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Entre Ronda y Salamanca hay más que Valero de la Sierra

La afición de tantos pueblos del corazón del campo charro, de las comarcas de Vitigudino o Ledesma, de la socampana de Ciudad Rodrigo, Alba de Tormes... donde la fiesta gira en torno al toro y cada toro es una fiesta que se vive en la calle.

Por Beatriz Montejo
jueves 26 de enero de 2017, 10:59h
Entre Ronda y Salamanca hay más que Valero de la Sierra
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Salamanca sobrevive de la renta taurina de dehesa, tradición y cuernocracia, pero explota poco la afición de a pie. Esa de tantos pueblos del corazón del campo charro, de las comarcas de Vitigudino o Ledesma, de la socampana de Ciudad Rodrigo, Alba de Tormes, Peñaranda o Macotera, de Las Arribes del Duero o de la Sierra de Francia, donde la fiesta gira en torno al toro y cada toro es una fiesta que se vive en la calle y en la era, en encierros a caballo y a pie, en desencierros, capeas y toros de cajón. En plazas de andamios que se encajan como un tetris en la plaza del pueblo, donde tiene más peligro el anciano sintroneao haciendo malabares al filo de la tabla (ay si la hipoglucemia, el vértigo o la hipotensión) con la falsa impunidad hipotéticamente alcanzada tras una vida de malabares recogiendo cerezas, que quien se juega los cuartos con el bicho negro. En plazas portátiles, de carros o con un árbol anárquico en medio del ruedo. En tantas construcciones identitarias en las faldas de la sierra, donde la piedra enmohecida se convierte en raíces, en alma y en historia desafiando por igual a años, carámbanos y cierzos.

En tierras de Castilla, el pistoletazo de salida a la temporada suena cada año en Valero de la Sierra cuando aún sobrevivimos al brindis, resaca, pandereta y polvorón sin tregua. Mientras, en el sosiego helado del campo a la par estojan los días y los becerros, y lo provisional se convierte en definitivo, lo pueril en adulto, porque todavía por ahora se cambian los crotales por el pellejo grabado a fuego con marcas y guarismos, en la anatomía derecha del costillar, la paletilla y la solana.

Si en el 2009 fue su hermano Francisco, será Cayetano quien el próximo 29 de enero haga el paseíllo en esta plaza tempranera con reses del mismo hierro (Hermanos García Jiménez). Y la dinastía de los Ordoñez-Rivera por estas tierras rescata del recuerdo a dos personalidades salmantinas.

Uno de ellos es Juan Mari García, una institución sobre el caballo y un caballero a pie. Por profesional, vivencias, modales y pintón. Nació en Robliza de Cojos, ese cogollo que reúne a su alrededor verdaderas estirpes de picadores: los mismos García, los Cenizo, los Rivas o los Herrero. Al estilo de estas sagas, fue dentro de las lindes de San Fernando y a las órdenes de AP, donde su padre se ganó el respeto como los mayorales buenos y a él le salieron los dientes encima del caballo. Y aprendió a colocarlo con la mano y la espuela izquierdas, a echar el palo, a enganchar al toro en lo alto sin dejarlo llegar a la montura, a sujetarlo. Y así, Juan Mari, quien había estado en las cuadrillas de Antonio Ordoñez y Francisco Rivera Paquirri, decía adiós como el señor que es a José Miguel Arroyo motivado únicamente por el romanticismo de acompañar a la tercera generación, los hermanos Rivera Ordóñez.

El otro es José Manuel Regalado, natural de San Muñoz, con dominios taurinos geográficos similares, sólo separado de Robliza por unos pocos kilómetros. Profesor de literatura jubilado, ejerce ahora de poeta, rapsoda, enciclopédico, tauromáquico. Es una inversión en la generación del 27. Le dices una palabra y te espeta un chascarrillo o un endecasílabo (taurino) reseteado en el disco duro. Provocaría división de opiniones entre sabiduría y discreción, puro fondo de armario en letras sin pedantería, ni fachada ni roneo. Entre tanto legado, su Antología poética reitera y complementa las de Cossío y Mariano Roldán, porque como el mismo retrata la sombra del toro ha recorrido las letras españolas. Su vinculación fue primero literaria (por tratarse de uno de sus primeros destinos profesionales) y con Ronda, plaza de piedra de los toreros machos, que cantara Fernando Villalón. Y como tantas veces sucediera en la historia, surgió el nexo desde entendimiento y la admiración, desde el verso que late y los vuelos del capote que se mece despacito, entre Regalado y Antonio Ordóñez. Un hilo conductor tan recio y auténtico como la propia Ruta de la Plata. Y bastante menos sobado que la mediática y glamourosa chifladura de Hemingway con el hijo del Niño de la Palma.
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