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Si la gastronomía fuera un arte, ¿qué serían los cocineros?
(Foto: Juan Pelegrín para Las-Ventas.com)

Si la gastronomía fuera un arte, ¿qué serían los cocineros?

Respecto a la Medalla concedida a El Juli. La Tauromaquia es una disciplina artística, con lo cual y obligatoriamente, todos los toreros son artistas. Así, más allá del que se arrima o el que se despega, de lo natural y lo forzado... Se está distinguiendo la Tauromaquia como cultura.

jueves 29 de diciembre de 2016, 17:23h
Todos los santos tienen octava, y la concesión de la Medalla de Oro de las Bellas Artes a Julián López Escobar por lo visto, también. Aunque me ha parecido que la noticia ha tenido poca repercusión, ha desatado rápidamente la división de opiniones twittera. Cómo no. Con la consiguiente indigestión e indignación taurina de quienes no consideran a Julián, precisamente, el máximo exponente del arte.

En 2011 celebrábamos, tras años lucha y cacareo mediático, que la tauromaquia dejase de ser competencia del Ministerio del Interior y pasara a serlo del de Cultura. Por ser entendida y porque queríamos venderla como lo que es: una disciplina artística. Con lo cual, y obligatoriamente, en la globalidad y a efectos de lenguaje universal todos los toreros son artistas. A partir de aquí, las batallitas dialécticas sobre el grado o cantidad de arte de cada uno de ellos debería quedar de puertas taurinas para dentro. Para las sobremesas tempranas del invierno que huelen a lumbre, a hielo y al comino y pimentón de las patatas de herradero. Para los diagnósticos de barra de bar donde se soluciona el toreo, que se recuerda y se revive en el paladar y en la lengua, entre el cuerpo del tinto y el jamoncito bueno. Para las vehemencias fieles, devotas, exclusivas y excluyentes del tendido.

Históricamente, y sin remedio, así somos los taurinos: de los de endorfinas o de los de testosterona, de Pepe Hillo o de Costillares, de Frascuelo o de Lagartijo, de El Gallo o de Belmonte, de Luis Miguel o de Antonio Ordóñez, de El Viti o de Camino (con permiso de Diego Puerta), de Robles o de Capea… competitividades míticas que si fueron acertadas como aliciente porque espolearon al patio de cuadrillas y a la afición, no debieron serlo como coaccionantes del disfrute. Aquello de que "al buen aficionado le caben muchos toreros en la cabeza" tiene tanto de tópico como de verdad.

Más allá del que se arrima o el que se despega, de lo espontáneo y lo premeditado, del que se cruza y se coloca de frente o el que está fuera de cacho, del pico, de la muleta grande o chica, adelantada o retrasada, del que puede o el que anda al retortero, de la técnica y el oficio, de la inteligencia, del valor, de la gracia, de lo innato, de lo hondo y lo superficial, de lo natural y lo forzado, del temple… se está distinguiendo la tauromaquia como cultura y se está premiando a una figura. Ojalá (y ya veremos que sucede si cambia el signo político de este país) cada año se reconozca a un torero como artista y entre artistas. Para que el toreo pese y se normalice como arte. Para que, por ejemplo, tantas librerías se dejen de postureos y vuelvan a mostrar libros taurinos en sus escaparates, sin prejuicios. Y porque de esta forma gana el toreo.

Así que dejen el romanticismo, el rasgarse las vestiduras, las dignidades y corsés para los debates pasionales, con o sin razón, pero entre taurinos. ¿Por qué dar imagen de lo contrario cuando nuestros vínculos son más fuertes que nuestras discrepancias? Aunque también es muy taurino (y antiguo) eso de buscar notoriedad a costa de estridencias.
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