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Sobre lo sucedido en Huesca, Manizales...

Dos hombres y un destino
(Foto: Pablo Segura - Heraldo.es)

Dos hombres y un destino

Hace tres viernes me crucé con un periodista taurino en Madrid y no vinieron los mejores pensamientos a mi cabeza. A los cinco minutos vi a Adolfo Martín y se me pasó (verídico). Lo ocurrido en Huesca no debería ser, ni siquiera, una posibilidad. Todos tienen su parte de culpa, pero pensemos en el papel de los toreros.

miércoles 23 de enero de 2019, 09:52h
El sábado por la noche conecté la corrida de Manizales a través de Facebook y no aguanté ni dos minutos. La algarabía de los tendidos era inversamente proporcional a la realidad de lo que sucedía en el ruedo. Los dos protagonistas de la hazaña goyesca eran Ponce y El Juli. Horas antes había visto las fotografías de los toros en los corrales y creí ser víctima de una broma de mal gusto. Me asomé por la ventana y no contemplé las luces de navidad de mis vecinos. Fui al salón, pero las fotografías ocupaban el lugar en el que semanas atrás se encontraba el misterio. Miré el calendario, pero el 28 de diciembre quedaba ya lejano.

El mismo lunes El Confidencial rescataba la información sabida por todos. El pleno al 15 (6 de 6) en astas manipuladas en una corrida en Huesca en la que habían participado los dos toreros arriba mencionados. Cuando un deportista da positivo en una sustancia no permitida, sufre una sanción que normalmente le mantiene apartado durante dos años de la competición profesional. Cumplido este periodo de tiempo, diríamos de reflexión, el susodicho puede regresar a sus labores con la condición de no caer en los mismos errores. No solo por el perjuicio que se provoca a sí mismo, sino por el desequilibrio que se produce hacia el resto de sus compañeros.

Yo desconozco quién tiene la culpa de la manipulación (ganadero, toreros, subalternos, etc.), pero sí sé quiénes no merecen ser estafados: unos, los aficionados que ese día se acercaron a la plaza a ver la corrida, con mayor o menor interés, con más o menos ilusión. Ellos pagaron por un espectáculo que vieron adulterado y perdieron un dinero que, sospecho, no recuperarán. Peor aún: más de uno no querrá invertir un euro para volver a ser engañado. Y, otros, los toreros que ya no están, los que se dejaron su vida en las astas de un toro, los que quedaron incapacitados para su profesión tras una cogida. Sé que es duro, y quizás partidista, utilizar este tono. Pero ellos decidieron jugarse la vida delante del animal y la perdieron. Salieron a la plaza sin saber si volverían a casa. Ya sabéis cómo terminó en algunas ocasiones esta historia: no regresaron al hogar.

En este medio escribí una crónica muy favorable a Enrique Ponce durante las Corridas Generales de Bilbao de 2017. Dos toreros con unas capacidades que rozan el infinito no pueden permitirse este tipo de espectáculos grotescos. Ni el de Manizales ni, por supuesto, el de Huesca. La solución no debería ser una multa económica. Recordemos que los toreros, como autónomos, cobran por trabajo facturado. Una sanción que conlleve la imposibilidad de volver a torear durante un par de años daría mucho que pensar. Lo mismo pido para los subalternos, apoderados, demás confabulados y ganaderos que incurran en faltas tan graves. Porque ser torero no es obligatorio, pero sí lo es serlo de manera íntegra, sin faltar a la verdad y, sobre todo, sin dejar de respetar al toro y al aficionado desde que uno tiene uso de razón.
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