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Culpas y culpables

Culpas y culpables

Vitoria sin toros. ¿Toda la culpa es de los políticos? El verdadero responsable de la desaparición de los toros en Vitoria es el señor que ha programado festejos absurdos y sin razón de ser durante años. Carteles de relleno, toros sin gracia ni chicha ni limoná...

Por Íñigo Martín Apoita
jueves 15 de diciembre de 2016, 17:54h
Podemos pasar las horas acusando a los políticos de chándal y zapatillas de monte de cerrar las plazas y exterminar la afición a los toros. Mirar a otro lado, culpar a unos pobres tontos que se dan importancia por ser alcaldes o concejales, eximir de responsabilidad a quienes verdaderamente la tienen. Pero explíquenme ustedes qué ganamos con eso. Si realmente frenamos la decadencia que nos hunde a golpe de cerrojazo.

Nada de eso. Y ya es hora, señores, señoras y señoritas, de despertar. Llevo tanto tiempo escribiendo que un cambio se antoja imprescindible que me produce cierta vergüenza insistir en el mismo tema como quien se ve obligado a escribir un artículo y rescata uno de años anteriores para cambiar cuatro palabras y colarlo en la redacción. Así que ruego disculpen la pasión con la que exigiré culpables.

Miren. El verdadero responsable de la desaparición de los toros en Vitoria es el señor que ha programado festejos absurdos y sin razón de ser durante años. Ese señor que ha organizado corridas populistas, sin alicientes o simplemente malas, que se han saldado con entradas irrisorias y un déficit inasumible en taquilla. Y claro, el empresario que pierde dinero sube los precios. A pesar de que evidentemente ello conlleve una caída -aún mayor- de público.

Esta es la historia: cuando explota la burbuja Manolo está preocupado por llegar a fin de mes y pagar el préstamo del Maserati. Le han echado de la constructora donde trabajaba dos horas al día y tomaba café por las restantes, se ha apuntado al paro y teme perder hasta su propia casa. Su casa, esa que ha visto suya y de la que jamás se ha imaginado podría ser expulsado. Manolo, gracias al sueldo de Manoli, se las apaña para ver una corrida de toros al año, más en plan solana y calimocho que sombra y gintonic. Y entretanto llega el señor empresario para anunciar la feria próxima: carteles de relleno, toros sin gracia ni chicha ni limoná, toreros de bluf, de puf, de nah. Manolo decide guardarse las pelas para ir un día al fútbol, que el Alavés ya ha vuelto a primera y eso es todo un acontecimiento. Y al año siguiente los carteles de su feria de la Virgen Blanca son la misma mierda con precios más caros. Porque no sabía Manolo que, al no ir él, 50 pasarían a 55 y sus 15 a 20. Y 20 euros ya no son 15. El cambio de 15 euros da para el calimocho, pero para Manolo no hay cambio de 20. Billete a cambio de papeleta. Muy caro. Depresivo.

Y otros tantos como Manolo. Tantas y tantas personas que dejan de ir a las plazas por los carteles cutres plagados de cambios de cromos (¡eso es usar una plaza y a una afición, y es imperdonable!) y se retiran definitivamente por los precios exagerados. Culpable el empresario y culpables los toreros que permiten ganar sueldos de espanto a costa de que el ganadero pierda dinero criando toro bravo y el aficionado marche de la plaza queriendo olvidar la bazofia que ha visto. Culpable el ganadero que desmocha a sus toros y culpable el periodista que esconde la verdad edulcorando la mentira. Culpable el político que descabella la tauromaquia enarbolando la bandera de la libertad, la defensa animal y demás patrañas que casan perfectamente con nuestra fiesta. Y, por último, culpable el aficionado que cierra los ojos para todo lo importante y los abre para lo accesorio, que se queda con el fenómeno del nóumeno, que decora la mierda y la esconde en el fondo. Sabe Manolo que una mierda rebozada en púrpura sigue siendo una mierda.
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