tener de ilustre y exclusivo el nombre, excepción destartalada al lujo de la marca. Allí comenzaron los trámites de oficina, en unas negociaciones que se adivinan bastante escuetas: cartel fraterno, con pocas exigencias en cuanto a hierros y fechas. Fue así, en el trajín empresarial, como conocieron al catalán Jaime Mariné, uno de los hombres fundamentales al timón de los designios cubanos de la época. Y Mariné, en un intento de innovar y sorprender a la creciente demanda turística, apoyó la propuesta de Domingo padre de celebrar una exhibición taurina. El acontecimiento, perfectamente planificado, se desarrollaría en una plaza instalada en un estadio de béisbol y los toros serían importados de México. El marketing desde prensa y radio y los trajes de luces tropicalizados decorando escaparates, fueron taurinizando el ambiente. Sin embargo, con los mismos argumentos tibios ahora tan de moda y en una decisión peripatética, teniendo en cuenta el posterior devenir del país, finalmente el gobierno no consintió el espectáculo. Así que no hubo corrida de toros en La Habana.

Se sucedían semanas de muchas gestiones pero ningún ingreso. La mera subsistencia era obra y gracia de Antonio Abril, hermano español de la Orden de San Juan de Dios. Antonio El Curita, encargado de las cuentas de la congregación, predicaba con el ejemplo de la caridad: prestando dinero a la dinastía, que estaba tiesa, a expensas de la hucha de la orden. Un sinvivir, porque la devolución se alargaba y amenazaba la visita de jerarquías superiores para pedir cuentas, con el riesgo de descubrir el tejemaneje. Finalmente, un giro postal casi milagroso se celebró como señal de que las plegarias habían sido escuchadas y en las arcas clericales no pasó nada.

El uno de enero de 1941 los toreros pisaban tierra panameña, desde donde partirían unos días más tarde para debutar en Lima la víspera de Reyes. Los periplos y enseñanzas correspondientes, que sólo en parte imaginan, pueden encontrarlos en la biografía Mi gente. Chicha y literatura para rato, cuando la actualidad taurina lo ponga en suerte.
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