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Adrián: un nombre y una doble lección

Adrián: un nombre y una doble lección

El niño valiente que nos dejó hace una semana.

sábado 15 de abril de 2017, 13:29h
En los hospitales huele a acero y a lejía. A mí me gusta, pero entiendo que los ajenos a este mundo se solivianten por ansiedad anticipatoria. Convivimos con el sufrimiento y el alivio. Cuantos problemas y tantas soluciones. Porque creemos y nos acostumbramos a que casi todo la tiene. Y efectivamente es así: el casi rellena la parte medio vacía del vaso, también en medicina.

Adrián fue uno de esos niños que normalizan el ir al cole en el hospital, el recibir atados a un pie de gotero la visita de los Reyes Magos la tarde del 5 de enero, que los macarrones no sepan a nada, o que recambiar un acceso venoso o acribillarles a analíticas, resonancias magnéticas y biopsias sea una batallita más de Peppa Pig. Esa es la lección vital de los pacientes pediátricos, quienes transforman su problema en algo cotidiano, como lo es para sus compañeros ir a clase de inglés o jugar en la liga escolar futbolera los sábados por la mañana. Un comportamiento ejemplar y desgarrador por igual, considerando como reaccionamos los adultos ante el miedo a pasarlo mal: ni en Adrián ni en tantos otros vimos un reproche o una mala cara. Qué coraje.

El sarcoma de Ewing se popularizó al tiempo que el hashtag #Adriantevasacurar se hacía viral, sacudiendo de forma paralela conciencias y miserias. Fuimos testigos de un diagnóstico que pesa como la espada de Damocles, encerrando una neoplasia maligna agresiva, que requiere una lucha y un tratamiento proporcionalmente titánicos a fondo perdido. Asistimos a la segunda enseñanza: cómo las ilusiones taurinas fueron válvula de escape del sufrimiento impuesto y aleatorio del niño torero y valiente de España. Cómo el pronóstico de una emotiva tarde de toros mitigaba esa lotería que es una enfermedad larga y grave en la gente buena. Más inexplicable e inentendible aún en un churumbel.

Igual que con la muerte de Víctor (Barrio), otra vez dos bandos: el de la solidaridad y la esperanza, como un bálsamo para cumplir un sueño con música de puerta grande, en un camino de caro peaje sin garantías de recompensa al final del trayecto. El otro, el de hiel, el sórdido, el del incivismo, el de los deseos y sentimientos tóxicos argumentados en ¿principios? flácidos, llenos de fisuras. La defensa de lo indefendible en el fondo y en la forma. El autorretratarse en la permisividad de los 140 caracteres de marras y su onda expansiva.

El desenlace llegaba hace apenas una semana, con el descanso para el enfermo y su familia, después de ingresos, desvelos, incertidumbres. Aunque tan doloroso para los suyos que parece una contradicción. Sin consuelo tampoco para quienes se permitieron añadir tormento gratuito, porque el daño no se amortiza y hace difícil la más exigente de las convivencias: la imprescindible con uno mismo.

Que Dios lo tenga en la palma de su mano.
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