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La Tauromaquia escrita como lección de vida
(Foto: Juan Pelegrín para Las-Ventas.com)

La Tauromaquia escrita como lección de vida

El relato “Tabaco y negro”, dentro del volumen Estaciones de paso (Almudena Grandes, 2005), narra el paso de la adolescencia a la primera juventud de Paloma. La afición a los toros sirve como hilo conductor para mostrar una de las relaciones más puras entre los seres humanos: la de un abuelo con su nieta.

viernes 17 de febrero de 2017, 10:16h
Llevar la Tauromaquia al campo de la ficción es una tarea de difícil realización. Casi imposible. El error más común es caer en los tópicos que retroalimentan el discurso taurino pero que no suponen un avance en la creación artística. Podría afirmarse que, por norma general, la literatura y el cine que toman a los toros como tema principal aportan lo mismo que el monoencaste a una feria de primera categoría: la luz justa a un sendero que ha sido transitado en infinitas ocasiones.

Un ejemplo reciente que se salva de este juicio inquisidor es el relato “Tabaco y negro” del libro Estaciones de paso (Almudena Grandes, 2005). La autora presenta la historia de Paloma, nieta de Manolo Martín, un sastre de toreros que adivina el color del traje de luces de los matadores con solo mirarlos a los ojos. La joven acompaña a su abuelo a la Feria de San Isidro y desde niña destaca por ser una aficionada exigente. Esta relación se ve truncada por la muerte del abuelo y la mala situación económica de la familia –el padre de la muchacha no hereda la habilidad del fallecido–, lo que obliga a Paloma a trabajar en una tienda de ropa de lujo del barrio de Salamanca. Allí descubre un mundo lleno de superficialidad que contrasta con la verdad de la Fiesta, por lo que regresa a su casa para continuar con la tradición del negocio familiar. Este es, a grandes rasgos, el argumento de un cuento que guarda, al menos, tres valiosas enseñanzas.

El don del abuelo tiene su origen en una afirmación que recorre todo el texto: “ver no es lo mismo que mirar, y al mirar, no todas las personas ven lo mismo”. Una tarde descubre a Paloma viendo el resumen de una corrida por la televisión. Al día siguiente, cuando van juntos por primera vez a Las Ventas, ella mira la corrida y aprehende el mundo a través de ella. Nótese la diferencia entre ver la caja tonta y mirar el dibujo que la muleta traza en el albero. Ya lo canta La Maravillosa Orquesta del Alcohol en una de sus canciones: “se puede perder la vista, pero nunca la mirada”. Esta es la primera lección para el lector.

Lo que ocurre en la plaza se traslada al resto de situaciones de la vida cotidiana. Si Paloma es capaz de descubrir al torero que en la arena evita el riesgo al alejar al toro con su muleta, también identifica cómo su jefe engaña a sus clientas cuando dice de él que “estaba toreando con el pico, pero el público era de sol, y el ganado metía muy bien la cabeza”. La Tauromaquia se presenta así como un entrenamiento para el aficionado que, cuando sale al mundo exterior, distingue entre la verdad y la mentira en cualquier situación diaria. Esta es la segunda lección.

La presencia de la muerte a lo largo de la historia está conectada con la relación entre el abuelo y la nieta y, por supuesto, con la de ambos con los toros. Las milagrosas recuperaciones de varios matadores en las últimas temporadas alejaron, en cierto modo, el fantasma de la última tarde presente en cada festejo. La muerte de Víctor Barrio ha reavivado el riesgo que jamás debió cuestionarse y del que Almudena Grandes no se olvida en su relato: “un toro pesa seiscientos kilos, y tiene dos pitones duros y afilados que terminan en punta, que pueden matar”. Si la Fiesta es íntegra y el respeto al toro es máximo, la muerte es una compañera de viaje más del torero. Cada uno de los espadas que entra en la sastrería va con ella en sus ojos. En cada movimiento, en cada pestañeo, en cada respiración. Esta es la tercera lección.

Todo aquel que se haya acercado a “Tabaco y negro” o lo vaya a hacer en un futuro obtendrá una lectura particular del texto. Pero su riqueza reside en las advertencias que, a través del dolor, recrea la narradora. Las últimas palabras del abuelo, el gran sabio de estas páginas, recuerdan la necesidad de la Fiesta como lección imprescindible para la vida, porque “no hay nada en el mundo que se pueda comparar con esto. Nada. En el mundo. Nada”.
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