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'Dejarlo escrito'

"Dejarlo escrito"

Eso decía D. Antonio Bienvenida, que no había excusa, al toro bueno había que cuajarlo… “Dejarlo escrito”. Antonio se mojaba. En 1953 denunció el afeitado, algo que el sector no le perdonó jamás. Se le echa de menos a él y a sus enriquecedoras lecciones. Es probable que algunas cosas del toreo actual le entristecieran.

viernes 22 de septiembre de 2017, 13:40h
'Dejarlo escrito'
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(Foto: Felipe Garrigues con Antonio Bienvenida)
Eso decía D. Antonio Bienvenida, que no había excusa, al toro bueno había que cuajarlo… “Dejarlo escrito”. En letras de oro se supone. Podría redactar o narrar acerca de los toros hasta que se aburriera la última oveja del universo, pero me cuesta un montón hablar de Don Antonio. Quizá porque en esa maraña de recuerdos, vivencias taurinas y personales hay mucho “off the record”, cuando no confidencias que no tengo otro remedio que llevarme a la tumba… Ciertos tesoros que la vida te regala en tu adolescencia y primera juventud parece que quisieras conservarlos como un niño egoísta, sin compartirlos con los demás. Todo un privilegio.

Sería hace cincuenta años, o más. El colegio Alameda de Osuna celebraba una fiesta campera en la Chata Carabanchelera,la antigua Vista Alegre. Antonio toreaba un novillo y después soltaban una becerra para que hiciéramos un poco el indio los alumnos. Parece que fue ayer, Antonio se pegó un paseo por el callejón saludando al personal con su hija Paloma de la mano, que era entonces un mico. Me impactó su sonrisa y su flamante traje corto. Poco a poco, me fui haciendo amigo de sus hijos Ángel y Antonio- compañeros de clase- a frecuentar su domicilio en Generalísimo diez.

De otra parte, por razones familiares, yo había conocido también a la familia Dominguín Ordoñez. Aquellos personajes y su ambiente me encandilaron y estaba decidido. Quería probar, quería torear. Sus hijos le insistían: “a ver si llevas a Felipón (así me llamaba Antonio) a algún tentadero que dice tener afición”. Y la ocasión llegó. En el Jaral de La Mira frente al Valle de los Caídos, se celebraba una fiesta campera. Aparte de Antonio, estaban Andrés Vázquez y un montón de Girones, Curro, Efraín y sus hermanos más jóvenes que eran novilleros. No debió de darse tan mal la cosa pues a partir de ahí empezó a llevarme al campo, a Salamanca, a El Escorial en casa de Amelia Pérez, en Andalucía donde Prieto de La Cal, etc… A pesar de la diferencia de edad, la amistad se fue fraguando, incluyendo entrenamientos de salón y largas caminatas por La Pellejera, la finca de mis padres. El maestro Iba forrado de plásticos cual momia, para sudar hasta echar “el cardito fuera”, como le gustaba decir. Llevaba siempre una espada pesada de acero que también utilizaba en el campo, sin pinchar jamás, para que aquello tuviera más tersura. Lo contario a los tablones que vemos hoy a guisa de muleta

Aunque lo realmente maravilloso fueron aquellas larguísimas conversaciones de toros. En ocasiones nos acompañaba alguno de sus hijos o su amigo Pedro Beltrán, un furibundo Bienvenidista, un hombre muy culto, escritor y dramaturgo… Y otras muchas, mano a mano. Cuando le pareció oportuno me dejó intervenir, con hambrienta curiosidad, en unas reflexiones que él denominada de “Alta Tauromaquia”. Allí se analizaba a fondo capa pase y cada paso. Con un rigor extremo. Se estudiaba hasta el menor movimiento del toro o la vaca, signos evidentes de su condición. Rizando el rizo, matizando el matiz. Antonio era un enamorado del toro como no he visto a nadie, se fijaba en el más mínimo detalle. Hubiera sido un magnífico ganadero.

A pesar de no ser tan aficionado a la hípica, hacía muchas comparaciones sacadas de ese mundo. “Te has fijado con qué mano arranca a galopar la becerra…” Evidentemente era para ver si lo hacía a la mano o con el tranco cambiado, pues la resolución del pase era diferente. Todo esto lo pensaba mientras toreaba: “como se lo va a tragar aquí”, anticipando con su buena colocación el muletazo logrado. En este complicado ajedrez, los terrenos eran fundamentales, “por un metro o dos –decía- se te puede ir una faena”.

En aquel entonces ambos, toro y torero, se movían más. Cuando se empezaba una serie “había que pensar donde te vas a colocar para el tercer y cuarto muletazo”, dando siempre su sitio y su tiempo a la res: “Hay que pedirle el esfuerzo de la embestida en el momento adecuado…” ¡Igual que ahora que lo estrujan cual bayeta!…Siempre pensando en la conveniencia del toro, porque si grande era el torero lo era aún mayor el aficionado que anidaba en él y en esa esquizofrenia ganaba siempre el segundo. Por eso ponía de largo al caballo un toro que sabía no le iba a ayudar con la muleta, “porque me encanta verlo galopar”.

Antonio se mojaba, en 1953 denunció el afeitado, algo que el sector no le perdonó jamás. Esa temporada los toros en puntas empezaron a pegar cornadas y él salió ileso hasta El Pilar de Zaragoza donde un toro le hirió para su regocijo, pues no podía soportar ver compañeros heridos y él tan campante, después de la campaña que protagonizó.

Sin embargo quien no tuvo la fortuna de verlo torear en el campo no conoció al maestro en toda su dimensión. Era donde él se sentía libre sin los agobios de la plaza, sin avisos, con el tiempo necesario para sobar la res hasta que rompiera y sobre todo sin tener que entrar a matar, que era su cruz. Marcaba los tiempos perfectamente en el carretón, “pero no te fijes en lo que hago en la plaza”, ironizaba. Solía dejar unas medias estocadas habilidosas que bastaban, pero también pinchaba mucho.

Para saber cómo era el maestro basta una anécdota: en casa de Amelia Pérez, que era la sucursal de los Bienvenida en El Escorial, se había acabado el tentadero, no quedaba ni una vaca por tentar ni retentar. A José María, el hijo de Amelia se le ocurrió comentar que había un semental que estaba sin torear ¡En buena hora! –Dónde está, vamos a por él- exclamó Antonio mientras su hermano Ángel Luis (que lo pasaba mal hasta en los tentaderos) se echaba las manos a la cabeza. El toro tendría unos 450 kilos, no había picador y Antonio salió a pararlo ¡con la muleta! “Con la muleta no me coge”. Él se sentía más seguro con la pañosa. Tenía una asombrosa facilidad, un poderío suave. Admirador confeso de Domingo Ortega, supo andar a los toros con gracia y compás, siempre hacia adelante, ganándole el pitón y acariciando la embestida.

Era una maravilla verlo fajarse con aquellas jaboneras cuatreñas, astifinas como puñales con 180 kilos de canal en sus lomos, de Prieto de la Cal. Pocos lo harían ahora, que se arreglan hasta las becerras. Todas las Semanas Santas acudíamos a La Ruiza, finca cercana al pueblo de Niebla en Huelva, regada por el Río Tinto. Se tentaba mañana y tarde. Antonio, Pepe Limeño y yo mismo éramos los fijos de la casa y después venían otros invitados. Se creaba un buen ambiente no sólo taurino sino un poco de cuartel de reclutas o de colegio mayor. Menudas eran las cabronadas que les gastábamos a los nuevos, capitaneados por Limeño, que era un bicho graciosísimo. Por la noche le robábamos el cuaderno de notas a D. Tomás, que hacía unos comentarios pintorescos: Becerra nº 234, jabonera, brava en el caballo, torea Antonio, ¡muy mal!, vaca nº 123, brava, torea Felipe, ¡muy mal! y así sucesivamente. Las bromas eran compatibles con la seriedad en la plaza. En otra ocasión se le ocurrió a Antonio llamar a su amigo el pintor Romero Ressendi a las cuatro de la mañana, le dijo que estaba solo en casa y se había roto una pierna. Cuando acudió alarmado el susodicho pintor le recibió ¡bailando la jota!

Creo que se ha creado una imagen de Antonio Bienvenida algo distorsionada, con esa sonrisa profiden, que era una careta que utilizaba en defensa propia y para librarse de “mucho pelmaso. Se trataba más bien de un hombre temperamental capaz de cantarle las cuarenta al lucero del alba, y con retranca… Cuando explotaba era mejor meterse bajo tierra hasta que pasara el temporal. Nada menos que todo un hombre, que diría Unamuno. Siendo un clásico empedernido, aceptaba otras formas de torear -incluso antagónicas- siempre y cuando “se hicieran bien…”.

El último año de su vida -1975- se nos unió su sobrino Miguel. Aquello constituyó un revulsivo para Antonio, el pensar que la dinastía no moría, pero duró pocos meses pues Antonio nos dejaba en octubre de ese año. Miguel, que tenía el corte de la casa y era muy elegante toreando, vio truncado su aprendizaje aunque no me imagino a Antonio como apoderado, tan alejado del taurineo como estaba. Sus amigos provenían del mudo intelectual, el citado Perico Beltrán, Jaime de Armiñan, algún ganadero como los Graña de Perú… Únicamente Andrés Vázquez, con el que toreó varios mano a mano, frecuentaba de cuando en cuando su casa.

En tantos años jamás le oí hacer un comentario personal de ningún torero, ni un solo “chisme” del planeta de los toros. Odiaba eso. Antonio Ordóñez, al que traté aunque con menos intensidad, tampoco era muy partidario del cotilleo taurino y no digamos nada de Luis Miguel Dominguín, que echaba pestes del sector que -excepciones contadas- siempre ha sido muy falso, de abrazo de Judas por delante y navajada traicionera por la espalda. Si entonces había más y mejores taurinos, ¿qué hubieran dicho ahora estos maestros? Mejor ni pensarlo.

Su última corrida fue en octubre del 1974, con Curro Romero y Rafael de Paula, que inmortalizó su gran faena, y toros de Bohórquez. Dos días antes fuimos a casa de Alfonso Sánchez Fabrés. El ganadero había fallecido hacía poco y era su hijo Juan -cazador y furtivo empedernido- quien se hizo cargo de la ganadería, cambiando el rifle aún caliente por el cuaderno de notas. En vez de quedarnos a dormir en Salamanca, pues al otro día se tentaba un macho en La Glorieta, Antonio decidió volver a Madrid y regresar al otro día. La verdad es que le encantaba conducir, le relajaba, tumbando la aguja que era un primor. Se podía ir a los confines de la tierra para torear una sola becerra… “siempre con la herramienta en la mano” le gustaba decir.

El novillo/toro de Coquilla salió bravo en el caballo y correoso en la muleta, y la verdad es que el maestro tampoco se dio coba, toreando al día siguiente en Carabanchel. Los ganaderos lo habían aprobado pero Antonio no se percató, montó la espada y se fue por él. Un pinchacito de nada, ni para un análisis. A la vuelta sonreía “menos mal que ando así con la espada, si no vaya metedura de pata”.

El capote de paseo que utilizó Antonio en su última corrida tiene mucha historia. Un negro y azabache en seda de Damasco. Joselito El Gallo lo encargó a la muerte de su madre, junto a un vestido del mismo tono. Fallecido José en Talavera, el capote pasó a manos de Rafael, su hermano, quien lo acabó regalando a Bernardo Muñoz “Carnicerito”, un torero de Málaga a quien Gallito había prometido darle la alternativa pero no pudo ser. “Bailaor” se lo impidió. Bernardo fue un torero de poca relevancia pero muy aficionado al cante y al baile, y frecuentaba los “saraos” de ganaderos y toreros. Muy amigo de Antonio Ordóñez, éste le organizó un festival para sacarlo de sus apuros económicos y en agradecimiento regaló al rondeño el precioso capote de Joselito. Ordóñez jamás lo utilizó y por su amistad con su tocayo Bienvenida se lo obsequió a su vez en la primera despedida de Antonio en 1966, matando seis toros en Madrid. Bienvenida tampoco lo usó hasta su última corrida. Rafael de Paula, que a la sazón era yerno de Carnicerito, lo miraba y remiraba en el patio de cuadrillas, pensando quizá que él debería haber sido el destinatario final de aquél precioso capote…

Antonio Bienvenida ya no está entre nosotros hace más de cuarenta años. Desde entonces no ha transcurrido ni un solo día de mi vida sin recordarle, adivinando qué pensaría de tal o cual faena, torero o toro en particular. Se le echa de menos a él y sus enriquecedoras lecciones. Quizá sea mejor así. Su legado ha desaparecido. Es difícil llevar esa antorcha. Se bebió la vida a borbotones y murió con los botos puestos, haciendo lo que más le gustaba, torear en el campo. Es probable que algunas cosas del toreo actual le entristecieran. Por ejemplo, la desaparición de encastes, con la complicidad de las actuales figuras del toreo y gran parte de la periodismo oficial. Se afligiría también por la cantidad de detalles toreros que se han ido perdiendo. Él, siempre con la montera puesta, en la boca del burladero, pendiente de los compañeros. Y no digamos por la casi absoluta desaparición del sentido de la lidia, porque el toro de hoy apenas lo necesita.

No obstante lo que más le afectaría es la cantidad de toros y novillos que se van al desolladero… “sin dejarlo escrito”.
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    2663 | Antonio Moreno Duran - 23/09/2017 @ 03:45:39 (GMT+1)
    Sin duda no solo se entristeceria,sino se avergonzaría de ser torero

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