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Muerte
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(Foto: Las-Ventas.com)

Muerte

La carta de despedida del novillero con picadores Carlos Ochoa es un ejercicio de sinceridad. La Puerta Grande de Emilio de Justo el pasado día 30 en Las Ventas, también. Veamos las conexiones de dos actos en un principio tan alejados pero, al mismo tiempo, muy cercanos.

miércoles 10 de octubre de 2018, 11:32h
Más allá del sacrificio que supone para un chaval de diez, doce, catorce años el inscribirse en una Escuela de Tauromaquia o emprender por libre la misión de ser matador de toros, el más importante de los compromisos que adquiere es el de la muerte. Atiéndase a la terminología de nuestro texto. Torear no es otra cosa que enfrentarse cada día al Destino, es decir, salir vivo es solo una opción más. Ha pasado desapercibida, probablemente por la vorágine del final de la temporada, la retirada del novillero con picadores Carlos Ochoa, firme valor del escalafón. Las razones dadas no se corresponden con la falta de oportunidades o la voracidad del sistema. El torero no se ve con la capacidad suficiente como para jugarse la vida cada tarde, perder la vida, aceptar la muerte.

Carlos Ochoa es –porque cuando la amistad es sincera traspasa las barreras del tiempo y del espacio, ambas terrenales y de la vida que nos espera después– amigo con mayúsculas de Víctor Barrio. Dio su vida por el toro mucho antes de morir y nos bajó los pies a la tierra. Igual que Iván Fandiño, igual que tantos que yacen por las astas del toro. ¿Quiénes están dispuestos a dar su vida por el toro? En este medio se denunció hace varias semanas en un inteligente artículo la manipulación de las astas –esas que han quitado la vida de aquellos– del animal al que debemos venerar cada tarde. Vuelvo a la pregunta, ¿quiénes? No todos los que se visten de luces parecen dispuestos, en base a lo expuesto anteriormente, a dar la vida por el toro. Un novillero –el primero de los últimos en el organigrama de la tauromaquia– ha venido a sacar los colores a quienes no se dan por enterados. Si no estás dispuesto a jugarte la vida, no seas torero. Ochoa lo ha comprendido, Ochoa ama al toro, a su profesión y a su amigo Víctor. La memoria no es un pensamiento en el aire, es el recuerdo constante, es saber quién eres gracias al que falta.

El domingo día 30 de septiembre un hombre se tiró a matar a sus toros en Las Ventas. La actuación de Emilio de Justo fue seria, la de un hombre herido una semana antes, el mismo día que había muerto su padre –como ocurrió con Uceda Leal temporadas atrás– y empujado por un interesantísimo año que ha confirmado a un torero que ya había hablado, tímida pero firmemente, más allá de Los Pirineos. Aunque fue convincente, el factor fundamental de su éxito fue la muerte del toro. La muerte le hizo sentir vivo, desde la vida recordó al padre muerto. Si no hubiera matado así a su toros, ¿habría salido a hombros? De Justo dignificó el sentido de la muerte en el ancestral rito de la Tauromaquia. No es lo mismo tirarse a matar pegando un saltito que volcarse en el animal. No cae igual la espada abajo que en el hoyo de las agujas.

En este punto iba a concluir del siguiente modo: “Aquellos que no comprenden que el toreo es muerte, que se marchen”. Pensé que podría ser malinterpretado por el primero de los dos protagonistas del artículo. Porque Ochoa ha comprendido que el toreo es muerte. Por ello merece la mejor de las suertes para la nueva misión que emprenda en la vida y, ante todo, el mayor de mis respetos. Hace años, cuando un joven chaval se acercaba a una plaza de toros se dejaba deslumbrar por la luz del traje e igualaba a todos en la heroicidad. El presente implica el paso de aquellos y ya no veo a todos por igual. La escala de valores ha cambiado a mis ojos, también la de valientes. Valiente Víctor Barrio por dejar su vida por el toro. Valiente Iván Fandiño por lo mismo. Valientes Ochoa y De Justo por su sinceridad. De aquellos, a quienes no hemos nombrado, ya hemos dicho suficiente.

Terminemos entonces. La solución para la tauromaquia no es el sorteo de unas plazas en las corridas de la Feria de Otoño, aunque es un evento a celebrar por su originalidad y el reducto de justicia que supone en un microcosmos tremendamente injusto. La solución para la tauromaquia y convertirla no en el segundo, sino en el primer espectáculo del país, es el compromiso de todos y cada uno de los que intervienen en el espectáculo con la muerte.
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